La vida de cuatro mujeres migrantes varadas en Ceuta: “El miedo más grande es a que me devuelvan”
Era el momento. Ahora o nunca. Les dijeron que no tendrían problemas para pasar a Ceuta, que la frontera marroquí estaba abierta, y se lanzaron al mar. Nadaron durante horas, sin flotadores ni neopreno, sortearon la frontera y pisaron suelo español. Cuatro mujeres migrantes que llegaron en torno a los días en los que cruzaron 80.000 personas, a finales de julio, relatan sus penurias en las últimas tres semanas. Han pasado hambre y sed y han dormido en la calle. Las han echado de un barrio. Se han quedado sin ropa y sin dinero. Expuestas a robos o a sufrir agresiones sexuales. Son tres adolescentes, todas de 17 años, y una embarazada de ocho meses, de 21 años. Las cuatro llegaron dando brazadas e intentan mantenerse a flote. Estas son sus historias.
Douae, 17 años: “Me dije: Llegaré viva o muerta”
La energía brota en la mirada de Douae, de 17 años y natural de Tánger (a unos 60 kilómetros al oeste de Ceuta). En la noche del 29 de julio le dijeron que la frontera marroquí estaba abierta y no tendría problemas para entrar a Ceuta a nado. “Me dije: ‘Llegaré viva o muerta’”, relata. Y se tiró al agua. “Desde que estoy aquí lo he pasado muy mal, pero a veces me pongo a bailar”. Entonces levanta los brazos y comienza a balancearse. Su rostro pasa de la angustia a la felicidad en cuestión de segundos. Se toca el bíceps para demostrar que está fuerte y que confía en sus capacidades físicas.
Este miércoles era su cumpleaños. Lo pasó en una pista deportiva en la que la asociación de vecinos de la barriada de El Príncipe las protege de sufrir agresiones sexuales o vejaciones. El recinto, en el que aguarda a que la lleven a un centro de menores, acoge a unas 400 mujeres y niños, según cálculos de los voluntarios.
Es la hora de la comida. Douae está sentada en una silla, intentando unir las piezas de su historia. Sus amigas le acercan un tupper de plástico con lentejas, un plátano y un bollo de pan. Termina la fruta en tres bocados, entre los que intercala, a trompicones, de dónde viene y a dónde quiere llegar: “Mi padre y mi madre están separados. Vivía con mi abuela hasta el año pasado, pero se murió. Entonces me instalé con un tío que vivía al lado, pero se quedaban con los 10 euros al día que yo cobraba por trabajar en una panadería. Decía que era por los gastos”.
El drama de su viaje comenzó en el agua. Se tiró al mar a las dos de la mañana del día 30, en Castillejos. Nadó durante tres horas. “Vi a gente con hijos, a una mujer muerta. Cuando iba llegando al espigón [de El Tarajal] empezaron a subirse encima de mí, me hundían”. En el agua perdió el pañuelo y el móvil. Cuando pisó la ciudad, fue a ver a una conocida de su madre que la dejó llamarla. La ciudad estaba cerrada a cal y canto y durmió en la calle, “en una carretera”. En los siguientes días, su familia le envió dinero y alquiló una habitación en una casa de El Príncipe por 60 euros el día. Por 20 euros más, le daban de comer. Le llegó para tres días, pero se vio de nuevo en la calle. “No dormía por miedo a que me violaran o me trataran mal, pero el miedo más grande es a que me devuelvan”, dice. “Una mujer me dio ropa y comida y un hombre de El Príncipe me abría su coche para que durmiera. Hay gente buena y gente mala”, resume.
Aya, 17 años: “Gente con pasamontañas nos decía que nos fuéramos”
A la tercera fue la vencida. Aya, natural de Larache (a unos 140 kilómetros al suroeste de Ceuta), había intentado dos veces cruzar a la ciudad autónoma. En la primera, la pilló la Guardia Civil y la devolvieron. En la segunda, llegó a salir a la arena de la playa de El Tarajal, pero también la sorprendieron. Otra vez de vuelta a Marruecos.
La madrugada del 30 de julio tuvo éxito. Había entrenado para nadar bien y tenía neoprenos y flotadores para que fuera más seguro, pero con las prisas no pasó ni por casa. Allí se quedó todo. Se tiró al agua con un pantalón pitillo y una camiseta. Nadó unas cuatro horas. Dice que vio a gente muerta en el mar y a una embarazada que daba brazadas a su lado. También cuenta que conoce a uno de los más de ochenta fallecidos en aquella dramática entrada masiva. Llegó a la ciudad a las diez y media de la mañana, junto a su prima Ahlan. “Estábamos completamente mojadas y desorientadas. La gente corría y nosotras también, no sabíamos dónde. Como todo estaba cerrado, no comimos nada. Unos vecinos nos lanzaron por la ventana una botella de agua. Dormimos en una calle, sobre una carretera”.
En los días siguientes les pasó de todo. “Había gente con la cara tapada con pasamontañas que nos decía que nos teníamos que ir”, asegura. Ella también reunió dinero para estar unos días en una habitación de El Príncipe, en una casa diferente a la de Douae. Le dio para tres noches. Después, la ayudó una mujer que le dio ropa y la llevó al recinto en el que los vecinos la protegen. “Me vine porque mi abuela me pegaba y me quitaba los 700 dírhams [unos 64 euros] que ganaba al mes en una empresa. Quiero ayudar a mis padres, estudiar, trabajar en casas, en una cafetería, en lo que sea. Estoy muy agobiada, he sufrido mucho”, explica. Le gustaría ir a vivir a Barcelona porque allí tiene familia.
Ahlan, 17 años: “Me iba a ir a Marruecos, pero me ayudaron”
La mujer que repartía patatas fritas hizo que Ahlan, de 17 años, se diera la vuelta cuando estaba a punto de cruzar la frontera hacia Marruecos. Llevaba 13 días en Ceuta y había perdido la esperanza de que hubiera un futuro para ella. “Se estaban llevando a todo el mundo. Pensé que me tenía que volver porque no había comida, no tenía nada que hacer”. Su odisea transcurrió de forma paralela a la de su prima Aya. Entraron juntas a nado, pero ella no tenía dinero para una habitación.
Durmió en la calle, en cartones, cerca del centro de menores del barrio de Los Rosales, también en zonas de monte. “Unos jóvenes de Ceuta vinieron a por nosotras con la cara tapada con una tela negra. Solo se les veían los ojos. Nos comenzaron a echar con palos. Nos fuimos a otro lado, por un monte chiquitito, en el que unos chicos marroquíes nos cuidaron”. Sanah, la vecina que daba comida a los migrantes, se apiadó de ella y de su prima y las acogió un par de días en su casa. Después, las acompañó al recinto de los vecinos.
“Emigré para ayudar a mi madre y a mi padre, porque los dos están enfermos”, relataba este sábado. “Mi madre nos sostenía económicamente, pero acaba de operarse de la vesícula y sigue enferma. Además, tiene diabetes. Mi padre ya estaba enfermo de la pierna cuando yo nací y no puede caminar. No trabaja desde entonces”, cuenta sobre sus motivos para venir a España. Ve a su madre enferma y el salario de 1.500 dírhams al mes (349 euros) que ella recibe no les alcanza para nada. “Vivíamos en una chabola. Llegó esta oportunidad y la aproveché”, añade. “Me gustaría devolverles lo que ellos han hecho por mí, aunque sea un poco”. A Ahlan también le gustaría vivir en Barcelona. “Me han dicho que allí no tendré problemas para trabajar sin papeles”. En Marruecos trabajaba en una autoescuela.
Hibba, 21 años: “Tengo miedo de parir en la calle”
Hibba, de 21 años, tiene la cara desencajada y los labios rojos de tanto mordérselos. Sentada en la puerta del recinto de El Príncipe, se toca constantemente su barriga de embarazada. Está de ocho meses y medio y espera un niño. “Tengo miedo de parir en la calle”, dice, esforzándose para hablar. Al lado, en el suelo, tiene la ración de lentejas y pan. No la ha tocado.
”Dependiendo del día, nos ha ido bien o mal. De donde vengo, solo teníamos suelo y eso para el niño no es bueno”. Cuenta que cruzó a nado junto a su marido, Asrah, de 24 años, “unos dos días antes” del 30 de julio, sin ningún tipo de neopreno o flotador. Ha dormido en la calle, “junto a unos muebles”, al lado de la mezquita Sidi Embarek. El miércoles la habían llevado al recinto porque no se encontraba bien. Fuera de la alambrada, en un montículo cercano, su marido la esperaba junto a otros hombres. Confiaban en que allí la Cruz Roja la podría atender y derivar a un hospital, si fuera necesario. Permite que se la fotografíe, pero sin que salga su rostro.

La mujer, de Casablanca (a casi 400 kilómetros al suroeste de Ceuta), logró contar a duras penas que vivían de alquiler y no les daba para subsistir. Él trabajaba como barbero y ella en un salón de uñas. En el trayecto a nado solo trajeron sus móviles y los diplomas con sus estudios. “Mi familia está preocupada”, reconoce. Ella también. “¿Me verá un médico? ¿Qué me va a pasar?“, cuestiona inquieta. La espera se le hace eterna.


