El renacer en tiempo récord de un monasterio budista de un pueblo de Ourense que devoró el fuego en 2024
Gueshe Tenzing Tamding recibe con los brazos abiertos. Y con un desayuno de café con pastelitos de crema (de un seguidor de familia panadera de Cangas, Pontevedra), mientras él se sirve una jarra de té flojo (y otro pastel de chocolate) para avivar una llama interior que parece inagotable. El lama tibetano, de 60 años, monje desde los 12, ríe todo el rato tapándose las grandes carcajadas con la mano. Y sonríe mucho más de lo que bosteza, aunque hoy no puede disimular su acusada falta de sueño.
Gueshe Tenzing Tamding ha dormido tres horas, de 12 a 3. Cuenta que siempre duerme poco, porque su labor es universal y debe atender las cosas de los 33 centros Ganden Choeling que ha fundado por Europa, América, Asia y Australia. El suyo (“extender el precioso Dharma de Buda para beneficio de todos los seres”) es un trabajo de dimensiones planetarias, que lo mantiene en vela siempre que haya discípulos despiertos con preguntas que hacer. Mientras tanto, su cuerpo físico, alto y fuerte, está aquí o allá, dependiendo de la época. En concreto, varios meses al año visita su ave fénix gallega: el templo y monasterio budista Chu Sup Tsang, que acaba de renacer de sus cenizas después de la destrucción casi completa de su edificio principal, la Casa Madre, por un fuego que empezó en la chimenea de leña hace dos años y medio, a finales del febrero (bisiesto) de 2024.
Mucha gente pensó entonces que el primer centro monástico y filosófico del budismo en Galicia, fundado en 2009 por Gueshe Tenzing Tamding junto a una carballeira de San Amaro (Ourense, 1.030 vecinos) en la que oyó cantar un cuco, no iba a recobrar la vida tras el desastre. Los 400 metros cuadrados de la Casa Madre se consumieron con todas sus vigas y suelos de madera, sus muebles, sus altares, sus telas y sus colecciones completas, cientos de volúmenes, de escrituras sagradas Kanyur y Tenyur. Sus figuritas de bronce, sus campanas y sus cuencos de plata se derretían también como el queso (y “contra toda lógica” una vela de la tienda de objetos rituales se mantuvo entera) por esa temperatura “más allá de la comprensión” alcanzada en el corazón monástico. Los bomberos tuvieron que trabajar durante cuatro jornadas hasta refrescar el espacio. Y días después, sobre la tierra ennegrecida de este lugar de Ventoselo (San Amaro), seguían lloviendo del cielo papelitos quemados con versos en tibetano y en chino. Pero entonces la comunidad de monjas y monjes, lejos de desmoronarse entre lamentos, ya se había puesto a trabajar en la reconstrucción. “El fuego ha venido a despejarnos el camino”, entendieron.

Abrieron una cuenta para donativos. Y enseguida llegaron algunos grandes y muchos pequeños de todo el mundo. “Desde un céntimo” o desde “las vueltas” que comprobaron que un hombre metía “varias veces al mes”. Además de estas ayudas, el seguro cubrió el 60% del coste de las obras, en las que se han adoptado mejores medidas de seguridad para evitar otro desastre. La profesión de la monja coruñesa Tenzing Palmo, que trabajó como arquitecta hasta que se ordenó, y el empuje habitual de su compañera Tenzing Ngeyung, nacida en Ourense y cooperante —antes de llegar al budismo— en Guatemala, India o los campamentos saharauis, aceleraron las cosas.

El último día de julio, al fin, tuvo lugar la reinauguración, a la que acudieron tres centenares de personas, incluidas autoridades budistas y un grupo procedente de Asia. Hubo también una conferencia en el bosque de Gueshe Tenzing Tamding y un proteínico banquete de lentejas con arroz que compartieron 170 discípulos. La actividad filosófica, en suspenso durante las obras, regresó al empezar agosto con un retiro de una semana para 60 seguidores en los recuperados dormitorios con literas de la Casa Madre y en tiendas de campaña bajo los carballos.
De la sanga (o comunidad monástica) de Ourense también forman parte Tenzing Lobsang, conocida cantante pop de Malasia junto a su hermana gemela antes de convertirse en monja, y el tibetano Ghen Dakpa Metruk, que ingresó en su primer monasterio a los 11 años. Todos trabajaron hasta el último segundo para poner a punto el lugar sagrado. La pala excavadora y el volquete marchan aún hoy después del ritmo frenético. Pocas horas antes de la inauguración, Tenzing Ngeyung buscaba contactos para conseguir corteza de pino con la que tapar la tierra arrasada por las máquinas. Y corría a O Carballiño, la localidad grande más cercana, a comprar “todas las flores de menos de dos euros” (petunias, claveles, tagetes) que pudiese para adornar la entrada. Buscando en su agenda de contactos en Ourense, encontró incluso profesionales dispuestos a acristalar y colocar toldos y barra para transformar un cobertizo anterior en un lugar de encuentro: el Shiné Café. Las prisas hicieron que el encargado del rótulo se olvidase la tilde. “Todo el mundo lee shine” en inglés (“que no es mal significado”, admiten), aunque “shiné”, en tibetano, quiere decir “calma mental”.
“La cabeza de gueshela no para”, cuenta Tenzing Ngeyung refiriéndose al director y maestro, Gueshe Tenzing Tamding, con el apelativo cariñoso que más frecuentan. Al día siguiente de acabar —el 8 de agosto— el retiro, se pusieron a abrir una zanja con azadas para instalar un nuevo surtidor. Y esta mañana el lama, a pesar del sueño, se mueve sin parar para colgar los últimos detalles decorativos, puertas tibetanas de tela con los “ocho símbolos auspiciosos” y thangkas o pendones pintados de Buda. De pronto, tras el desayuno, se agacha a recoger migas de hojaldre que descubre que han caído al suelo de la Casa Madre, por el que todos andan descalzos. “Gueshela lo abarca todo, desde plantear el pensamiento más profundo hasta revisar si está bien de sal la comida”, resume Tenzing Ngeyung.

En breve, Chu Sup Tsang, con una vida recobrada que se manifiesta en todas partes y fincas y arboleda que se extienden por 35.000 metros cuadrados, volverá a estar envuelto en obras. Tras el renacimiento de la Casa Madre, se abre la etaba de “crecimiento”, anuncia el lama. Era algo que ya entraba en los planes antes del fuego y dentro de un plan especial que ya estaban tramitando en la Xunta de Galicia. Lo primero, con la vista puesta en 2027, va a ser la instalación de 10 cabañas de retiro en el bosque. Serán de madera, de entre 27 y 42 metros cuadrados, y llegarán completamente equipadas. Más adelante, posiblemente en una década, se llegue a completar el conjunto de edificios con una gran gompa (templo o espacio de meditación) y una estupa (edificio relicario). Pero eso dependerá de la economía del monasterio, indica, de nuevo con una sonrisa mientras frota tres dedos en señal de dinero, este lama enviado del Dalai, y elegido sucesor de Khen Rimpoché Tamding Gyatso, fundador del primer centro de España en Menorca en los años 80.
Con retos a diario y mientras resolvían el tema de las flores o del Shiné Café, por turnos y con sus ropajes color azafrán, las monjas se subían al cesto del brazo articulado de un camión grúa para clavar en el suelo 52 mástiles de hierro de 9,7 metros de altura, pintados de amarillo, entre los que extendieron a tiempo para el estreno miles de banderines de colores que ondean con mantras impresos. En ellos se escribirán ahora los nombres de las familias que acudieron al retiro. Gueshe Tenzing Tamding explica lo que significa esta tradición tibetana del lungta, literalmente “caballo del viento”. “A caballo del viento los mantras y su energía positiva se expanden por el universo”, dice. Ahora la avenida de entrada es una fiesta. Nadie que no lo viera entonces puede imaginar el fundido a negro que pintó el incendio de hace dos años. “Cuando el karma se manifiesta, es imparable. Cuando las causas y condiciones se reúnen”, recuerda el lama sobre el fuego, “nadie puede controlar la naturaleza”.

