Política

La unión hace la fuerza



Que la unión hace la fuerza es un proverbio de rancio abolengo, cuyas raíces clásicas pueden rastrearse en la Ilíada, en el empeño de alentar a los aqueos a cooperar en el campo de batalla para lograr la victoria sobre los troyanos. Con el tiempo, se ha ido plasmando en los escudos de armas de muy distintos países mostrando siempre con ello un punto de nobleza. Pero también ha venido a convertirse en algo más cotidiano, en una perogrullada, palabra esta que tiene su origen en ese personaje popularizado por Quevedo —Perogrullo— que, al parecer, recitaba de forma sentenciosa verdades absolutas, pero completamente obvias. Según la RAE, una perogrullada es “una verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla”. Y seguro que es así.

Sin embargo, decía un muy sabio profesor mío que habría que hacer un monumento a Perogrullo por su habilidad para descubrir esas experiencias universales, que son los ladrillos básicos de nuestro saber cotidiano y nos prestan un suelo firme para construir conjuntamente desde unos cimientos compartidos. Y eso es lo que ocurre —creo yo— con la archisabida afirmación de que la unión hace la fuerza, que todo el mundo conoce por experiencia, y por eso prueba su veracidad sencillamente cuando se pone en práctica. Qué mejor prueba de veracidad que la evidencia.

El triunfo de la selección española en el último Mundial de fútbol refrendó una vez más el poder de la cooperación y nos proporcionó a muchos de nosotros una enorme alegría en estos tiempos en que abundan las pésimas noticias por nuestros lares. A pesar de las sospechas que levantaron los inevitables conspiranoicos, en este caso se impuso la convicción de que había triunfado el combinado de Luis de la Fuente porque apostaron por la colaboración, por los valores del equipo, por la inteligencia del conjunto y la convicción del esfuerzo, como destacó en su momento, entre otros, el editorial de este diario al día siguiente del triunfo. Añadía que este modo de actuar es algo ejemplar. Y, ciertamente, ojalá cundiera el ejemplo no sólo en el fútbol, sino también en todas las actividades conjuntas de la vida compartida.

En eso consistía aquella excelencia de que hablaron los éticos griegos del mundo clásico, la areté, traducida al español por la palabra virtud, que se refiere al modo de obrar que hace admirables a quienes la practican y despierta el deseo de imitarles, no sólo porque la excelencia vale por sí misma, sino también porque permite alcanzar las metas comunes. Tal vez por eso, hoy se insiste hasta la saciedad en recomendar empresas “con propósito”, que son las que hacen posible alcanzar el bien del grupo y el bien común.

Lo que importa no es ganar, sino participar, decía el barón de Coubertin, fundador de los modernos Juegos Olímpicos, porque el éxito deportivo no consiste sólo en ganar; el modo de conseguir la victoria forma parte del triunfo. Y, en este caso, la cooperación fue clave para el éxito.

Como recuerda en los últimos tiempos un buen número de autores, sin la capacidad de cooperar no hubiera estado en nuestras manos crear el rico mundo del saber, es decir, de las técnicas, las tecnologías, las ciencias y las humanidades. El conocido acrónimo I+D+i (investigación+desarrollo+innovación), indispensable en la ciencia y en las empresas, hubiera sido imposible sin la cooperación, y la inteligencia artificial ni siquiera hubiera nacido, si es que se puede hablar de nacimiento en el caso de los llamados sistemas inteligentes.

Y es que la razón no ha surgido evolutivamente sólo para descubrir la verdad, que ya es mucho, sino también para cooperar. Hasta el punto de que puede decirse que la razón cooperativa precedió a la razón técnica. El Homo cooperans precedió al Homo faber; sin el primero hubiera sido imposible el segundo. En este contexto es pionero el libro de Robert Axelrod La evolución de la cooperación; y autores como Michael Tomasello o Martin A. Nowak, entre otros, defienden con razones convincentes que algo tan indispensable para el progreso humano como el lenguaje se hizo necesario evolutivamente para poder cooperar en los distintos ámbitos de la vida social, entre ellos, el de la política.

¿Y por qué, si la cooperación no aporta sino ganancia, si lidera los juegos de suma positiva, incluso los de suma negativa, como se muestra en el caso del fútbol, en nuestro país no intentamos poner en sus manos la vida social y política? ¿Por qué optamos por la disgregación, que no genera sino debilidad?

Si el triunfo de la selección española, tan celebrado con toda justicia, se debió en muy buena medida al juego cooperativo por el que apostó tal vez la desafección política tenga su origen en el juego disgregador y errático que caracteriza a nuestros representantes políticos, empezando por el Gobierno. Lo contrario de la cooperación es la disgregación, que puede llevar al “divide y vencerás”, a la victoria mezquina de individuos y grupos que la consiguen levantando muros entre los españoles; quebrando el respeto mutuo y la confianza en las personas y en las instituciones, sin la que nada positivo funciona; normalizando la mentira, que imposibilita la amistad cívica, aquella que, según Aristóteles, es indispensable para la vida de la comunidad política. En esas condiciones, asumir los retos vitales con justicia y compasión es imposible. El carácter no se improvisa, sino que necesita entrenamiento diario sobre la base de unas instituciones sólidas. Para muestra, basta un botón.

La llegada a Ceuta de un desbordante número de inmigrantes irregulares, procedentes de Marruecos en su mayoría, nos ha sorprendido sin los recursos de amistad cívica indispensables para responder con altura humana a un reto de esa magnitud. Se habla de más de 70.000 personas que han llegado a nado, y más de 70 muertos. Familias enteras, varones, mujeres, niños, con todas las consecuencias que una acción de ese calibre tiene. No sólo desde el punto de vista legal, porque no se les puede devolver a su tierra de inmediato, sino también porque el lugar al que llegan no tiene medios suficientes para acogerles y alimentarles. Algunos de los socios europeos exigen revisar Schengen y crear una frontera con España. Pedro Sánchez les acusa de egoísmo, y se abre una discusión, que sólo se habría evitado jugando desde hace muchos años con las reglas de juego de los Estados democráticos, con la deliberación y los acuerdos sobre los problemas comunes.

La unión que hace la fuerza no se improvisa con un supuesto pacto borroso entre quienes se han venido insultando un día tras otro y negándose mutuamente la credibilidad. La confianza necesita entrenamiento. Claro que no es lo mismo hablar de un equipo de fútbol que de los partidos políticos, dispuestos a la disensión por sistema y al juego sucio cuando lo creen conveniente para su victoria, no para el bien común. Pero entonces es un problema sobre el que hay que reflexionar muy seriamente, porque la Constitución ha puesto en sus manos gran parte del funcionamiento de la vida política.

Por el momento, la victoria de la selección española en el Mundial de fútbol, jugando a la cooperación, ha sido una excelente noticia. Ojalá que cunda el ejemplo.



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