Laura y Cristina, pareja, madres y actrices brasileñas: “Si Bolsonaro gana seremos un búnker de la resistencia”
Es sábado por la noche en el centro financiero de Río de Janeiro y no hay más que oficinas cerradas y calles a oscuras, pero al girar una esquina aparece una casa de tres pisos iluminada con los colores del arco iris. Delante, una algarabía de gentes repartidas entre mesas y hasta un sofá en plena calle. Es el ambiente de la Queerioca, un centro cultural convertido en epicentro de la comunidad LGTBIQ+ carioca. Hay un dj, risas y caipiriñas, pero también camisetas con el rostro del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y algo de tensión en el aire. Las elecciones están a la vuelta de la esquina y la ultraderecha llama a la puerta. Otra vez. Brasil celebra elecciones generales, en primera vuelta, este domingo.
Entre el ajetreo, las fundadoras de la casa, las actrices Laura Castro y Cristina Flores, disimulan los nervios como pueden. Son pareja y madres de cuatro niños: “Estamos trabajando felices, pero con un ojo puesto en las encuestas, pensando en que lo absurdo, lo imposible, lo inimaginable pueda ocurrir”, explican. Cuentan que impulsaron este centro como un punto de encuentro para la comunidad arcoíris, donde se celebran presentaciones de libros, exposiciones, debates, ciclos de cine o animadas fiestas de ballroom. La inauguración de la nueva sede fue hace pocos días, con la marcha nacional trans y travesti y una nutrida presencia de representantes políticos del colectivo LGTBQ+.
Para las impulsoras, la implicación política es ineludible: “Estos días estábamos hablando de que si gana Flávio nuestra responsabilidad será aún mayor. Tenemos una casa de resistencia. Pase lo que pase esta casa tendrá que seguir existiendo”, asegura Castro. Hasta hace poco este caserón era un prostíbulo. En el último piso hay un colchón y un pequeño baño con ducha que ahora las nuevas dueñas ponen a disposición de residencias artísticas. “Si hace falta lo convertiremos en un búnker”, dice Flores, medio en broma medio en serio.
Para ellas, como para muchos otros brasileños de sexualidad disidente, el mayor miedo es un retroceso en unos derechos que penden de un hilo. Castro teme que pase algo parecido a lo de Italia, cuando la primera ministra Giorgia Meloni ordenó que se retiraran los nombres de las madres no biológicas de las partidas de nacimiento de sus hijos. “Esa es mi mayor pesadilla”, resume.
En Brasil el matrimonio y la adopción por parte de personas del mismo sexo son legales desde 2011, pero solo porque lo decidió el Tribunal Supremo. La homofobia y el racismo son delito, pero también por decisión de los jueces. El Congreso, cada vez más conservador, nunca ha aprobado una ley en defensa de las minorías.
Las elecciones de este año son especialmente delicadas porque está en juego la mayoría en el Senado, que da luz verde a los nombramientos en la máxima corte. Si Bolsonaro hijo gana y el bolsonarismo logra controlar la Cámara alta podría formar una mayoría de jueces conservadores. Todos recuerdan que Bolsonaro padre nombró en el Supremo a un juez que presento públicamente como “terriblemente evangélico”.
Felipe Vianna y João Tonhá también tienen varios motivos para estar preocupados. Además de ser una pareja gay son hijos orgullosos de la educación pública y trabajadores en el sistema público de salud. Tonhá trabaja como médico de familia, está especializado en mejorar la atención a los pacientes LGTBIQ+ y también está formando a profesionales del programa Más Médicos, que lleva personal sanitario a regiones aisladas. Cuando Bolsonaro padre llegó al poder, una de las primeras medidas fue acabar con el programa, inicialmente formado casi íntegramente por profesionales cubanos. Teme que, otra vez, todos los esfuerzos realizados sean echados por tierra.
En los últimos cuatro años el número de médicos en aldeas remotas y barriadas periféricas se dobló, hasta superar los 26.000. “Cuando gobierna, la extrema derecha desmonta todo el aparato de Estado construido de forma más progresista”, lamenta Tonhá.
Vianna, negro y de una familia humilde, logró estudiar en la universidad pública gracias a las becas y a la política que reserva cuotas para el alumnado de baja renta, negro o procedente de las escuelas públicas. Es una política que, tras cierta controversia inicial, se consolidó en todo Brasil, lleva en vigor 14 años y ha transformado radicalmente las universidades públicas brasileñas: de coto reservado a la élite blanca a una posibilidad real para todos. Vianna es uno de esos miles de brasileños que encarnan una de las frases favoritas de las campañas de Lula: “El hijo de la empleada doméstica se convirtió en doctor”.
Como senador, Flávio Bolsonaro propuso modificar la ley para acabar con la reserva de plazas para personas negras y con deficiencia. En Santa Catarina, uno de los estados más bolsonaristas, el Gobierno regional ya intentó prohibir las cuotas en sus universidades, pero el Supremo frenó el intento. Vianna es hoy un reconocido otorrino, pero cuando sus colegas aplauden su esforzada trayectoria él siempre se afana en cortar de raíz los discursos puramente meritocráticos: “No hubiera conquistado mi éxito profesional sin la oportunidad que dan las políticas públicas”, dice convencido.
Preocupada con el futuro de esas políticas también está Janaína Peclat, una abogada laboralista, la primera universitaria de su familia, también gracias al sistema de cuotas. Como mujer negra lamenta la ausencia de ideas (en el mejor de los casos) para enfrentar la lacra del racismo. El programa de Flávio Bolsonaro no incluye ninguna propuesta concreta. No es un tema. Después de que la militancia del movimiento negro lograra convertir el racismo estructural de Brasil en el centro de la agenda política, sería volver a los tiempos de la “democracia racial”, el país imaginario que ensalza el mestizaje y donde indígenas, blancos y negros conviven mezclados y en armonía.
Otra pesadilla recurrente: volver a ver a Bolsonaro padre soltando improperios en televisión, humillando a un periodista o burlándose de las víctimas del covid-19. El veterano político lleva meses alejado de los focos porque cumple una condena de 27 años en prisión domiciliaria por golpista, pero la abogada Peclat no duda de que, si gana Flávio, el líder del clan volverá al ruedo: “Lo primero que hará será indultarle, a él y al resto de golpistas. Creo que Bolsonaro II puede ser más devastador para Brasil, porque Flávio no es tan grotesco como su padre, pero está sentado en la mesa de los negocios con la milicia y con Estados Unidos”.
Lejos de los centros urbanos, los defensores del medio ambiente y los pueblos indígenas también están preocupados. Temen que la fuerte sintonía del candidato Bolsonaro con el sector agrícola y ganadero y su disposición a calmar la sed de tierras raras y minerales críticos de la Administración Trump abra la tierra en canal y acabe con los logros de los últimos cuatro años en la lucha contra la deforestación. Parafraseando a su padre, el senador ya advirtió hace unos meses que el Estado no devolverá ni un centímetro más de tierra a los pueblos nativos: “Si depende de mí, no habrá ninguna demarcación indígena”


