‘No contaban con las ondas’, el duelo tras el feminicidio
He dado alguna que otra vuelta para armar esta crítica. El debut de Laurandrea Torres Martínez (Bogotá, 30 años), No contaban con las ondas, lo amerita; merece una conversación. Es claro: tras leer su sinopsis, así como por el fragmento de la cubierta, el libro aborda una amistad entre mujeres. Pero solo tras leer el texto entendemos que esa relación, sin embargo, se vio truncada por la muerte, y no provocada por cualquier cosa. La autora nos habla —en un sentido literal, como veremos— de un feminicidio, y este libro es su autopsia. Además, como no hay duelo sin cuerpo (pese a que aquí sí lo haya) la ausencia de certeza de la narradora, que es la amiga que mal sobrevive, nos indica que el cuerpo para ella es en realidad una conversación imposible, solo factible a través de la palabra: todo lo que no se dijo y lo que ocurre con ello. Aquí es donde empiezan mis dudas, y es un recelo íntegramente creativo; curiosamente, de composición. El equilibrio entre la sustancia ética y la decisión formal de narrarla.
Las citas que abren el libro, de Alia Trabucco Zerán, escritora chilena, así como de Cristina Rivera Garza, autora mexicana, manifiestan el deseo de sumarse a una conversación tan incómoda como insoslayable. La pertinencia del tema es palmaria: afirmar lo contrario no solo sería una necedad, una ignorancia, sino una irresponsabilidad. La muerte de mujeres a manos de sus exparejas como materia tiene que ver estrictamente con un enorme ejercicio de memoria, documentación rigurosa y de cuidados hacia el entorno alrededor del cráter del volcán. La transformación literaria que se opera de la vida a la obra puede hacer del libro resultante un testimonio justo, un consuelo; una conversación colectiva que abra un debate público. Ahí es donde reside su sentido cívico, en que el problema se convierta en una lacra social, una vergüenza colectiva. Un deber con el tiempo que alguien habitaba y que, sin más, alguien creyó poder arrebatarle y hacer fortín: en una palabra, en la impunidad. Seguir viviendo mientras otros no lo harán más.
La escritura de Torres Martínez surge con mucha fluidez y naturalidad. El libro se organiza como una charla íntima y el manejo de la oralidad de la autora es verdaderamente original, y diría que hasta los códigos y el registro empleado actualizan este tipo de narración. No obstante, la periferia de esa violencia, de ese acto impronunciable, que es que alguien se crea con el derecho de decidir quién vive y quién muere y el porqué, crece salvaje en un jardín trasero que, en ocasiones, se olvida de vigilar cada cierto tiempo. La crueldad no acaba en el feminicidio, sino que hiere a las amigas, impacta sobre los recuerdos y los altera, hace que los silencios signifiquen y que el arco narrativo de los personajes adquiera relieve. Hay cuestiones que se lanzan que podrían haberse explorado con mayor fruición y otras que, tal vez, argumentalmente se quedan cojas. Los y las protagonistas de esta historia deberían haberse escuchado más. Las voces de esos perfiles no pueden darse por incorporadas de tan solo dibujarlas.
La memoria se teje a partir de la diferencia casi imperceptible entre la vida y la literatura, entre la persona y el personaje. Aquí no sucede. La destreza narrativa de quien cuenta la historia, esa sencillez aparente, no me hace pensar en otra cosa que hasta el plato más sencillo requiere una organización previa muy sólida. No podemos permitir que la ficción de transparencia difumine ese margen necesario entre vida y literatura. La vida, por atroz y reveladora que sea, no conforma por sí sola el acontecimiento literario; exige una intención formal que le otorgue una existencia propia, que la guarde del paso del tiempo. Antonia, ¿Antonia existió? Puede que no, aunque sí que conocemos por desgracia a muchas como ella. Pero resulta que aquí sí importa que exista.
No contaban con las ondas
Laurandrea Torres Martínez
Las afueras, 2026
152 páginas. 16,95 euros



