Thomas Piketty: “El nerviosismo que vemos hoy en Washington tiene que ver con el hecho de que EE.UU. está perdiendo el control sobre el mundo”
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Hace cinco años, el economista francés Thomas Piketty lanzó una advertencia que resonó en todo el mundo.
La desigualdad generada por una élite privilegiada que acumula enormes riquezas había alcanzado niveles comparables a los que precedieron a la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII.
El mensaje del economista sirvió como recordatorio de que, cada vez que surgen desequilibrios de esta magnitud, puede desencadenarse una crisis política capaz de cambiar el curso de la historia.
Aunque Piketty cree que la situación ha empeorado, mantiene una visión optimista del futuro.
Piketty sostiene que vivimos en una época plagada de distopías, una “visión trumpista del futuro que no funciona ni resuelve los problemas de desarrollo ni ambientales que necesitamos solucionar”.
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Sin embargo, confía en que ese escenario distópico no llegará a concretarse y que el mundo avanzará hacia un orden multipolar, con mayor peso de las fuerzas democráticas e impulsado, en buena medida, por la presión del sur global.
El autor de “El capital en el siglo XXI” (2013) ha vuelto a poner sobre la mesa una serie de propuestas audaces, reunidas en el “Proyecto de Justicia Global”, un informe del Laboratorio de Desigualdad Mundial (World Inequality Lab).
El Laboratorio, con sede en la Escuela de Economía de París, se trata de un centro de investigación internacional dedicado al estudio de las desigualdades en el mundo.
Entre las propuestas presentadas, figuran la creación de una moneda internacional única para reemplazar al dólar, nivelar el ingreso per cápita y una reducción de las horas de trabajo a menos de la mitad.
A continuación, presentamos extractos de la entrevista que Thomas Piketty concedió a BBC Brasil, editada y adaptada por BBC Mundo para los lectores de habla hispana.

En un mundo atravesado por tantos conflictos y Estados cada vez más centrados en sus propios intereses, ¿cómo conciliar este escenario con ambiciones globales tan grandes?
Vivimos en una época repleto de distopías. Los tecnomillonarios y los tecnonacionalistas promueven visiones locas del futuro –como la instalación de centros de datos, en cualquier lugar posible de la Tierra o en Marte– al mismo tiempo que libran guerras para extraer aún más combustibles fósiles en todo el mundo.
Es una visión trumpista del futuro que no funciona, que no resuelve los problemas de desarrollo ni los problemas ambientales que necesitamos solucionar. Es hora de debatir otra perspectiva. No podemos quedarnos de brazos cruzados, pesimistas, esperando a ver qué pasa.
Además, la agenda tecnonacionalista y tecnocapitalista no durará para siempre. No cumplirá sus promesas, aunque aún le queda mucho camino por recorrer. Vamos a ver qué sucede en las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos en noviembre y en las presidenciales de Brasil.
Hace unos años, usted decía que la situación en el mundo era similar a la que terminó en la Revolución Francesa. ¿Ha cambiado algo desde entonces?
Diría que, en muchos sentidos, la situación ha empeorado. Pero seamos optimistas.
A largo plazo, las fuerzas democráticas y las luchas sociales estarán listas para transformar las instituciones y hacer del mundo un lugar más igualitario y con desarrollo. Es posible avanzar en esta dirección.
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Entre las propuestas que presentaron, ¿hay alguna que considere más urgente?
La idea del informe es pensar qué tipo de desarrollo compartido podemos tener en un planeta finito. Si todos los países alcanzaran un alto nivel de desarrollo en el futuro: ¿cómo sería el mundo? Esa es la pregunta que nos hacemos.
Pero la respuesta depende de muchas condiciones. La transformación del sistema energético es una de ellas. Otro es un cambio estructural en los modelos de producción. También necesitamos reducir la desigualdad global para poder permitirnos inversiones en clima, educación y acceso a la salud.
Estas propuestas están en línea con lo que los países del sur global han planteado en los últimos años. Basta recordar que durante la cumbre del G20 de 2024, el presidente Lula propuso un impuesto global a las fortunas de los multimillonarios, una iniciativa que contó con el respaldo de Sudáfrica y de varios otros países.
Por supuesto, eso no es suficiente. Fue difícil convencer a los 20 países presentes, pero el hecho de que el tema se discutiera en el seno del G20 ya fue significativo. Demuestra que esta demanda de justicia económica y climática está presente.
¿Cree que la propuesta de un impuesto a las grandes fortunas tiene posibilidades de concretarse?
En un futuro relativamente próximo, habrá un grupo de países que avanzarán juntos para gravar a los multimillonarios y crear un sistema monetario internacional porque saben que el modelo actual no está funcionando.
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Pienso que la economía de Estados Unidos se está volviendo pequeña en comparación con el tamaño de la economía global. Era mayor en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, pero ha ido disminuyendo gradualmente, y será cada vez menor.
Por lo tanto, ya no sigue siendo posible que el dólar opere como moneda internacional en un mundo en el que la economía de EE.UU. es solo una pequeña fracción del PIB global. Esta no es una buena noticia para el mundo, pero tampoco lo es para Estados Unidos, dado que este sistema sobrevalora el dólar y contribuye a su enorme déficit comercial.
Sabemos que, si existen desequilibrios internacionales, surgen consecuencias geopolíticas. Las políticas actuales de Donald Trump son solo una reacción que no resuelve este problema.
¿Por tratarse de políticas belicistas?
Pienso que su mensaje es básicamente: “Pongo mis armas sobre la mesa para conseguir petróleo en Venezuela, Irán o Groenlandia y así reducir mi déficit interno”. Pero nosotros creemos en un cambio estructural del sistema monetario internacional.
En una economía mundial multipolar. Es decir, una en la que ningún país tiene hegemonía sobre el PIB global, debemos contar con una moneda internacional basada en una canasta de divisas de Estados Unidos, China, India, Brasil, o de quien sea que contribuya a financiar el desarrollo de los países y a realizar inversiones climáticas.
Esto no será posible con el sistema actual. Y creo que sucederá antes de lo que la gente imagina.
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Mencionan la idea de crear una moneda internacional administrada por la ONU. Sin embargo, varios líderes mundiales acaban de cuestionar a esta organización por no haber podido “mantener el orden mundial”. ¿Cree que es necesario crear una nueva entidad global o basta con reformarla?
Sería mejor que existiera un consenso entre los miembros de la ONU para transformarla, así como entre el FMI y el Banco Mundial.
Dado que eso no parece factible, va a ser necesario al menos durante un período de transición crear lo que llamamos una “coalición incompleta”.
Es decir, una coalición de países que no abarque a todo el mundo, que en algunos casos ni siquiera incluya a Estados Unidos, pero que aun así logre avanzar en la dirección correcta.
¿Tiene un ejemplo de cómo funcionaría?
Está teniendo lugar ahora una convención, en el marco de la ONU, para impulsar la cooperación global en materia de impuestos a los más ricos.
La agenda busca incluir a más actores en el sistema tributario internacional, en especial a los países del sur global. Aquellos países que no quieren que las riquezas sean extraídas de los más pobres en beneficio de los intereses económicos de las economías del norte. Es una cuestión de soberanía. Y esta es solo una de las cuestiones.
Ya sabemos que algunos países, en particular Estados Unidos, votarán en contra de la convención. De todos modos, se está construyendo sobre la base de una fórmula de mayoría. Esto es muy importante, porque es diferente a otras convenciones como la del Clima que se basa en la unanimidad.
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Entonces, ¿cree que las conferencias climáticas, conocidas como COP, dejarán de funcionar?
No diría que son un fracaso, pero tampoco un éxito rotundo. Aunque se celebran anualmente, no pueden tomar decisiones porque se basan en el principio de unanimidad.
El diseño de la convención fiscal de la ONU se definirá el próximo año, pero ya está claro que las decisiones se tomarán por mayoría cualificada, porque es importante tener en cuenta el tamaño de la población de cada país.
No es posible que los países pequeños, por ejemplo, tengan los mismos derechos de voto que Brasil, pero tampoco queremos que los países ricos monopolicen este proceso.
¿Qué pasa si los países ricos y grandes como Estados Unidos no quieren participar?
Estados Unidos no querrá participar. Eso lo sabemos. Así como sabemos que su participación sería necesaria para la reforma del sistema monetario internacional. Pero la proporción de la población estadounidense con respecto a la población mundial, o incluso su participación en el PIB mundial, ya está empezando a disminuir. Si esto pasa, podrían perder su poder de veto.
Por cierto, ¿sabe algo de lo que casi nadie habla y que destacamos en el informe?
El FMI tiene una norma según la cual un país que controle el 15% de los votos, ya sea por el peso de su economía o por otros criterios de representación, puede vetar decisiones clave.
Entre ellas figura la emisión de Derechos Especiales de Giro (DEG), considerados por algunos como el embrión de una moneda internacional. Como Estados Unidos posee ese porcentaje de votos, tiene en la práctica poder de veto. Los gobiernos republicanos, históricamente, han hecho uso de esa capacidad para bloquear este tipo de iniciativas.
Pero, después de la crisis financiera de 2008 y de la pandemia, los gobiernos demócratas permitieron al FMI emitir DEG, que se repartieron según la cuota de cada país en la institución. No fue un gran avance. Yo creo que sería más justo distribuirlos según la población de cada país o el daño climático que padece.
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¿Cambiará esto entonces cuando Estados Unidos pierda su poder de veto?
Perderán muy pronto este poder de veto, porque si hoy EE.UU. posee alrededor del 15% del PIB mundial, en consecuencia, los derechos de voto en el FMI, pronto caerán a cerca del 10%. Yo diría que esto sucederá durante los próximos 10 o 20 años. Es posible que veamos un cambio en la estructura del fondo.
Entonces, para responder a la pregunta desde el principio: debemos ser muy pragmáticos. En algunos casos, será necesario crear nuevas instituciones con esa “coalición incompleta”, como la cooperación fiscal internacional, tal vez, crear un impuesto global a la riqueza para financiar reparaciones climáticas.
Este nerviosismo que vemos hoy en Washington, por no llamarlo de otra manera, tiene que ver con el hecho de que Estados Unidos está perdiendo control sobre el mundo. Entonces, los nacionalistas, como Trump, reaccionan desesperadamente y ponen sus armas sobre la mesa. Esto es más un signo de debilidad que de fortaleza.
Al mismo tiempo, las agendas de la derecha radical son extremadamente populares. ¿La izquierda debería hacer que la agenda redistributiva recupere el atractivo popular?
La izquierda perdió sus ambiciones de impulsar propuestas para reducir la desigualdad y redistribuir la riqueza. Se consolidó un consenso en torno a la liberalización de los mercados y a la reducción de la progresividad fiscal, lo que perjudicó tanto a las clases de ingresos bajos como a las medias.
En muchos casos, la izquierda y la centroizquierda se han asociado con políticas favorables a las grandes corporaciones. Eso ha abierto espacio para discursos nacionalistas. A veces, estos movimientos son incluso más favorables al capitalismo que los propios partidos de centro. Lo hacen para atraer a votantes de las clases trabajadoras y medias, enfatizando una dimensión nacionalista que, como he dicho, no resolverá los problemas.
De hecho, ni siquiera los propios votantes confían plenamente en la agenda trumpista. Saben que los partidos proponen un mismo modelo de desarrollo que no aborda la desigualdad, pero no ven una alternativa. Esa es la principal explicación.
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¿Se trata entonces de repetir las propuestas?
Si pasas años diciéndole a la opinión pública que no hay políticas económicas alternativas, que todos los gobiernos deben seguir la misma agenda a favor de las corporaciones y que lo único que realmente pueden hacer es controlar sus fronteras, después de 20 o 30 años, el resultado es un debate político que se reduce al control de fronteras y la identidad.
Abandonamos las discusiones sobre políticas económicas, sobre estructura de clases, sobre desigualdades socioeconómicas. Pero si los volvemos a abrir, las cosas empezarán a cambiar porque, en la práctica, si nos fijamos en los gobiernos nacionalistas que hoy están en el poder, al cabo de unos años la opinión pública ya no estará tan contenta con ellos.
Basta mirar los índices de popularidad de Trump en Estados Unidos. Esto es lo que me hace optimista, a largo plazo, con el regreso de soluciones internacionalistas, democráticas y más igualitarias, como las presentadas en el informe. No será fácil.
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¿Cree que habrá un punto de inflexión?
Es imposible predecir qué tipo de catástrofe política, qué tipo de crisis conducirá a la transición, pero es importante debatir cómo queremos reorganizarnos antes de que ocurra. Debemos estar preparados para presentar una alternativa ahora mismo.
Escribí un libro sobre la historia de la desigualdad (“Una breve historia de la igualdad”, 2022) y una de las cosas que aprendí es que, en periodos críticos, cuando las sociedades necesitan cambiar el sistema y realizar cambios institucionales, deben estar preparadas para hacerlo.
Así surgieron la seguridad social, los servicios públicos, la educación universal y gratuita, el sufragio, los derechos laborales, la descolonización. Todo aquello que generó mayor prosperidad y mayor igualdad. No será fácil. Atravesaremos más crisis, catástrofes, luchas por el poder, pero al final el camino hacia la igualdad, la democracia y la prosperidad prevalecerá.
En un escenario en el que nada de esto ocurra y las propuestas del informe nunca se implementen, ¿cómo ve usted el mundo dentro de 50 años?
Si el rumbo no cambia, el mundo se volverá más desigual y más polarizado. En consecuencia, más inestable que ahora. Pero creo que este futuro distópico no se hará realidad.
Las fuerzas tecnonacionalistas incluso podrían ganar algunas elecciones. Pero, dado que no saben cómo resolver los problemas estructurales del mundo, el futuro será multipolar con predominio de las fuerzas democráticas y esto se deberá principalmente a la presión que vendrá del sur global.
*Versión editada por BBC Mundo.




