Política

Sol, en vilo por el Consejo de Ministros: “Se frena la especulación o aquí nos quedamos”


El límite de 48 horas que los jóvenes han puesto al Gobierno para que aprobase un decreto urgente llega este martes a su fin y en Sol, donde miles de ellos se encuentran a la espera, lo tienen claro. “Ahora o nunca”, dice Benito García sosteniendo un cigarrillo entre los dedos. “Se frena la especulación o aquí nos quedamos”, añade su primo Manuel mientras espanta el humo con la mano. “Maricarmen a su piso y los fondos buitre a prisión. Si no, no nos renta”, dice un tercero que se añade a esta discusión improvisada, como todas las que hay ahora mismo por toda la plaza. La revolución será hablada o no será.

En el campamento levantado en el centro de Madrid por la crisis inmobiliaria, justo en el lugar en el que nació el 15-M, todo el mundo tiene una opinión y siente que expresarla le otorga poder. A punta de ideas y palabras han puesto a la clase política en apuros y han obligado al presidente a actuar. Pedro Sánchez y sus ministros quieren aprobar a toda costa un decreto de vivienda potente que aplaque la ira de los jóvenes. Pero para eso debe poner de acuerdo a sus socios, que parten de posiciones contrarias y esgrimen vetos cruzados.

Llevarlos a este punto de estrés ha sido el mérito del movimiento de indignación que se generó alrededor de Maricarmen, la octogenaria que fue expulsada de su casa la semana pasada por una empresa que compró su vivienda. Pero también de un chico que fuma y suelta un par de ideas, un familiar que lo escucha y un tercer muchacho que pasa por allí y se suma a la conversación. La república recién nacida en Sol a pleno rendimiento. Y ahora lo quieren todo, no les vale un apaño. El Sindicato de Inquilinas, las activistas detrás de esta gran movilización, ha advertido que no aceptará nada que no incluya la regulación del alquiler por habitaciones o el contrato indefinido. “No vamos a consentir que se nos den migajas ni medidas vacías”, dijo Alicia del Río, una de las portavoces del sindicato.

El decreto se llama Maricarmen, por supuesto. La mujer se ha convertido ya en un símbolo de la resistencia contra la especulación inmobiliaria. Los jóvenes viven pendientes de lo que logre el Gobierno, que de aprobar el decreto entrará en vigor de inmediato y se publicará en el BOE. Pero también de que Maricarmen recupere el piso en el que vivía desde hace más de 70 años. La empresa propietaria de su vivienda ―Urbagestión―, el Ayuntamiento y los abogados de Maricarmen tratan de alcanzar un acuerdo para que la mujer, de 87 años, lo recupere hasta que muera. Los dueños de Urbagestión, retratados públicamente como unos especuladores, aseguran haber recapacitado y tener la intención de resarcir a Maricarmen, pero al tiempo dicen sentirse víctimas de una persecución y un escarmiento público que han fomentado los políticos.

A diferencia de lo que ocurría durante el 15-M, reina la tranquilidad en el campamento. No existe la amenaza de que la policía entre a desalojarlos, como ocurría entonces. El Gobierno no parece dispuesto a hacerlo, pese a las presiones del alcalde, José Luis Martínez-Almeida, y la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Ocurre lo contrario: el lugar toma cada día más forma. Este martes amaneció con muchas más tiendas de campaña y espacios organizados en los que celebrar asambleas y talleres. Llega gente de otras partes de España. Alrededor del puesto de mando ha surgido una ciudadela con sus calles bien delineadas cubiertas por unas carpas por la previsión de lluvia. Hay una agenda que se cumple, a veces con retraso, a la que se van sumando eventos espontáneos. Basta con acercarse y proponerlo. La gente se sienta en el suelo, en círculo, y empieza un diálogo, sin estridencias. Se respetan los turnos, no se interrumpe a nadie. Se habla, pero también se escucha. Pocos están pendientes de sus teléfonos. Tampoco hay líderes que acaparen toda la atención. Puede que eso llegue después, pero por ahora cualquiera se puede sentir parte del proceso. En un mundo hiperindividualizado, en Sol se apela al sentido colectivo.

Los acampados barren y pasan la fregona. Recogen la basura y la reciclan. Como Sofía, que pasa de estas tareas a leer con unas amigas la novela de una joven autora. Al cabo de un rato se da una vuelta por la plaza y se une a una discusión sobre si pueden considerar buitres a los pequeños propietarios que igualan el precio de sus alquileres con los del mercado. Hay micrófonos de televisiones y radios por todas partes. Las posibilidades de que te entrevisten son muchas. “Hay una sensación de que va a pasar algo, de que es aquí donde hay que estar”, dice Sofía. Y así que por aquí se queda de momento. La mayoría tiene veintipocos. Los coordinadores rondan los treinta, y hay un tercer grupo, los mayores de 40, que supervisan y se encargan de que todo salga rodado, como hasta ahora. A estos últimos les gusta juntarse y recordar el 15-M. Muchos inflan su propia biografía: todos estaban aquí hace 15 años, en los inicios, y casi que pueden enseñar las cicatrices de los golpes recibidos por la policía, un claro síntoma de algunos recuerdos implantados.

Los turistas y los curiosos fotografían la acampada, los carteles, las lonas desplegadas con eslóganes contra el sistema. En su gran mayoría son respetuosos, incluso se acercan a escuchar las asambleas. Unos pocos resultan maleducados, llegando al insulto. Claudia Navarro, de 24 años, charla con los amigos que conoció en la Facultad de Filosofía de la Complutense cuando una mujer pasa por delante y los invita a irse a Cuba. “Poneos a trabajar, sinvergüenzas”, les grita mientras se va y le suben tanto las pulsaciones que es incapaz de pronunciar sus siguientes palabras. “Hay señoras como esta, sí, pero la mayoría de la gente se acerca a decirnos que nos apoya”, explica Claudia, que en un rato se irá a trabajar, pero volverá. No siempre se viven momentos como este.

A mediodía se sucedieron varias escenas desagradables. Al menos tres agitadores ultras que crean contenido para redes sociales fueron expulsados de Sol por la multitud. En primer lugar, sacaron a Bertrand Ndongo, más tarde a Vito Quiles, entre medias, a un youtuber menos conocido. Durante la refriega con Quiles hubo golpes entre el equipo que le acompañaba y unos cuantos acampados que escondían su rostro. Al rato todo volvió a la normalidad anormal de esta pequeña república levantada al calor de la indignación de los más jóvenes por la vivienda. Por el momento, han logrado poner en apuros a la clase política al completo, de izquierda a derecha.


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