Maribel Verdú: “A veces miro a la niña que fui con ganas de haberla protegido más”
Maribel Verdú no lleva la cuenta de las veces que le ha tocado meterse en triángulos amorosos tortuosos. En los noventa y comienzos de los dos mil, protagonizó algunos de los tríos más memorables de la historia del cine en español, incluidos el de Amantes, junto a Jorge Sanz y Victoria Abril; el de La buena estrella, con Antonio Resines y Jordi Mollà, y el de Y tu mamá también, con Gael García Bernal y Diego Luna. También hizo de amor platónico de Fernando Rey y Gonzalo Vega en Al otro lado del túnel y hasta formó parte de un quinteto junto a Jorge Sanz, Penélope Cruz, Arianda Gil y Miriam Díaz-Aroca en Belle époque, filme de Fernando Trueba que ganó el Oscar a la mejor película internacional en 1994.
En la vida real, en cambio, la actriz lleva casi tres décadas junto al actor y productor Pedro Larrañaga. Para ser exactos, hace unas semanas cumplieron 27 años de casados. En el mundo del espectáculo, eso equivale a unas bodas de oro. En estos tiempos de amor líquido, es un récord. “Nuestro secreto es la admiración, el humor y mucho espacio propio. Parece una fórmula sencilla, pero requiere generosidad. Nos admiramos profundamente, nos reímos a carcajadas juntos y somos los mejores amigos del mundo”, explica Verdú (Madrid, 55 años) tras la sesión de fotos para El País Semanal. “Pero a la vez somos dos personas radicalmente independientes que no nos asfixiamos. No hay dependencia ni celos; nos alegramos de verdad de los éxitos del otro”.
La actriz tiene los ojos de color marrón oscuro, pero cuando te habla es como si los encendiera y destellaran. Y luego está su sonrisa cinematográfica. Cuando te sonríe, es como si se prendiera otro gran foco. Tendría que estar agotada porque acaba de volver de Kenia, donde ha pasado todo el verano rodando la película Si los muertos hablaran con Carmen Machi, Hugo Silva e Ingrid García-Jonsson, entre otros. Pero está magnífica. Se ríe fácilmente. No se queda quieta, va y viene. Habla con todo el equipo. Opina sobre todo y pregunta de todo. Y hasta hace un pino puente para el fotógrafo.
En Si los muertos hablaran, filme de Nacho G. Velilla que se estrenará en 2027, interpreta a una famosa escritora de novela negra y madre completamente desnaturalizada. La Verdú de carne y hueso no tiene nada que ver con ese personaje. La Verdú de verdad no se parece en nada a ninguna de las más de 70 mujeres a las que ha dado vida en sus 40 años de carrera cinematográfica. No es la valiente ama de llaves que se juega el pellejo en El laberinto del fauno, el taquillazo de Guillermo del Toro que ganó siete Premios Goya y tres Oscar en 2007. Tampoco es la sensata Miranda de Tetro, el drama de Francis Ford Coppola de 2009. Mucho menos es la malvada madrastra de Blancanieves, la película muda en blanco y negro de Pablo Berger que se llevó 10 Goya en 2013.
“Cada etapa me ha regalado una mujer decisiva. Todas tienen pedazos míos y ninguna soy yo”, aclara. Entonces, ¿cómo es Maribel Verdú? “Es algo que cada vez me da más vergüenza hacer: hablar de mí y de cómo soy yo. Soy de tantas maneras, y cuando pensaba que era de una, llega la vida y te hace ser de otra… Es mucho más interesante que sean otros los que me definan”.
José Coronado, uno de los actores que mejor la conocen, dice que a Maribel le encanta jugar. “Tiene un sentido del humor, una ilusión por cada toma, que contagia a todos”, apunta. Trabajaron juntos por primera vez en Salsa rosa, la comedia de Manuel Gómez Pereira de 1992, y desde entonces han hecho una decena de proyectos, incluida una serie de bomberos y un documental sobre los pingüinos emperador. “Cuando la conocí yo tendría 35 años, y ella, 20 o 21. Ya era una bomba, una mujer explosiva, una súper sex symbol. Lo curioso es como luego fue transformando su carrera y demostrando su versatilidad. Ha hecho películas de autor y populares, ha pasado del drama a la comedia, ha hecho televisión, teatro… Lo ha hecho todo”.
Natalia Verbeke la conoció en la ceremonia de clausura del Festival de Málaga de 2002. Estaba promocionando El otro lado de la cama y empezaba a despuntar. Maribel, en cambio, ya era una estrella, pero antes de salir a escena a entregar un premio se le acercó y le dijo: “Tienes una sonrisa preciosa, me encantas”. “Seguramente, ella ni se acordará, pero yo lo recuerdo perfectamente. Llevaba mucho tiempo viéndola y admirándola y fue tan generosa y humilde. Ahora es mi amiga y a veces se me olvida quién es, pero Maribel es la Verdú”.
Todos coinciden en que a la Verdú le gusta divertirse en el trabajo. “Fuera de escena, es igual. Sus amigas la llamamos mariplanes porque lo organiza todo. Tiene una energía inacabable. Es pura dinamita”, sostiene Verbeke. Pablo Berger lo confirma. “Es disfrutona. Le gusta jugar, salir a comer, descubrir sitios nuevos, viajar, leer un libro que le han recomendado”, dice el cineasta, que la dirigió en Blancanieves y Abracadabra. Félix Sabroso, que ha contado con ella para la nueva temporada de la serie Furia, añade: “Tiene todo el oficio del mundo, pero no pone el piloto automático. Tiene la energía y el entusiasmo de quien está empezando. Eso es una rareza”.

Verdú es una rara avis de la industria por varias razones. Lleva 40 años en primera división y ahí se mantiene. Es la actriz con más nominaciones al Goya después de Penélope Cruz (tiene 11, de las cuales ganó dos), pero no teme hacer películas y series populares. Ha hecho más de 70 largometrajes, pero no ha perdido la espontaneidad. Ha trabajado a las órdenes de algunos de los mejores directores españoles e internacionales, pero se sigue entusiasmando con cada proyecto.
“Es de las pocas que se siguen ilusionando de verdad. Creo que tiene mucho que ver con que es una estrella, pero no se lo cree. Es una star, pero no es una diva”, razona Berger. Quizá haya una explicación para eso. La actriz empezó de muy abajo, con 13 años, haciendo publicidades. Uno de sus primeros trabajos fue como figurante en un anuncio de preservativos en 1983. Pedro Ruiz protagonizaba el spot. “Era la primera vez que se hacía un anuncio de condones en España. Nos querían poco más que excomulgar”, recuerda Ruiz. “Maribel estaba entre los figurantes, pero me acuerdo perfectamente de ella. Era una cría y ahora es una gran actriz”.
En 1986, con solo 16 años, debutó en el cine. Ese año hizo de prostituta en El orden cómico, de Álvaro Forqué; de yonqui en 27 horas, de Montxo Armendáriz, y de primer amor de Jorge Sanz en El año de las luces, de Trueba. Al año siguiente, el fotógrafo César Lucas la retrató para la revista Interviú como si fuera una lolita: mirando a cámara con ojos inocentes, recostada sobre una cama con un camisón semitransparente y abrazando un peluche de los Osos amorosos.
El reportaje causó revuelo. El novelista Juan Marsé, premio Cervantes, comentó las fotos de Interviú en una sección que tenía en EL PAÍS. El tono con el que hablaba sobre la actriz, una menor de edad, hoy no tiene un pase. “Lleva un camisón estricto con tres lacitos y una cadena en el cuello. La piel transpira la luminosidad del jacinto que la adorna…”, escribió Marsé en marzo de 1987. “Y un culotte tenuemente rosado que deja entrever parte del vello púbico, celosamente guardado por las piernas brevemente cruzadas con medias un palmo por encima de la rodilla; cuerpo coronado por un grácil osito de peluche”.

Aquella Maribel parecía una mujer, pero era una niña. Tenía el aspecto, el trabajo y el sueldo de un adulto, pero era una cría. “Con 15 años es imposible calibrar o entender lo que significa esa etiqueta de sex symbol. Yo era una niña que jugaba a ser actriz, que vivía con fascinación el plató, pero de golpe me encontré en portadas y reportajes donde la mirada masculina proyectaba sobre mí una sensualidad adulta que yo ni siquiera comprendía del todo”, lamenta hoy. “Claro que me sentí cosificada en muchas ocasiones. Pesaba muchísimo que la gente solo hablara de tu físico, o de si eras el objeto de deseo nacional”.
El trabajo le robó la inocencia y la despreocupación de la infancia, la rutina escolar, las salidas sin horario con amigos después del colegio, y el tiempo para aburrirse o equivocarse sin que hubiera un equipo entero esperando o un contrato firmado de por medio. No obstante, no cambiaría nada del camino que recorrió porque ganó una madurez precoz, una escuela de vida impagable y el amor por una profesión que le ha dado todo. “Pero sí miro a veces a la niña que fui con un poco de ternura y ganas de haberla protegido más de las prisas del mundo adulto”, reconoce.
En los noventa protagonizó alguno de los desnudos más recordados del cine español. En Amantes aparece como La maja desnuda, de Goya, echada en la cama de un Jorge Sanz atónito. En La buena estrella brilla como La gran odalisca, de Ingres, en la cama de Antonio Resines. Sus compañeros de reparto, en cambio, enseñaban poco o nada en pantalla. “La historia del cine ha sido una mirada predominantemente masculina y heterosexual que ponía el cuerpo de la mujer en primer plano para el disfrute del espectador, mientras ellos conservaban el pudor y la ropa”, reflexiona. “Se han dado pasos evidentes, pero la asimetría sigue existiendo: la exigencia estética sobre nosotras, el escrutinio del envejecimiento y la exposición corporal siguen sin ser equivalentes”.
Su papel en la serie de televisión Canguros le dio enorme popularidad a mediados de los noventa. La revista Playboy la nombró la mujer más deseada por los hombres españoles. En esos años protagonizó varias campañas de una firma de ropa interior. Los chavales robaban los carteles publicitarios de las marquesinas. Los mayores no permanecían indiferentes. “No es solo la chica de la valla…, es la paradoja de los bienes terrenales: cuanto más cercana la sientes, resulta más inalcanzable”, escribió Manuel Vicent en EL PAÍS.
—Si hoy le propusieran hacer un desnudo, ¿aceptaría?
—¡Ni muerta! Eso ya pasó a la historia. Tener ya añitos acumulados tiene un montón de cosas buenas.
—Sobre los coordinadores de intimidad, ¿está a favor o en contra?
—Bienvenidos sean. Me parece un avance sensacional. En mis tiempos estábamos a merced de la sensibilidad, o la falta de ella, del director de turno. Tener a una persona profesional que coreografía, pauta los límites y garantiza un entorno seguro no tiene precio.
—¿Cómo se siente hoy con su cuerpo?
—Pues mira, te liberas de la tiranía de querer gustar a todo el mundo o de encajar en cánones absurdos de juventud eterna. Miro mis arrugas, mi piel, mis cambios, y veo mi historia, mis risas y mis vivencias. Estoy en un momento de enorme serenidad mental: me gusto, me respeto y me trato con muchísima compasión.

No siempre estuvo tan serena. En 40 años de carrera le ha tocado vivir de todo, incluidos momentos de enorme sufrimiento físico y emocional. “Cuando eres muy joven tragas con cosas intolerables porque crees que ‘el cine es así’ o que la genialidad de un director justifica el maltrato psicológico o el desprecio. He vivido rodajes donde el ambiente era un campo de minas por egos desmedidos o tiranías”, reconoce. Con los años ha aprendido a poner límites infranqueables. “Hoy en día no permito la toxicidad en mi entorno laboral”.
También tuvo momentos de dudas, de crisis vocacional. “Pero afortunadamente se pasaban, porque no sé ser, ni hacer, otra cosa”. Después del éxito de Y tu mamá también, por ejemplo, estuvo unos años sin hacer cine. Recibió muchas ofertas para trabajar en Hollywood y dijo que no a todas. “No me arrepiento. En aquel momento mi vida estaba aquí en España. Ir a Los Ángeles suponía entrar en una maquinaria industrial que no me seducía”.
Ahora, 25 años después, no para de trabajar para los grandes estudios estadounidenses, plataformas como Amazon, HBO y Netflix. En 2023 incluso fichó por la franquicia DC Comics en la película de superhéroes The Flash. “El mundo se ha globalizado”, explica. “Ahora ruedo producciones internacionales desde España, viajo unas semanas puntuales para proyectos como The Flash y regreso a mi casa en Madrid. Trabajo fuera en mis propios términos, sin tener que renunciar a mi vida”.
Acaba de estrenar en Netflix la miniserie de misterio El problema final, basada en la novela homónima de Pérez-Reverte, y la comedia Gracias, equipo. El 8 de octubre, la veremos en la segunda temporada de Furia, la serie de Félix Sabroso, en HBO. En las tres producciones interpreta a jefas duras, aparentemente poderosas, pero íntimamente frágiles. Su coraza también engaña. Verdú parece fuerte, pero es inmensamente vulnerable.
—¿Qué cosas la hacen sentir frágil?
—El dolor de la gente que quiero, la enfermedad, la impotencia ante la injusticia o la crueldad gratuita.
En 2013, cuando subió a recoger el Goya por Blancanieves, España se desangraba por los desahucios. La actriz dio un discurso reivindicativo que se viralizó. “Era una cuestión de humanidad. Sentí la obligación moral de poner la voz donde otros no podían”. Muchos la aplaudieron, otros la criticaron. No quiere remover ese capítulo, pero no olvida que se le cayeron campañas de publicidad y que fue protagonista de debates y programas de televisión. Había gente que insultaba a sus padres por la calle.

Ha pasado más de una década y en España seguimos hablando del problema de la vivienda. “Ver que generaciones enteras de gente joven con estudios, o familias trabajadoras que se dejan la piel a diario, no pueden acceder a una casa digna o tienen que destinar el 70% de su salario a pagar un alquiler, es desproporcionado. Que sigamos teniendo este debate décadas después demuestra que como sociedad no hemos avanzado en lo esencial: cuidar a la gente”.
Le preocupa la polarización, el retroceso en derechos y el auge de discursos de odio, pero adelanta que no va a opinar de política. Es su línea roja. Dice que se siente vulnerable y que no tiene fuerzas para hacer frente a titulares sensacionales o polémicas. No quiere atención. Hace tiempo que no la necesita. Tampoco persigue premios y honores. “Aprendí muy pronto que los reconocimientos son ráfagas efímeras. Mi mayor premio es seguir trabajando cuatro décadas después. A estas alturas sueño con trabajar bien, no con acumular medallas”.
Con 55 años y 40 de trayectoria a sus espaldas, ahora busca cosas muy específicas en las propuestas que llegan a su mesa: textos inteligentes, personajes con matices, y compañeros y directores con los que el trabajo sea placentero. Quiere trabajar con más directoras porque están aportando una mirada sobre la intimidad que antes nos faltaba en el cine español. En su lista de deseos figuran Alauda Ruiz de Azúa —“tiene una forma de dirigir que es pura verdad”— e Isabel Coixet —“una referente absoluta, tengo esa cuenta pendiente con ella”—.
Pedro Almodóvar es otra cuenta pendiente. Nunca ha rodado con el manchego. Tampoco la mortifica. “Es historia viva de nuestro cine, un genio absoluto. Pero nunca he vivido obsesionada con lo que no ha sucedido. He tenido la fortuna de rodar con Aranda, Franco, Trueba, Cuarón, Del Toro, Ford Coppola, Urbizu… Mi banquete ha sido inmejorable”.
Queda mucho banquete para Verdú. Como dice Berger: “Con toda la carrera que tiene, la mejor película de Maribel está por venir”.

Créditos de equipo:
Fotografía: Miguel Reveriego.
Estilismo: Juan Cebrián.
Maquillaje y peluquería: Iván Gómez (The Wall Group).
Manicura: Lucero Hurtado para OPI.
Producción: Cristina Serrano.
Asistentes de fotografía: Javier Suárez y Sergio Borondo.
Asistente digital: David García.
Asistente de estilismo: Carmen Cruz.


