El precio de ser ídolo
En un fútbol donde hay mucho más dinero que talento, el último en venderse será el hincha. Se sienten, con razón, guardianes de la esencia de su club. Gritan por miles y conforman una voz poderosa. Las redes, además, los convirtieron en brigadas de odiadores digitales. Casi siempre apuntan al enemigo, pero también hay fuego amigo.
Si no, que se lo pregunten a Julián Alvarez, mal querido en estos días. Se trata de una persona noble, siempre se comportó como un buen profesional y ha sido indiscutible su entrega en cada partido. Pero en el fútbol cuenta tanto lo que se dice como lo que se hace y Julián es víctima de una frase que rompió el vínculo con su gente. En pleno Mundial, dijo que había hablado con el Atlético y que lo mejor para todos sería una transferencia porque quería cumplir su sueño. Sonó como una bomba.
Si lo hizo por consejo de algún allegado, el error es gigantesco. Eso no le quita responsabilidad a Julián, porque la parte más importante del consejo la pone el aconsejado. Si el sueño es jugar en otro equipo, es porque considera al Atlético un escalón menor y eso no hay orgullo que lo aguante.
El contrato de un futbolista tiene dos firmas. Una está en los papeles y se paga con dinero; la otra con la gente y se paga con pertenencia. La primera admite negociaciones y cláusulas. La segunda se activa con lealtades y emociones. Julián puso en peligro el segundo contrato, menos rígido, pero más sensible.
La respuesta de la afición fue desafiante: ahora somos nosotros los que no te admitimos, decían en cada grito. No hay remiendo sencillo para semejante ruptura. Marcar cincuenta goles y renovar su amor con otras palabras es casi lo único que Julián puede hacer. Aún así, para la conciencia popular ofendida, ni los goles ni las palabras garantizan el perdón. Los sueños no se cambian como si cambiáramos de pantalón.
Así las cosas, Julián tiene un buen lío y el Atlético también. El mejor jugador del equipo se ha convertido en un perturbador involuntario del vestuario y del estadio. El club no quiere sentar el precedente de vender por debajo de la cláusula a un jugador que puso públicamente un pie fuera. Sería una señal de debilidad institucional. Sobre todo, si el depositario del sueño es el Barça, competidor directo y presunto responsable en la sombra de la situación. Según se desprende de las declaraciones de Miguel Ángel Gil, la guerra contra el Barça será otra consecuencia más del conflicto
En el Elche-Barcelona vimos el caso inverso al de Julián. Lamine, adorado por su afición, nos desconcertó con su actitud. Parecía enfadado porque no se la pasaban, porque no lanzó el penalti, porque lo quitaron. No sabemos. Lo cierto es que durante demasiado tiempo fue un espectador, como si el Barça no mereciera su esfuerzo creativo.
Julián y Lamine llegan al mismo lugar por caminos distintos. Uno hirió la pertenencia con palabras; el otro la puso en duda con sus gestos. El talento concede privilegios, pero también multiplica responsabilidades. El crack nace con una escalera de color, solo tiene que saber jugarla. El hombre tiene una asignatura más difícil: entender qué significa ser ídolo.
La fama planetaria desordena egos sensibles. Bien usado, el ego da confianza y atrevimiento; mal usado, te devora. El futbolista es un ídolo de proporciones humanas, pero el hincha le exige lealtades sobrehumanas. Julián puede cambiar de club y Lamine puede tener un mal día. Pero no deben olvidar que el contrato con la gente es sagrado y no tiene cláusula de salida.



