Por qué Zeus creó a Pandora, la primera mujer según la mitología griega y ¿realmente abrió una caja?
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Zeus, el rey de los dioses del Olimpo, estaba iracundo.
Le había echado un vistazo al mundo y al ver resplandores supo, sin que nadie se lo tuviera que contar, que Prometeo había desobedecido sus órdenes, robando el fuego y dándoselo a los hombres.
Pero Prometeo no sería el único que sufriría.
Zeus le encomendó al dios Hefesto que moldeara un figura en barro, con forma de mujer.
Le quedó hermosa, pues se inspiró en las más preciosas deidades del Olimpo.
Luego, Afrodita, la diosa de la belleza, la sensualidad y el amor, le dio la vida a la figura, y le enseñó sus amorosas artes.
Atenea, la diosa de la guerra, la sabiduría y las artes, la instruyó en las labores del hogar y en el tejido de primorosas telas, y la vistió con una resplandeciente toga plateada.
Hera, la reina de los dioses, le otorgó gracia y mesura.
Otras deidades la adornaron con flores y finas coronas, collares y pulseras. Quien la viera, mortal o inmortal, se quedaría sin aliento.
Finalmente Hermes, el dios mensajero, la instruyó en el habla y en las artes de la persuasión, la astucia, crucialmente, la dotó de curiosidad.
Fue él quien la nombró Pandora, y la llevó a la casa en la que Prometeo y su hermano Epimeteo vivían entre los hombres.
Prometeo no estaba, pero le había advertido a su hermano que no recibiera ningún regalo divino, anticipando que Zeus urdiría algún plan maléfico.
Epimeteo, sin embargo, no pudo resistir la tentación.
No sólo solía actuar antes de pensar, sino que además tenía en frente a la criatura más bella que había visto jamás.
¡Y se la estaban ofreciendo como esposa!
Pandora tenía hasta un regalo de bodas, el de Zeus: una caja sellada que, le habían dicho claramente, no podía abrir.
Así lo hizo. por un tiempo, pero la curiosidad finalmente la venció: abrió la caja, horrorizada, vio como salían todas las desgracias que aquejarían al mundo.
Cuando logró cerrarla, lo único que quedaba adentro era la esperanza.
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Probablemente recuerdas al menos parte de esta historia de la creación de la primera mujer según la mitología griega.
Es la que dio origen a una expresión que quizás has usado, pues se afianzó en varios idiomas para describir una situación en la que una acción desencadena múltiples problemas imprevistos: la caja de Pandora.
Pero este recuento, como tantos otros, sucita dudas que despiertan aquello que sintió la protagonista: la curiosidad.
¿Por qué Zeus castigó a los hombres si fue Prometeo quien lo desobedeció? ¿Por qué el fuego fue objeto de tan gran discordia?
¿Por qué lo que quedó en la caja fue la esperanza y qué hacía metida ahí con todos los males?
Y otras dos preguntas que quizás te sorprendan: ¿fue Pandora la que abrió la caja y fue una caja lo que abrió Pandora?
¿El fuego?
El titán Prometeo había sido artífice de la creación de los hombres, modelándolos en arcilla a imagen y semejanza de los dioses. Una vez listos, Zeus le pidió a su hija Atenea que les diera el soplo de la vida.
Ambos quedaron contentos con esa raza tan distinta a los otros animales, pero el rey de los dioses los prefería primitivos y dependientes, lo que garantizaba que siempre lo adorarían. Prometeo disentía.
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El titán les tenía gran afecto, tanto que pasaba más tiempo entre ellos que en el Olimpo, como observa en su libro “Mythos” el autor británico Stephen Fry, “le entristecía que solo se le hubiera permitido crear hombres”.
“Sentía que esa raza clonada de un solo sexo carecía de variedad tanto en su perspectiva, disposición y carácter como en su incapacidad para reproducirse y crear nuevos tipos”.
Además pensaba que les faltaba precisamente lo que Zeus había prohibido que se les diera: fuego, que en la antigua Grecia simbolizaba no solo el calor y la luz, sino también el conocimiento, la tecnología y la civilización.
Por eso mismo, era indispensable para las criaturas que había creado, y no sólo para protegerse del frío, cocinar alimentos o forjar herramientas; requerían también “un fuego creativo interior, un fuego divino, que les permitiera pensar, imaginar, atreverse y actuar”.
Y, temía Zeus, desarrollarse al punto de poder retar a los dioses.
Así que cuando Prometeo se robó ese elemento divino y se lo dio a los humanos, su venganza fue calculada para que estos nunca recuperaran el bienestar que hasta entonces habían gozado.
Y para darle al titán un duro golpe en donde más le dolía: aquello que amaba.
¿La caja de Pandora?
Según cuenta Hesíodo.
“Zeus, que las nubes amontona, indignado le habló (a Prometeo):
«Japetionida, ya que tú, sabedor de mis designios, te regocijas de robarme el fuego y ultrajas mi poder, a ti y tu prole he de infligir un daño irreparable. Un mal, con ese fuego, a los humanos daré que les deleite; un mal que ansíen como si fuera un bien“.
Ese mal fue Pandora y el regalo de Zeus que ella llevaba. y no, no era una caja.
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Lo que el rey de los dioses le dio a Pandora fue una gran jarra de arcilla, o pithos, en griego.
Los pithoi se usaban para almacenar vino, aceite, grano u otras provisiones, ritualmente, como recipiente para enterrar un cuerpo humano, del cual se creía que las almas escapaban y necesariamente regresaban.
Pero en algún momento del Renacimiento, la jarra se tornó en caja, y se suele responsabilizar nada menos que al gran humanista del siglo XVI Erasmo de Rotterdam.
En su colección de proverbios “Adagia”, de 1508, tradujo pithos al latín pyxis, que significa caja. y el resto es historia, reforzada por un gran número de obras de arte en las que esa caja es cada vez más adornada, y en ocasiones llega a ser un baúl.
No se sabe con exactitud cuándo se descubrió el error, pero a finales del siglo XIX los eruditos clásicos comenzaron a señalar públicamente la mala traducción.
Para entonces, la “caja de Pandora” ya estaba demasiado arraigada en la cultura como para dar vuelta atrás.
En cualquier caso, el error de Erasmo no es lo único interesante de esa obra: su relato del episodio revela algo más.
La razón por la cual se refirió a la caja fue para ilustrar un dicho latino que reza: «Malo accepto stultus sapit», que significa algo así como “El tonto aprende solo cuando algo malo le sucede”.
Como notarás, está en masculino, y eso es porque en la narración de Erasmo quien abre la caja es Epimeteo.
Y no, no fue otro error de Erasmo.
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Es cierto que, de lo que sobrevivió de los antiguos griegos, la versión más antigua que tenemos de la creación de la primera mujer es la del poeta Hesíodo, de finales del siglo VIII.C.
En ese recuento hesiódico, Pandora es “el bello mal”, culpable de que los males se dispersaran por el mundo provocando el fin de la Edad de Oro de los hombres.
Esa narrativa perduró, pero había relatos alternativos de jarras o urnas que contenían bendiciones y males otorgados a la humanidad en el mito griego.
Tras Hesíodo, en la fábula de Esopo “Zeus y la Jarra de las Cosas Buenas”, las manos humanas que reciben la jarra son masculinas, el contenido son “todas las cosas útiles”, y cuando son liberadas, desaparecen.
“El hombre, sin autocontrol, quiso saber qué contenía el jarrón, así que apartó la tapa, dejando que esas cosas regresaran a la morada de los dioses. Así, todos los bienes volaron, elevándose sobre la Tierra, y solo quedó la esperanza”.
Antes que Esopo, el poeta griego del siglo VI.C. Teognis de Megara había hablado también de una jarra llena de bienes, abierta por alguien no especificado, y afirmó que.
“La esperanza es el único dios bueno que queda entre la humanidad; los demás se han ido al Olimpo.
“La Confianza, una diosa poderosa, se ha ido; la Cordura se ha ido de los hombres, y las Gracias, amigo mío, han abandonado la Tierra.
“Ya no hay juramentos de fiar entre humanos ni justos, ni nadie venera a los dioses inmortales; la raza de los hombres piadosos ha perecido y ya no reconocen las reglas de conducta ni los actos de piedad”.
Pero, así las jarras estuvieran repletas de bondades o males, tenían algo en común: lo que quedaba.
Volviendo a Esopo, “solo la Esperanza se encuentra entre la gente, prometiendo que nos concederá a cada uno de nosotros los bienes que se han perdido”.
¿La esperanza?
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En las variantes en las que la jarra contenía bienes o dones, todo parece tener más sentido.
El que la esperanza compartiera ese espacio con virtudes como la armonía, justicia, misericordia, libertad, felicidad o paz, no desentona.
Pero en la historia de Pandora, ¿por qué estaba en ese recipiente junto con males como el engaño, la miseria, la muerte violenta, la vejez, las plagas, el sufrimiento o el trabajo duro?
Eso es algo que ha sucitado intrigantes debates entre los estudiosos.
Hay eruditos que resaltan que ese mal que no se escapó de la caja se llama Elpis, que si bien se puede traducir como esperanza, también puede ser premonición, en otras palabras, el miedo, una sensación inminente de fatalidad.
Según esa interpretación, Elpis era el más maligno de los espíritus; sin él, la humanidad al menos puede vivir sin la sombra constante de su ineludible destino: el dolor y la muerte.
Otros expertos señalan que en el pensamiento griego antiguo, la esperanza, aunque podía alentar y sostener, tambien podía ser una ilusión peligrosa, un consuelo que adormecía a la gente, impidiendo que reconocieran la realidad o actuaran a tiempo.
Eso la convertía en ocasiones en algo similar al delirio y una fuente potencial de ruina.
La visión del filósofo Federico Nietzsche va aún más lejos.
En su reinterpretación del mito de Pandora, en “Humano, demasiado humano” (1878), el que Elpis se quedara atrapada era parte del plan de Zeus: así, la humanidad guardaría ese cofre como un gran tesoro que usaría cuando lo deseara.
El hombre “no sabe que el recipiente que Pandora trajo era un cofre de males, y toma el mal que queda dentro por el mayor de los bienes mundanos: es la esperanza.
“Zeus no quiso que el hombre, por muy atormentado que esté por los otros males, se quitara la vida, sino que continuara dejándose atormentar una y otra vez. Por eso le da la esperanza -en realidad es el peor de todos los males, porque prolonga el tormento del hombre”.
Pero recordemos que la esperanza era un concepto ambivalente en la tradición griega, de manera que también era una bondad.
Y hay otras interpretaciones, como la del filólogo M. L. West, uno de los más respetados editores y comentaristas de la obra de Hesíodo, quien propone una lectura optimista del mito.
Para él, que la esperanza quedara a salvo dentro de la jarra quiere decir que, aunque el mundo se llenara de desgracias, no todo estaba perdido: la esperanza permaneció como un último recurso, aquello que le permite a los seres humanos seguir adelante sin rendirse ante las calamidades.

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