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Londres disfruta de Alcaraz, victorioso en un desenlace de funambulismo


Esa acción, ese contraglobo retrocediendo de espaldas a la pelota, sobre un tipo que mide 1,96, explica muchas cosas. De hecho, tal vez lo explique todo. Donde la inmensa mayoría interpreta una situación cercana al abismo, Carlos Alcaraz divisa un terreno de oportunidades e inventa y maquina a la carrera: ¿por aquí? ¿por allá? ¿o acaso por un costado? ¿Porque no le dará por intentarlo, verdad? ¿Se atreverá? En ese lapso tan corto, el tiempo se congela (para él) y los de enfrente tiemblan. Eso no se aprende. Y allá que va el murciano, convencido y preciso, trazando una parábola tan alta y tan perfecta que sortea la estirada silueta de Taylor Fritz, décimo del mundo, logrando así un maravilloso punto que hace que la visita nocturna de este sábado al O2 —esta vez sí, grada prácticamente llena— haya merecido la pena.

Tan cautivador es su tenis que aun así, a bandazos y después de haber rozado la derrota, contemplar sus partidos se traduce en un ejercicio hipnótico que, por momentos, hace que quien juzga u observa se olvide del marcador. El juego por el juego, disfrutar por disfrutar. No obstante, la velada vuelve a ser favorable para él: 6-3, 4-6 y 13-11, en 1h 50m. Si 24 horas antes se había anotado una victoria en el dobles, en esta ocasión Alcaraz se regaló otra alegría en la modalidad individual de esta Laver Cup en la que su equipo, el europeo dirigido por la voz rasgada de Yannick Noah, hubiera quedado en una situación francamente comprometida de no haber resuelto él su compromiso. Palió las derrotas previas de Alexander Zverev (2-6, 7-6(5) y 11-9 ante Alex de Miñaur) y Flavio Cobolli (6-3, 2-6 y 10-7 para Learner Tien).

“Es parte de mi juego, lo utilizo a mi favor. El porcentaje ha sido muy alto”, razona a pie de pista cuando Sam Querrey, este con el nudo todavía en el estómago, le pregunta cómo demonios tira esas dejadas en esos instantes tan delicados y de dónde viene toda esa inventiva: “Lo hacía desde pequeño”.

Fritz resopla y el capitán del otro equipo, Andre Agassi, no termina de creérselo pese a que él, artista de pisada pronadora, también rezumaba talento por los cuatro costados. ¿Lo ha hecho? Efectivamente, lo ha hecho. ¿Pero cómo? Cuando tenía el agua al cuello, toda esa imaginación, ese abanico y esa pólvora confluyen perfectamente para salvar los dos puntos de partido de los que disponía el estadounidense en el desempate.

Y antes de que eso ocurra, un Alcaraz de viene y va, con pegada y a la vez imprecisión. Curvilíneo: 5-1 iba en el tie-break, y después los sudores. Un primer set estupendo y un segundo en el que le ha costado resistir a la bola angulada de Fritz, un tipo discreto que de creérselo un poquito más y de no sabotearse tanto mentalmente, seguro que llegaría mucho más lejos.

Sin embargo, esto es tenis. Y esa falta de fe es inversamente proporcional a la confianza desbordante del español, al que le basta muy poco para montarse una fiesta. Al fin y al cabo, de esto va la Laver Cup, una competición de corte desenfadado en la que importa más un instante a guardar que cualquier resultado. ¿O acaso se acuerda alguien de quién ganó y cómo el año pasado? En todo caso, recuérdese Praga, 2017, y Nadal a lomos del gran creador Federer, hoy en el graderío, o los dos llorando a lágrima viva cinco años más tarde, 2022, porque el suizo se despedía a los 41 y con él una parte del mallorquín. Ahora RF observa al murciano y lo disfruta, y de ahí que, en una encuesta planteada por la organización entre los jugadores, todos coincidan: ¿Si tuvieses 10 años, de quién tendrías hoy un póster en la habitación?

Zverev: “Probablemente de Carlos, todo el mundo le quiere.”. Roddick: “Aun hoy, a mis 44, lo elijo a él”. Y se suma un profundo admirador, John McEnroe: “Lo hace todo. Y me pone celoso su sonrisa…”. Hay pleno, tan solo él difiere. Se lo piensa y escapa del brete con astucia: “Djokovic. Todavía sigue jugando…”.


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