Las dudas por la muerte de Prisciliano Trejo: falleció tras enfermar y no recibir tratamiento médico bajo custodia del ICE
El 13 de julio de 2026 fue el último día que escucharon la voz de Prisciliano Trejo Ricano. Desde el centro de detención migratoria Stewart, en Georgia, llamó a su mejor amigo, Gerardo Cortez Zapata, a la 1.30 de la tarde. Estaba muy ronco y la tos interrumpía sus palabras. Por la noche, pasadas las nueve, habló con sus padres. Recuerdan que su voz había cambiado tras sentirse cada día más enfermo. De pronto, se despidió con premura.
“Voy a ver al médico”, le dijo a su papá, Prisciliano Trejo. “Mi chamaco se puso contento, pero no sabía que iba a su muerte. Se lo llevaron y no regresó”, contó el padre en una llamada telefónica con EL PAÍS. “El 14 no me habló. Pasamos todo el día preocupados. El 15 tampoco habló en la mañana. Pensamos que las noticias malas siempre salen rápido”.
Prisciliano Trejo Ricano, mexicano, de 29 años, había estado en custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) desde el 25 de junio. La Oficina del Aguacil del Condado Durham, en Carolina del Norte, lo entregó ese día a los agentes migratorios y desde ahí el ICE lo movió más de 800 kilómetros al suroeste, a ocho horas de distancia de su casa y su familia, a Stewart.
Hasta el 3 de julio su preocupación se había centrado en lograr la libertad con una fianza. Pero a partir de esa fecha, su salud comenzó a complicarse. Varios compañeros de su celda habían enfermado con gripe desde la semana anterior, incluido Priscilano. Algunos mejoraban, pero a él le apareció una tos que fue empeorando durante los siguientes 10 días: una carraspera se convirtió en expectoraciones con sangre, cada día más profusas. También sentía dolor de garganta y fiebre; notó una erupción y su hermano, Jorlee Trejo, recordó en una llamada telefónica que Prisciliano le contó de un moretón que no se borraba. Así de enfermo y en detención, cumplió 29 años el 10 de julio.
Para el 13 de julio, su amigo Gerardo le insistió en que debía pedir nuevamente atención médica: “Nomás un doctor lo había visto por muy poco tiempo el fin de semana. Le dijo: ‘Te van a dar medicamentos’, pero nunca se los dieron”. Prisciliano, recuerda Gerardo, le contó ese día que había intentado pedirle a un funcionario del centro de detención Stewart las medicinas que le había recetado el médico: “Lo insultó, le dijo ‘fuck off’ (vete a la mierda) y lo ignoró”.
Un vocero del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) explicó a este diario que, tras realizarle una prueba, Prisciliano Trejo dio negativo a estreptococo. Asegura —sin precisar fechas— que le dieron QC Mucus Relief Sinus, un medicamento genérico para la tos, y que fue tratado con suero salino intravenoso, amoxicilina, ibuprofeno y Tylenol.
En sus conversaciones con Gerardo Cortez y con su hermano, este migrante les contó que hasta el 13 de julio las únicas medicinas que había tomado eran las que generosamente le habían compartido sus compañeros de celda: una pastilla de antibiótico para infecciones bacterianas (amoxicilina) y uno que otro Tylenol. En una publicación en Facebook el 12 de julio, él mismo confirmó que hasta ese día no había recibido tratamiento médico ni medicación.
Su hermano cree que cuando recibió atención médica ya era demasiado tarde: “Tenían que haberlo ayudado antes”.
Desde que Donald Trump asumió su segundo mandato con una agresiva campaña para aumentar la capacidad de detención de migrantes, 55 personas han muerto en los centros del ICE, según cifras del propio Gobierno. La organización Human Rights Watch aseguró en un informe reciente que es el mayor número en más de una década; incluso es más del doble de los fallecimientos que se reportaron durante su primer mandato.
En el reporte, citan conclusiones de organizaciones como Physicians for Human Rights. En evaluaciones médicas que realizaron a 39 casos de muertes en centros del ICE entre enero de 2025 y enero de 2026, concluyeron que el Gobierno no facilitó información pública suficiente sobre las circunstancias del fallecimiento o sobre la atención médica dispensada durante la detención como para permitir una evaluación clínica definitiva: “Aunque la documentación disponible era a menudo escasa, resultó suficiente para identificar graves motivos de preocupación respecto a la atención prestada”.
También concluyeron que en la mayoría de esos casos, los expertos médicos sospecharon que se dio a los enfermos detenidos una atención médica “inadecuada o demorada”, lo que les llevó a considerar que “las muertes pudieron haberse evitado”.
Dos días de silencio
Prisciliano Trejo murió el 24 de julio cerca de las 7.00 de la mañana, junto a sus padres y a su hermano Jorlee. Pero el trayecto hasta ese cuarto de hospital no está claro para su familia.
Después de haberse comunicado con ellos cada día desde que fue trasladado al centro Stewart, que no lo hiciera durante dos días (el 13 y 14 de julio) les preocupó. “Mi mamá tiene una compañera en el trabajo que le dijo que cuando los detenidos se enferman los ponen en aislamiento”, contó Jorlee Trejo al recordar las conversaciones de la familia en casa. “Yo pensé que estaba recuperándose”.
El 16 de julio, Jorlee recibió una llamada telefónica de un número de Georgia. Atendió esperanzado:
—¿Eres el hermano de Prisciliano? —le preguntó una voz. Era el abogado de inmigración, Marty Rosenbluth.
—Sí —respondió temeroso.
—Tengo malas noticias. Tu hermano está en el hospital, tiene cáncer y está conectado a un respirador.
Rosenbluth explicó a EL PAÍS que el oncólogo que evaluó a Prisciliano le había indicado que el joven tenía un tipo de leucemia que “puede aparecer de pronto y ser muy agresiva”. El diagnóstico fue una sorpresa para los Trejo, no solo porque el joven estuvo sano hasta su detención, sino porque no hay antecedentes médicos de la enfermedad en la familia.
Prisciliano Trejo Ricano había pasado esos dos días de silencio en una sala de emergencia en Columbus, Georgia, a una hora del centro de detención. La familia desconoce el nombre de ese lugar, nadie pudo precisarlo. De ahí lo trasladaron intubado a casi cuatro horas al este, a la unidad de cuidados intensivos del hospital Wellstar MCG Health Emergency Department, en Augusta. Su familia no tiene detalles precisos de las horas exactas en que ocurrieron los traslados ni del estado de salud en el que Trejo Ricano llegó a cada uno de estos centros. Hasta ahora, el ICE no se ha comunicado con ellos.
Dos médicos consultados sobre cuán agresiva puede ser una leucemia explicaron que las agudas pueden ser graves si no son tratadas a tiempo. Creen que si el médico en Stewart indicó amoxicilina a Prisciliano, como informó el DHS en su comunicado, es porque sospechaba de un proceso bacteriano. Aseguraron que los pacientes con leucemia tienen un sistema inmunológico deficiente que ante cualquier proceso infeccioso no tratado adecuadamente, puede tener una peor evolución, con riesgo de muerte.
Al llegar al hospital Wellstar por la noche, la familia Trejo no pudo ver a Prisciliano de inmediato. Seguía en custodia del ICE.
Rosenbluth contó a EL PAÍS que poco después recibió la llamada de la agencia notificándole que iba a retirar la custodia sobre Prisciliano Trejo para que su familia pudiera visitarlo. “Hubo que negociar un poco, realmente fue un tema de burocracia. Es decir, el ICE había notificado al hospital que iban a ponerlo en libertad, pero la documentación no llegó a las personas indicadas, así que hubo que agilizar el trámite de alguna manera”.
Mientras, en el pasillo del hospital Wellstar, Jorlee escuchó que uno de los agentes de Stewart que aún custodiaban a su hermano dijo que el 14 de julio Prisciliano estaba despierto y que incluso firmó papeles.
Cuando finalmente la familia logró entrar a la habitación de Prisciliano Trejo, estaba inconsciente, intubado, con vías en varios lugares de su cuerpo. Reaccionaba cuando le tomaban la mano y le hablaban, abría levemente sus ojos.
“Me vio como dos veces. Le dije que ojalá pudiera despertarse para saber qué fue lo que le pasó”, recordó el hermano.
“Quiero justicia”
Prisciliano Trejo Ricano no aparece en los reportes del ICE como el migrante número 35 que murió en el año fiscal 2025 tras enfermar en custodia federal. De incluirlo, su nombre hubiera estado en la lista después del venezolano Jesús Manuel Arenas, cuya hermana denunció que el ICE no le suministró los medicamentos que requería para tratar varias condiciones preexistentes que reportó incluso desde que estaba siendo arrestado. Lo hallaron inconsciente en un bus en el que era trasladado entre centros de detención. Murió en el hospital.
Rosenbluth explicó que una vez que el ICE dejó en libertad a Prisciliano cambió la corte de inmigración en la que debía presentarse a Charlotte, en Carolina del Norte. El joven había estado protegido por la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) hasta 2024, cuando no tuvo dinero para renovar el estatus que lo protegía de la deportación. En enero pasado intentó recuperarlo, pero no pudo.
La investigación forense sobre su muerte la realizan autoridades de Georgia. Gerardo Cortez, quien tiene una maestría en Ciencias Biomédicas y una certificación en servicios médicos de emergencia, no confía en la evaluación que pueda hacer este estado republicano, que coopera con las políticas antiinmigrantes del Gobierno de Trump desde distintos frentes. “Tengo la sospecha de que van a intentar cambiar la narrativa sobre lo que pasó con mi mejor amigo”.
Ni él ni la familia confían en el diagnóstico de leucemia. Hasta ahora, no han podido acceder a los reportes médicos completos del hospital para buscar una opinión independiente sobre la enfermedad, para entender un hematoma que Prisciliano tenía en su cerebro y para tener certeza sobre la causa de muerte.
El joven será enterrado en su tierra, en Xochimilco, Puebla. Solo dos de los tres hermanos viajarán a México para esta despedida.
“Quiero justicia para mi hijo, quiero justicia sobre lo que pasó”, reclamó su padre. “Vamos a luchar”, agregó Jorlee Trejo, que sigue junto a Gerardo buscando respuestas. Ha mantenido conversaciones con compañeros de celda de su hermano en el centro de Stewart.
Aunque le duele y ve el futuro cuesta arriba, Jorlee dice que ahora le toca ocupar el puesto que tenía su hermano Prisciliano en la casa. Era el mayor, el que velaba por todos. “Tenemos que buscar la forma de vivir sin él. Nunca pensé que iba a enterrar a mi hermano”. Le reconforta saber que ya no sufre: “Está feliz en el cielo y no en este mundo, donde hay tanta gente mala”.


