El laboratorio mexicano que busca optimizar los antídotos para las mordeduras de serpientes
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Con casi un centenar de ellas, México es el segundo país del mundo con más serpientes venenosas; el primero del continente americano. “Aunque los datos infravaloran los casos reales, se estima que en todo el país se dan un promedio de 3.800 mordeduras anuales, de las que 34 terminan en muerte”, afirma Edgar Neri, biólogo del Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en Cuernavaca, una referencia internacional en toxicología e investigación de venenos.
En las últimas dos décadas, las cifras por accidentes ofídicos letales se han reducido drásticamente, hasta en un 70 %; también las secuelas que dejan en las víctimas, como amputaciones, discapacidades, insuficiencia renal y trastornos neurológicos. Esto ha sucedido gracias a los faboterápicos: los medicamentos biológicos diseñados para neutralizar el efecto tóxico de las mordeduras. México es líder mundial en su producción y exportación, no solo contra serpientes, sino para picaduras de alacranes y arañas. “Desde la academia se ha aportado un gran conocimiento para el desarrollo de tratamientos más eficaces”, expone Neri.
El primer medicamento latinoamericano aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), en 2011, fue un antídoto mexicano contra el veneno de alacrán en cuyo desarrollo participó la UNAM. Sus científicos también han fabricado soluciones para combatir las toxinas de las especies de serpientes más mortíferas de África, como las mambas. “Contamos con tecnologías avanzadas de alta seguridad contra los venenos, pero estamos todavía muy rezagados en cuanto a su estudio. Es un área muy virgen”, asegura el biólogo.
Toda una paradoja: el país líder mundial en producción de antídotos todavía está lejos de conocer bien al enemigo que combate. Los venenos aúnan más de 100 componentes distintos. “En México, alrededor del 60 % de las especies no están caracterizadas adecuadamente. No sabemos a ciencia cierta la composición y actividad de sus venenos”, detalla el venomólogo desde su laboratorio, la trinchera en la que, entre probetas y matraces, dedica sus días a analizarlos y desencriptar sus elementos. Hasta el 2013, en México no había apenas estudios científicos del tema, ni un registro formal de especies venenosas. “Todo era literatura gringa”, aclara. Entonces, el equipo que conforma empezó a describirlas y a elaborar un mapa que en la actualidad cuenta con 14 tipos de serpientes con componentes neurotóxicos.
Los venenos se dividen por los efectos que producen. Los hemotóxicos destruyen los vasos sanguíneos y provocan sangrado interno, pero también impiden la coagulación. Los miotóxicos dañan los músculos esqueléticos. Los neurotóxicos bloquean los nervios, generan problemas respiratorios y parálisis hasta la muerte. “Algunas serpientes pueden causar todos estos síntomas a la vez, generando multienvenenamiento”, expone el científico frente a los terrarios donde están los reptiles enroscados.
En la planta baja del edificio del Instituto de Biotecnología se encuentra el herpetario, que alberga más de 60 ejemplares. “Acá ordeñamos a las serpientes, les extraemos el veneno para después estudiarlo”, cuenta Neri antes de sacar una de ellas con un gancho. Se trata de la Crotalus mictlantecuhtli, una cascabel neotropical de Veracruz, con la que se producen los antídotos. “Tiene el veneno de una cascabel típica, ocasionando hemorragias y coagulación, pero además contiene crotoxina, una potente neurotoxina que genera parálisis y que hace muy interesante su mordedura”, advierte el experto mientras coloca al animal en el piso.
A su lado, la estudiante de doctorado Vanessa Zarzosa, con un arte magistral, hace que el reptil se inserte en el tubo de contención que usan los herpetólogos para manejarlos. Una vez entubada, la acerca hasta la mesa. “La cascabel está tranquila. Si no, comenzaría a mover su cola como señal de amenaza”, explica la joven, acostumbrada a manipular estos reptiles.
Con mucho cuidado, Neri agarra la cabeza del animal con una mano y la dirige a un embudo cubierto con un film transparente para extraerle el veneno. En pocos segundos, el reptil lanza la mordida, mostrando dos largos y curvados colmillos que quedan enganchados al recipiente mientras el líquido amarillo va derramándose dentro. A los minutos, se empieza a escuchar el traqueteo metálico, cada vez más acelerado, del agitado cascabel. Las víboras pueden llegar a mover su cola hasta 100 veces por segundo. “Es la alerta de que ya se empezó a estresar”, dice la ayudante para regresar al animal al terrario.
Anticuerpos de caballo para inmunizar humanos
Aunque varía en función de la especie y otros factores, en un mililitro de la secreción se extraen entre 400 y 500 miligramos de proteína tóxica. “¡Es una cantidad bestial!”, exclama el biólogo. El veneno comienza a actuar en los primeros 5 o 10 segundos tras la mordedura, provocando un dolor muy intenso. A los tres minutos se produce la inflamación. Cuanto antes se aplique el antídoto, más leves son los efectos.
Una vez recogido el líquido, se centrifuga para aislar los componentes tóxicos. Después lo liofilizan —lo deshidratan a temperaturas muy bajas, de menos 70 °C— y lo dejan en polvo, almacenado y sellado para que no le entre humedad y las proteínas se conserven. “Los venenos pueden durar así de 50 o 60 años. En cuanto los volvemos a hidratar, recuperan toda su actividad”, señala el experto.
Con ese veneno se inmunizan a los caballos para producir los faboterápicos. Los equinos son inyectados con dosis muy reducidas, “tan poca cantidad que ni siquiera mataría a una rata”, explica Neri. Como expone, la tendencia mundial es dejar de utilizar animales para la producción de antivenenos. “En colaboración con un laboratorio en Dinamarca estamos tratando de dar ese paso, producir anticuerpos recombinantes”, anuncia. Pero, hasta que eso sea posible, los equinos presentan muchas ventajas en la fabricación de estos medicamentos. Sus anticuerpos son muy parecidos a los de los humanos. “Y hay mucho conocimiento veterinario sobre su clínica. Se pueden mantener muy bien alimentados y en condiciones adecuadas en potreros”, detalla el experto.
A partir de los tres meses de ser poco a poco inyectados con las proteínas tóxicas, los caballos ya tienen concentraciones suficientes de anticuerpos para neutralizar el veneno. Hasta ahí llega la labor de los científicos; después las empresas productoras les sacan la sangre, por procesos muy estandarizados, purifican los anticuerpos para el producto final.

En la actualidad, solo dos compañías privadas producen los antídotos: Sanfer Biotech y Laboratorios Silanes. El Gobierno lo distribuye de forma gratuita. Un frasquito para una mordida de serpiente ronda casi los 4.000 pesos (200 euros). Según la gravedad del envenenamiento, la especie o el estado previo del paciente, varían mucho las cantidades que cada uno requiere. En algunos casos, “se pueden usar hasta más de 40 ampollas para neutralizar los efectos”, desvela Zarzosa.
En busca de la fórmula más eficaz
Con distribución en hasta 12 estados del país, la Bothrops asper es la responsable de la mayoría de los accidentes ofídicos: ocasiona el 30 % de las mordeduras en México. Conocida como la nauyaca real o la serpiente de terciopelo, es una de las víboras más temidas de toda América Latina. Además de ser muy frecuente en ciertas regiones, “es temperamental y muerde mucho”, detalla Zarzosa, que ha hecho de su veneno la obsesión de su investigación. Analiza la variación ontogénica de su composición, según los cambios que experimenta la especie a lo largo de su vida, así como la variación que presenta en las distintas regiones.
“Las empresas suelen obtener el veneno de ciertos lugares: al momento de producir un antiveneno, hay que tomar en cuenta todas estas variaciones. El faboterápico que va a funcionar muy bien para unas especies, no lo hará tanto para otras”, manifiesta.

Un antiveneno se requiere para neutralizar 74 venenos en todo México; tratar de cubrir con una sola receta toda la variabilidad es un reto muy complejo. Y es justo lo que persigue este equipo científico: encontrar una fórmula “mágica”, universal, que pueda mejorar el antídoto no solo contra una especie, sino para todas las mexicanas. “Lo más bonito de este trabajo es que la investigación que generamos se refleja en el bienestar de la población”, desvela el biólogo antes de asegurarse de que todos los terrarios estén bien sellados y cerrar la puerta del herpetario. “Cuanto más sepamos de los venenos, más vidas salvaremos”.


