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Dos templos de la ópera en el corazón de la selva: los teatros de la Amazonía brasileña ya son Patrimonio de la Humanidad


La selva tropical más grande del mundo no sólo esconde tesoros naturales. Esta semana, la Unesco decidió incluir en su lista de Patrimonio Mundial a los dos teatros más famosos de la Amazonía brasileña: el Teatro Amazonas de la ciudad de Manaos y el Theatro da Paz de Belém do Pará, levantados a finales del siglo XIX.

El comité de esta agencia de la ONU, reunido en la ciudad surcoreana de Busan, destacó que los dos teatros son un perfecto testimonio de “la edad de oro” que vivió la región amazónica gracias a la fiebre del caucho. Y es que estos teatros son la fotografía de un momento muy concreto, el de la locura que desató la savia del árbol Hevea brasiliensis.

Mientras las fábricas de Europa escupían el humo de la Revolución Industrial, la Amazonía tuvo el monopolio mundial de la producción de caucho. Como resultado, una élite que miraba al viejo continente y copiaba arquitectura, ropa y modas. Los teatros fueron el símbolo máximo de esa pujanza, los nuevos ricos de la Belle Époque necesitaban un patio de recreo a la altura. Más de un siglo después, y tras periodos de abandono, los dos se encuentran en actividad y están administrados por el poder público.

“Los dos teatros representan un proyecto de modernización del norte de Brasil, y ahora sirven para explicar al mundo que más allá de la naturaleza la Amazonía también es un territorio de cultura y de diversidad”, comenta Elisa Taveira, la directora de patrimonio material del Instituto del Patrimonio Histórico Nacional (IPHAN), el organismo estatal que desde hace tres años coordinaba los esfuerzos para lograr el título.

De los dos, el Theatro da Paz de Belém es el más antiguo (1878). Su diseño neoclásico se inspiró en la Scala de Milán y aún conserva las butacas originales: el terciopelo rojo, poco apto para los calores tropicales, dio paso aquí a las sillas de rejilla. La arquitectura y acabados europeos se entremezclan con guiños a la cultura local. En el techo de la sala principal, los dioses del Olimpo comparten espacio con indígenas. La diosa Diana, arco y flecha en mano, apunta a un jaguar agazapado en la selva.

Desde Belém, subiendo el río Amazonas a contracorriente, después de 1.600 kilómetros se llega a Manaos, la otra gran metrópolis de la selva. Navegar el río más caudaloso del mundo aún supone toda una aventura en el año 2026: se tarda alrededor de una semana desde la desembocadura hasta Manaos, pero no es nada comparado con la audacia que requirió levantar en este rincón de Brasil dos templos para la ópera, con los mejores materiales llegados desde el otro lado del mundo. Menos las maderas, prácticamente todo era importado.

En el Teatro Amazonas de Manaos, de 1896, las paredes de acero son de Escocia, y de Italia llegaron las 198 lámparas y todo el mármol de Carrara de las escaleras, estatuas y columnas. El símbolo más reconocible del teatro es su cúpula, con una estructura de hierro procedente de Bélgica y más de 36.000 piezas de cerámica de Francia. El mosaico con los colores de la bandera de Brasil, una defensa de la entonces joven República, sobresale entre los tejados de la ciudad.

La directora del Teatro Amazonas, Elizabeth Cantanhede, está estos días pletórica con el reconocimiento de la Unesco. Confía en que sirva para que los patrocinadores privados se animen a abrir la cartera. Hasta ahora, el teatro depende en un 80% del presupuesto público. “Después del apogeo del caucho, el teatro pasó por periodos de abandono, con pocos espectáculos, poco uso… pero por suerte siempre había alguien cuidándolo, por eso ha resistido hasta hoy”, explica por teléfono. En una de esas fases de decadencia recibió la visita privada de Luciano Pavarotti, que pidió subir al escenario e improvisó unas arias de ‘Tosca’ para un público de unas cinco personas, según recuerdan los cronistas locales.

Los dos teatros salieron de su letargo en los años 90. A partir de 1997, el Teatro Amazonas de Manaos creó incluso cuerpos estables: coro, orquesta y compañía de danza. Desde entonces, ha visto cantar a Plácido Domingo y a Josep Carreras, y también ha recibido visitas menos obvias, como la de las Spice Girls. “Es un organismo vivo y es muy querido por la gente de Manaos”, dice Cantanhede, que recuerda que el teatro funciona como el gran centro cultural de la ciudad y alberga desde conciertos de música clásica a manifestaciones del folclore local, como el boi-bumbá. La programación de ópera, no obstante, está muy lejos de sus tiempos áureos y se concentra en un festival específico, que se celebra cada año entre abril y mayo.

La entrada en la lista de la Unesco también protege las plazas donde se encuentran los dos teatros. En el caso de Manaos especialmente, el nombramiento puede ser un revulsivo para los sucesivos intentos de las autoridades locales para recuperar el centro histórico, bastante degradado. En Belém, el reconocimiento llega como el colofón después del millonario lavado de cara que vivió la ciudad para la COP-30 del clima el año pasado. Estas dos capitales son las dos principales bases para explorar la Amazonía brasileña, una región del país que por su tamaño y porque obliga a una compleja logística, aún no atrae las multitudes de otros destinos, a pesar de que Brasil vive un boom turístico sin precedentes. El año pasado, visitaron el país 9,2 millones de turistas extranjeros, un 40% más que en 2024.



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