Política

El diablo del yo y las 80 tumbas sin nombre


Serían las cuatro de la madrugada cuando terminé de transcribir una entrevista que le había hecho unas horas antes al papa Francisco. Uno de sus asistentes había pedido que, como contempla el Libro de Estilo, le enviara una copia para que Jorge Mario Bergoglio la revisara antes de su publicación. Consciente de que ese trámite podía demorarse semanas o meses —al monseñor italiano en cuestión no le hacía ni puñetera gracia que la primera entrevista del papa argentino fuese a un periódico español e impío—, me salté el protocolo y le pedí al Pontífice si la podría revisar a la mañana siguiente. Con una sonrisa de picardía, contestó: “Será lo que Dios quiera”. Debió de querer, porque a las nueve de la mañana, sin disimular su mal humor, el monseñor me envió las correcciones. Aún conservo la sorpresa: las únicas tachaduras que Bergoglio había hecho de su puño y letra a sus propias declaraciones eran las de la palabra “yo”.

Aquel tipo sabía muy bien dónde estaba el peligro, su diablo interior. Tal vez para conjurarlo, solía preguntar a las visitas: “¿Saben cómo se suicida un argentino? Muy fácil. Se sube a su ego y se tira desde lo alto”. No es solo cuestión de aquel papa tan peculiar o del cliché que arrastran los argentinos. El exceso de autoestima se ha convertido en el gran guionista de nuestras vidas, y en el de nuestras autoridades. No se salva casi nadie. Desde el jefe del Estado al más infame de nuestra clase política; unidos, por cierto, en una lamentable fotografía que nunca debió hacerse. ¿Tenía necesidad el Rey de irse a navegar con sus amigos justo cuando los vecinos de Ceuta vivían un infierno? ¿No podría haber dejado Pedro Sánchez sus recomendaciones musicales en TikTok hasta que se apagaran los incendios? ¿Era necesario ese lacrimógeno paseo por la “españolísima” Ceuta de la ministra de Defensa?

Y qué decir de Núñez Feijóo y de un PP que prefieren ir de la mano de Vox, aunque para ello tengan que hacer la vista gorda ante el drama infinito de las mujeres asesinadas por sus parejas. Mejor ni hablar del postureo del almirante Abascal al frente de un ferri de línea o de la colección de metrosexuales vestidos de negro que fueron a salvar Ceuta y tuvieron que salir huyendo protegidos por la Policía. ¿Dónde queda lo importante? ¿Ha visto alguien que, en vez de para tirarse los trastos a la cabeza, Isabel Díaz Ayuso y Óscar Puente se hayan confabulado para ver de qué forma pueden pergeñar un plan eficaz contra los incendios, contra la violencia machista, contra la indefensión que sienten los vecinos de Ceuta o los que han perdido sus casas y el paisaje de sus vidas por culpa del fuego? De todas las voces, casi la única que estuvo a la altura fue la del entrenador del Ceuta: “No es el momento de hablar de fútbol”.

Me acuerdo de aquel octubre de 2013 en la isla italiana de Lampedusa. En un hangar del aeropuerto, decenas y decenas de ataúdes puestos en fila, algunos de ellos blancos; las últimas víctimas del último naufragio. Vinieron las autoridades, hicieron emotivos discursos. El entonces primer ministro, Enrico Letta, llegó a anunciar solemnemente que los 143 fallecidos recibirían la nacionalidad italiana. A la misma hora, la Fiscalía acusaba a los 114 que se habían salvado de un delito de inmigración clandestina, que conllevaba la expulsión del país. Aquella crónica escrita con pena y rabia se tituló: “Solo los muertos pueden quedarse”. ¿Haremos nosotros ahora lo mismo? ¿Concederá el Gobierno español la nacionalidad y una tumba sin nombre a los 80 cadáveres aún sin identificar en la morgue de Ceuta y expulsaremos a los demás de mala manera? Hay demasiadas cosas importantes que arreglar para estar tan preocupados por nosotros mismos.



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