Más que nunca
Basta mirar con atención el mundo para saber que hay cabezas para todo tipo de gorros, kipás, velos, birretes, sombreros de cowboy, calvas y cabelleras, cortas o largas, al viento. Pero la moda y los contextos, las educaciones, las aulas y los altares, no pueden hacernos olvidar que cada cabeza es la responsable última de las bandadas de pájaros que vuelan por sus cielos. No me basta con despreciar a Hitler. Ahora que veo las celebraciones del triunfo de la extrema derecha en Alemania, los abrazos y los gritos felices de mucha gente, me confirmo en la idea de que Hitler, con su gorra de canciller nazi, fue una cabeza más. Los que somos partidarios del carácter universal de los derechos humanos debemos entender también la responsabilidad universal de las canalladas que ocurren en el mundo. Para que Hitler se saliera con la suya fue necesaria una degradación ética de los valores humanos disfrazada de ideario social.
Europa está olvidando todo lo que aprendió con la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Las ilusiones de un mundo común quedan vacías cuando los individuos no son invitados a la convivencia, sino a la ley del más fuerte, una ley que acaba por borrar o uniformar la conciencia de los individuos. Después de lo sufrido por el siglo XX, confieso que me hacen menos daño los líderes fascistas que la alegría de sus cortejos a la hora de celebrar una victoria y la sumisión de las derechas democráticas que se acercan al fascismo en busca de rentas electorales. Se autodestruyen a sí mismas. Las esperanzas democráticas no deben arrojar la toalla. Uno puede recordar la desesperación de intelectuales como Walter Benjamín, el encierro en su casa ante la mezquindad, el exilio y el suicidio. Pero, ya digo, conviene aprender del pasado. Los pájaros de mi cabeza son mi responsabilidad. Cuando la alegría no es posible, merece la pena más que nunca recordar el compromiso con la esperanza.


