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La Ventanilla, el paraíso oaxaqueño del cocodrilo americano

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Por el brillo de sus pupilas. Así se cuentan los cocodrilos de noche. “La membrana reflectante que tienen detrás de su retina actúa como un espejo, arrojando destellos que facilitan su localización con la luz”, explica al grupo Gabriel Cruz mientras la lancha avanza en la oscuridad total. Con una pequeña linterna, el biólogo va alumbrando las enormes raíces que brotan de las aguas salobres que durante el día se aprecian teñidas de un intenso encarnado. Esta coloración se debe a los taninos, las sustancias orgánicas que libera el mangle rojo de la laguna de La Ventanilla, estuario del río Tonameca. A una hora de Puerto Escondido y a pocos kilómetros del pueblo mágico Mazunte, este enclave es parte de los 85 sistemas de lagunas que se despliegan en la costa de Oaxaca, el estado de México con mayor biodiversidad.

Al son del croar de las ranas y con el rugir de las olas del mar de fondo, el herpetólogo va dando indicaciones en susurros para no alterar el equilibrio de la naturaleza, apuntando con los focos siempre hacia el agua para no despertar a las más de 70 especies de aves que habitan este enclave frontera con el mar Pacífico. Cruz, biólogo de la Universidad de Campeche, es el responsable del proyecto de conservación de La Ventanilla, donde entre otras actividades científicas, lidera salidas nocturnas para el monitoreo de la población del animal al que lleva toda su vida dedicada: los cocodrilos.

La especie que reina en el lugar es el americano: Crocodylus acutus. De amplia distribución, se extiende desde el sur de Florida hasta 16 países del continente., aunque en otras regiones corre mucho peligro, en la Ventanilla es el dueño del ecosistema. “Calculamos que puede haber unos 300 ejemplares. El año pasado contamos 30 nidos y hasta 600 crías. ¡Hace 10 años apenas eran 8!”, revela mientras mide un ejemplar y apunta algunos datos en la tablilla como parte del monitoreo: la fecha de captura, el peso, la longitud del cráneo a la cola. “Acá están gorditos, bien comidos, viven en un paraíso porque están muy protegidos”, asegura.

No siempre fue así. Mucho antes de convertirse en la principal atracción turística del lugar y el sustento del que viven tantas familias, eran, de hecho, el principal enemigo de la comunidad que habita alrededor de la laguna.

De cazadores a conservacionistas

Durante décadas los aldeanos los mataban sin compasión. “Subía el agua y el lagarto te comía el puerco, un perro, las gallinas, te venía a quitar animales y ponía en riesgo nuestra vida, por eso los cazábamos”, recuerda Agustín Cruz, de 47 años, presidente de la Red de los Humedales Costeros de Oaxaca y uno de los fundadores de la cooperativa que hoy se dedica a conservarlos. Los lugareños sobrevivían de vender la piel de los reptiles que cazaban, un producto de alta cotización en el mercado mundial. Lo mismo pasaba con el cuero de las tortugas marinas, exportado a otros países para alimentar la industria peletera. Hoy, esas especies de tortugas, golfina, prieta y laúd –en grave peligro de extinción– son las grandes protegidas de la costa de Oaxaca.

En los años setenta hubo un punto de inflexión que cambiaría el destino de los cocodrilos y de esta comunidad zapoteca: el gobierno federal estableció su veda permanente. “Se dieron cuenta de que valían más vivos y pasaron de cazadores a conservacionistas”, revela Cruz que conforma el grupo de Especialistas en Crocodilianos de México, una red de expertos que colaboran en la conservación, manejo y uso sustentable de las especies de cocodrilos y caimanes en todo el país. “La conciencia cambió. Entendimos que nos convenía más cuidar toda la flora y fauna del ecosistema que tenemos acá”, destaca Eulalio Cortés, hijo de uno de los fundadores de la cooperativa que hoy preside.

Pocos años después de la promulgación de aquella ley, los comuneros se organizaron para formar la Cooperativa Servicios Ecoturísticos La Ventanilla, conformada por 30 familias dedicadas a preservar la biodiversidad de sus tierras y mostrarla a los 25.000 visitantes que reciben anualmente. “De esa aportaciones obtenemos los recursos para financiar el proyecto”, explica el líder de la organización donde cada miembro tiene una función específica. Algunos de ellos manejan el campamento tortuguero en la playa, otros se han certificado como guías del recorrido por el manglar y trasladan a los paseantes por la laguna en una lancha sin motor, como la que maneja cada día Flor Mendoza. De 51 años, es una de las cuatro mujeres de la cooperativa: una maestra en descifrar a los turistas los secretos de la naturaleza del paisaje en el que creció.

A los pocos minutos de empezar la travesía, sobre la raíz de un mangle se aparecen las primeras garzas. “Tenemos muchas especies distintas de ellas: la real, la gris, la verde”, enumera Mendoza y comienza a nombrar otras aves que se van avistando, los patos buzo, las águilas pescadoras, mientras centenares de iguanas muy verdes se camuflan entre los árboles de un bosque salado conformado por la palma real, la jamaica, la palmera coco, el árbol de cacahuate, con raíces resistentes a la sal. Entonces, aparece el primer cocodrilo. Se trata de Lomo Verde. Mitad tuerto y de 4,5 metros, es el ejemplar más grande de La Ventanilla, y el más veterano. Le calculan más de 60 años. Según cuenta la guía, perdió un ojo por una pelea que tuvo con otro ejemplar.

“Cuando se nombra algo es porque hay una construcción de un valor detrás. Lo que nos habla mucho de este proyecto, de la conexión que tiene con la fauna”, destaca Cruz, quien se involucró en esta iniciativa de conservación hace más de una década. “La primera vez que llegué me impresionó mucho el manejo que tenía la comunidad de los animales, su gestión del territorio a través de un turismo muy respetuoso, que es el motor de la conservación”, celebra.

Un paraíso indígena en amenaza

La Ventanilla se trata de uno de los casos más exitosos de restablecimiento de mangle en el país. Hace unas décadas, árboles de más de 40 metros de altura poblaban estas tierras, pero la naturaleza más feroz cambió el paisaje. En octubre de 1997, el huracán Paulina llegó para devastar la comunidad y gran parte del manglar. El ciclón arrasó casi el 70% del mangle rojo. “Al mes llegó Rick y nos golpeó todavía más; vinieron seguido para destrozarlo todo. Y después, en el 2021, Carlota nos dio en la madre”, recuerda el presidente de la cooperativa que desde entonces trabaja para recuperar los parches en la cobertura vegetal que deja cada temporada de lluvias fuertes.

No obstante, los fenómenos climáticos que con frecuencia azotan esta costa no son la peor amenaza que se cierne sobre su ecosistema. En los últimos años, el aumento de proyectos inmobiliarios y turísticos de la costa oaxaqueña y la apertura de carreteras y autopistas en la región están teniendo un impacto ecológico. “El gran reto que tienen aquí es que el desarrollo no suponga la pérdida de identidad y biodiversidad”, destaca Cruz. Como expone, parte del éxito de conservación de los cocodrilos se debe a que no ha habido un cambio de uso de suelo. Pero, si bien en la La Ventanilla el territorio es administrado bajo un acuerdo comunitario entre las familia zapotecas, la mancha de la depredación del boom turístico y de las constructoras va avanzado y no quita sus garras de la región.

Cruz confía en que la forma de organización de esta cooperativa, a través de los bienes comunales, sea lo que lo salve de la degradación ambiental que han sufrido tantos otros lugares en el país. “La riqueza biológica de este lugar está protegida por la gente local. Es una comunidad que se mantiene fuerte, organizada, responsable, que conoce bien el valor del ecosistema que los rodea, de sus recursos naturales, de los cocodrilos”. De estos animales que aparecieron hace más de 200 millones de años en la Tierra y sobrevivieron a la gran extinción masiva; los que, en este enclave de la costa oaxaqueña, tienen nombres y muchas historias que contar.


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