Política

‘Moroccofobia’


Igual que los locutores futbolísticos ya no dice “dar un pase”, sino que prefieren usar la expresión “filtrar balones”, así podríamos decir que el racismo se ha filtrado definitivamente en la concepción de España. La crisis humanitaria de Ceuta ha consistido en lo contrario, en naturalizar la deshumanización. De tanto aplaudirnos a nosotros mismos hemos acabado por dejar de ver a los demás. Y en especial a los vecinos de Marruecos. Siempre hemos tenido problemas para gestionar la relación con los países más cercanos. Con Portugal, también convertida en nación turística, mantenemos un desapasionado desprecio, como si ignorarse fuera una manera como otra cualquiera de convivir. Hay parejas que ejercen algo así, y cuando los visitas en casa sales asqueado. El otro caso es el de Francia. Después de pasarnos los últimos años del franquismo suspirando por parecernos a ellos, llegó la democracia y nos comimos la colonización cultural norteamericana hasta el punto de que los jóvenes hoy ya ni estudian el idioma francés, como si no hubiera nada allí, en su abrumadora riqueza cultural, que los enamorara. Y muerto el amor llega el desierto.

En las últimas semanas, de una manera transparente, la crisis de Ceuta ha desencadenado la ola de xenofobia más brutal que se ha vivido nunca en nuestro país. El otro día, lo contaba Clara Usón en su magnífico artículo sobre la figura de Ratko Mladic, otro de esos criminales envueltos en el halo del patriota. Reproducía un comentario cazado al vuelo en la calle de Barcelona, cuando dos mujeres abominaban de los marroquíes por las bravas, sin conceder a cada persona un espacio de dignidad individual. A menudo le preguntan a la gente si se considera racista, y bastaría con enumerar la cantidad de veces que niega a los demás la particularidad que reclama para sí mismo y tendría la respuesta certera. Esta fobia hacia los marroquíes crece con la sensación de que las autoridades del reino vecino se cruzaron de brazos frente a la avalancha. Incluso algunos quieren convencerse de que el movimiento humano fue dirigido y organizado desde los palacios de poder. Desde el primer minuto, tras el regreso de la gran mayoría de los llegados a pie y a nado, los extremistas peleaban por convertir esa ciudad tan peculiar que es Ceuta en un nuevo Torre Pacheco. Quizá estimulados por la incapacidad de gestión acaben lográndolo.

Los votos que recoja el ultranacionalismo son un premio puntual. El desgaste de cualquier idea humanitaria es un poco más grave. Se pisotea toda inclinación por la legalidad, por la garantía de derechos. Pero aún más degradante es aceptar esta ola de odio al país vecino como una obligación de españolidad. La búsqueda de confrontación con quien uno necesita es necia. Marruecos disfruta del apoyo de potencias como Estados Unidos e Israel, lo que le da un peso continental enorme. Pero sus ciudadanos, que huyen de una economía que crece preñada de injusticia social, no tienen por qué cargar con esta visión retorcida y xenófoba que hemos aceptado sin cuestionarnos su motivación y su penoso recorrido futuro. No se oye una palabra contra las bandas criminales latinas ni contra el crimen internacional de la Costa del Sol ni contra las mafias de blanqueo que han copado el mercado inmobiliario madrileño. Al emigrante marroquí, en cambio, se le pinta en la narcolancha y el menudeo. Es evidente que querer quitarles el menú halal de los colegios y la clase extraescolar de árabe, grandes propuestas ultras al llegar por la puerta grande a los gobiernos autonómicos, es fobia racista. ¿Lo compartimos?


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