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Lecciones de la devaluación de 1976


Este lunes se cumplirá exactamente medio siglo del fin de la última experiencia duradera que México tuvo con un tipo de cambio fijo. Así es: el 31 de agosto de 1976, el entonces secretario de Hacienda, Mario Ramón Beteta, anunció que había llegado a su fin la paridad de 12,5 pesos por dólar, vigente desde 1954. Beteta calificó al régimen cambiario como un factor que limitaba a nuestra economía y del que era necesario deshacerse. “[…] considerando que la paridad fija es una ‘camisa de fuerza’ para nuestra economía, el Gobierno mexicano determinó poner a flotar el peso”, afirmó. Ese año, el tipo de cambio cerró con una cotización cercana a los 20 pesos por dólar.

La devaluación de 1976 fue un parteaguas para la economía mexicana. A partir de ese momento, y durante varios lustros, la inestabilidad macroeconómica se instaló como una constante. En realidad, la devaluación en sí no era realmente la causa de la inestabilidad. Más bien, era una manifestación y un resultado de los problemas económicos estructurales que aquejaban al país y que se habían acentuado hacia el final de la Administración del presidente Echeverría.

Tampoco es cierto que el régimen cambiario fuera una limitante, sino que, más bien, la paridad fija ya se había vuelto insostenible. El aumento del déficit público de esos años, las crecientes presiones inflacionarias, el incremento en el déficit comercial y la significativa pérdida de reservas internacionales se habían conjugado para volver insostenible la paridad cambiaria. No es que el tipo de cambio fijo fuera una camisa de fuerza, sino que era una prenda que, simplemente, ya no nos quedaba.

Hoy, afortunadamente, las circunstancias son completamente diferentes a las de aquellos años. De entrada, el régimen cambiario ya no es fijo, sino flexible. El tipo de cambio se determina libremente en el mercado cambiario, lo que implica que el Banco Central no se ve en la necesidad de intervenir para sostener una cierta paridad, por lo que tampoco pone en riesgo sus reservas internacionales. Además, hoy no tenemos un déficit comercial tan grande que debamos financiar. En 1976, el déficit comercial fue de 3.000 millones de dólares, cerca del 5% del PIB. Ahora, en cambio, en lo que va del año tenemos incluso un ligero superávit comercial y se anticipa que, a fin de año, el déficit (si lo hubiese) sería inferior al 1% del PIB.

Otra diferencia importante es la magnitud de las reservas internacionales. En 1976, según el Informe Anual del Banco de México, el país cerró el año con apenas 1.412 millones de dólares en activos internacionales, lo que no alcanzaba ni para cubrir seis meses de déficit comercial. Ahora, el banco central cuenta con más de 258.000 millones de dólares en reservas internacionales. Si el déficit comercial llegara a los 10.000 millones de dólares que prevén los analistas del sector privado para este año, esto implicaría que actualmente contamos con reservas equivalentes a 25 años de déficit comercial. Un contraste rotundo con el contexto económico de hace medio siglo.

Curiosamente, ahora nuestra preocupación no es por una posible depreciación importante de nuestra moneda, sino todo lo contrario. Ahora algunos sectores económicos (exportadores, receptores de remesas o el sector turístico, entre otros) se preocupan por la fuerte apreciación del peso que hemos tenido en los últimos meses. La situación es tal que, por primera vez en nuestra historia, el tipo de cambio actual es inferior incluso al de hace exactamente 10 años. Así es. Justo hoy el tipo de cambio nominal es 10% inferior al de su valor en este mismo día de 2016 (17 pesos por dólar versus 18,9).

Esta significativa apreciación es incluso mayor cuando incorporamos el diferencial inflacionario entre México y otros países, por lo que la apreciación real del peso mexicano ya es considerable. A pesar de esta fuerte apreciación, la paridad cambiaria no parece estar en riesgo. A diferencia de otros momentos de nuestra historia económica reciente, en los que una apreciación de esta magnitud se habría convertido en un riesgo inminente de un ajuste abrupto, ahora esto no es el caso.

Esto revela que el sector externo, una debilidad histórica de nuestra economía, ya no actúa como un factor de desequilibrio económico. Ahora, la apertura comercial y las ganancias de competitividad de nuestros productos en el exterior garantizan un balance comercial más equilibrado. Incluso un déficit comercial de regular tamaño podría ser financiado sanamente a través de la inversión extranjera directa que recibe el país. Nuestros problemas ahora se localizan en otro lado: la falta de inversión, de crecimiento y de capacidad de generación de empleos formales. Es ahí donde está el reto al que de aquí en adelante deberemos hacer frente.


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