Salió de prisión después de una condena por yihadismo y se encontró con el fuego: “Fue como volver a Siria por unos instantes”
Los servicios de emergencia le pidieron a los vecinos que evacuaran lo antes posible por el incendio que se acercaba a toda velocidad. Luna Fernández, de 39 años, tenía que hacer las maletas de ella y sus seis hijos, pero le asaltaba una duda: ¿a quién tenía que avisar de que se alejaba de su pueblo sin que eso supusiera incumplir su régimen de semilibertad?
En un tobillo lleva una pulsera electrónica que sirve a las autoridades para rastrearla —cumple el tercer grado penitenciario por haber integrado el Estado Islámico, de acuerdo a una sentencia de la Audiencia Nacional—. A su madre le pareció absurdo que se preocupara por su situación judicial precisamente en ese momento: “Lo importante es irse cuanto antes”.
Para Luna, vivir una situación de tanto estrés le hizo recordar su tiempo en Siria. Allí viajó en 2014 con el que entonces era su marido, Mohamed Amin El Aabou, un miembro de la Brigada Al Andalus, como se conoció a una de las células yihadistas que pretendían instaurar un califato universal con una interpretación radical de la ley islámica. “Estuve muy asustada. Fue como volver a Siria por unos instantes”, dice en uno de los centros que las autoridades han habilitado para los ciudadanos que se han visto obligados a abandonar sus casas.
Como ella, otras 100.000 personas han sido evacuadas o confinadas por uno de los mayores incendios que han ocurrido en España desde que existen registros. Fernández vive en casa de su madre en un pueblo de la sierra que se ha visto afectado por un incendio que, por ahora, no ha sido posible controlar y que ya ha afectado a 77.000 hectáreas. Puede que para muchos haya sido una novedad correr peligro por un fuego, pero no para ella.
Dice que era muy habitual que ardieran las tiendas de los campamentos del norte de Siria en los que dormían, primero en Al Hol y después en Al Roj, un lugar en el que las milicias kurdas recluyeron a las mujeres del ISIS. Permaneció ahí cuatro años, hasta 2023, cuando España las repatrió a ella y otra española junto a los 13 hijos que cuidaban, nueve de ellos biológicos. La sentencia por pertenencia a la banda terrorista y los nueve meses que pasó en la prisión de Estremera vendrían después. “La verdad es que en España todo me ha ido mal”, se lamenta.
Saca adelante a su familia lo mejor que puede. Cuida ancianos de vez en cuando y estudia un curso de atención sociosanitaria, lo que le otorgará una especialización en la atención a mayores o personas con discapacidad. Sus hijos estuvieron a cargo de la Comunidad de Madrid hasta que ella salió de prisión. Van al colegio, pero todavía no tienen DNI por un enredo burocrático.
A veces tiene la sensación de que no pertenece a ningún sitio. “Me está costando hacer amigas. No voy a tener amigas cristianas y las musulmanas no quieren serlo. Les cuento mi vida o se enteran de quién soy y se alejan de mí porque dicen que soy radical”, explica. No le importaría volver a casarse, pero con alguien de su misma religión: “Con un cristiano no, acabaríamos discutiendo. Se iría al bar…”.
El árabe se le está olvidando por falta de uso. Ella, que usa hiyab, llegó a un acuerdo con la fiscalía para cerrar su juicio y reconoció uno de los delitos por el que se le acusaba —terrorismo—, pero cree que no se merecía la condena. “No me creyó Pedraz —el juez—”, dice. Cuenta que se enamoró de El Aabou, un español de origen marroquí, y acabó con él en Turquía, desde donde accedió por un bosque a Siria y llegó a un territorio controlado entonces por el Estado Islámico, pero eso no la convierte en una terrorista.
“¿Verdad que no?”, intercede su madre, Manuela Grande. “A las esposas de los etarras no las condenaban. No entiendo por qué a ella sí”, añade. Manuela puso mucho empeño en que su hija regresara cuando se enteró de que estaba atrapada en un campamento en Siria. Se convirtió en una madre coraje que instó al Gobierno a que la trajera a casa, a pesar de las dudas legales que existían y el riesgo de que ella se enfrentara a la justicia, como finalmente sucedió. La relación entre ellas es compleja y la convivencia no siempre es fácil, pero tienen claro que lo importante son los niños.
En el centro de desplazados las tratan bien, pero desean volver a casa cuanto antes cuando pase el peligro. Sobre todo Luna, que quiere comenzar una nueva vida. Lejos de este fuego, pero sobre todo de los que tanto han incendiado su vida. Literalmente, resurgir de las cenizas.


