Marruecos frustra el intento de cientos de migrantes subsaharianos de alcanzar Ceuta
Las fuerzas de seguridad de Marruecos han frustrado este sábado un intento de cruzar de forma irregular a la ciudad española de Ceuta de cientos de migrantes, en su mayoría subsaharianos, que se habían ocultado en las afueras de Castillejos, ciudad fronteriza con España. Cerca del mediodía, la policía de Marruecos ha cargado contra centenares de migrantes subsaharianos a las afueras de Castillejos. Han interceptado a 111 migrantes, en su mayoría subsaharianos, que intentaban alcanzar la frontera de Ceuta, y han detenido a 61 personas por incitar a la migración ilegal, según fuentes de seguridad marroquí citadas por Efe. La masa de subsaharianos se mantenía concentrada en una vaguada del barrio de Cerámica, el más cercano a la frontera; desde ahí, la policía marroquí los ha alejado forzosamente en autobuses fletados por las autoridades a diferentes partes del país, como a Uarzazat, a más de 800 kilómetros de la frontera con España.
La entrada a nado por el espigón de El Tarajal de 80.000 personas procedentes de Marruecos los pasados 30 y 31 de julio puso al borde del colapso la ciudad de Ceuta. 141 personas perdieron la vida a ambos lados de la frontera durante su intento por llegar a territorio español, según las organizaciones humanitarias. Ahora, ante el temor de un nuevo aluvión de migrantes, España y Marruecos han enviado a miles de agentes en un despliegue de seguridad inédito que cuenta con un helicóptero de las fuerzas de seguridad marroquíes para controlar los movimientos de cientos de migrantes subsaharianos a las afueras de Castillejos.
Ceuta ha amanecido este sábado envuelta en el taró (la típica neblina del mes de agosto en la ciudad autónoma) y en medio de la incertidumbre sobre si se materializaría o no la llamada a una nueva entrada masiva, tras viralizarse en redes sociales mensajes en Marruecos que invitaban a sumarse a cruzar a suelo español. Sí es inusual el fuerte operativo desplegado en las inmediaciones del paso fronterizo con muchos más efectivos de las fuerzas de seguridad que en días pasados, apostados en todos los puntos cercanos y marcando un perímetro de seguridad sobre las diez de la mañana. Desde entonces, permanecen apostados sobre la valla de El Tarajal una decena de militares del Ejército de Tierra. Legionarios y guardias civiles vigilan la entrada del espigón. El blindaje del espigón es diez veces más fuerte que este viernes.
El otro lado de la frontera también presenta calma y un fuerte despliegue policial. Hay controles en las principales carreteras de acceso a la ciudad, en especial en las que proceden de Tetuán y Tánger. Durante la madrugada se han intensificado las tareas de vigilancia en las inmediaciones de la frontera con Ceuta, tanto en tierra como en el mar, con la intervención de lanchas rápidas de la Marina Real marroquí y drones. Una joven migrante de 17 años, de las muy pocas que accedieron a la ciudad, indica que logró llegar durante la noche a Castillejos desde Tetuán. Según su relato, recogido por la agencia Efe, la joven viajó en un autobús que fue detenido en tres puestos de control a lo largo de los aproximadamente 35 kilómetros que separan ambas localidades.
Calma en el paso fronterizo de Melilla
Mientras, en Melilla, el paso fronterizo de Beni Ansar presenta este sábado una imagen de calma casi absoluta en comparación con la situación de otros años. En plena operación paso del Estrecho, la sala de control de pasaportes del lado español está completamente vacía. “Es inusual”, indica el único policía de la sala mientras comprueba los pasaportes. “La gente sabe que la alerta está ahí”, asegura en referencia al posible aluvión de personas tratando de alcanzar tierra española desde Marruecos. Entre los pocos viajeros que pasan este control se encuentra Islam, una veinteañera de Málaga que atraviesa la frontera a su país de origen con su familia para asistir a una boda en Nador. Islam protesta porque los agentes marroquíes dilatan innecesariamente la revisión de los pasaportes y asegura que, durante la espera, los ha visto mirando TikTok.
La aparente quietud continúa al otro lado. Beni Ansar está inusualmente vacío: apenas hay clientes en las tiendas y los cafetines próximos al paso tienen poca actividad. Adam, camarero de 18 años, cuenta que la afluencia se ha desplomado desde el viernes, coincidiendo con el incremento de la presencia policial. No hay controles en el camino hacia el puerto, utilizado por migrantes para aproximarse a Melilla e intentar alcanzar la ciudad a nado, pero sí se percibe una mayor presencia de fuerzas de seguridad marroquíes. Durante la mañana ha continuado la llegada de efectivos por carretera. En uno de los puntos hay en torno a 60 agentes, algunos vestidos con uniforme de camuflaje y otros vestidos de negro. Parte del contingente ha pasado ahí la noche.
El monte Gurugú parece haber dejado de ser el refugio habitual de migrantes subsaharianos que era durante buena parte de la década de 2010. Adin, taxista de Zegangán, asegura que los controles se han intensificado considerablemente desde 2024. “Sobre todo desde hace un mes”, precisa Youssef, administrativo de un servicio público de la cercana Nador. La vigilancia alcanza los accesos al monte: a la entrada del parque hay control militar, no el habitual de las carreteras. El monte Gurugú es un espacio natural protegido, pero alberga también zonas sometidas a control militar, lo que explica la presencia de efectivos del Ejército en determinados puntos y las restricciones de acceso. Durante el recorrido hacia las zonas altas no se observa ninguno de los asentamientos de migrantes que durante años formaron parte del paisaje de estas laderas.
Siguiendo la carretera de la frontera, a unos 16 kilómetros se encuentra Nador, la principal ciudad del entorno con 158.000 habitantes. Allí, los migrantes no se dejan ver por sus calles, pero están. En una sala anexa a la iglesia católica de Santiago el Mayor hay seis mujeres aprendiendo a leer y escribir en francés. Ninguna quiere hablar. “Están en absoluto peligro. Una simple foto puede ponerlas en riesgo”, explica una religiosa francesa que hace de maestra y que las acoge. Esta iglesia no es ajena al salto de más de 1.300 personas el pasado 30 de julio a Melilla. Este mes han asistido a 18 senegaleses que formaban parte de un grupo mayor y que habían intentado saltar. Algunos llegaron heridos y hambrientos.
La mayoría de los migrantes a los que atienden viven con amigos en pequeños apartamentos “totalmente insalubres y miserables”. Ya no quedan, según la religiosa, personas viviendo en los bosques como los que durante años formaron parte del paisaje migratorio de los alrededores de Nador. “La policía no permite campamentos”, apunta.
