Cuatro mitos sobre las candidaturas de Morena
El proceso con que Morena perfiló sus candidatos a las 17 gubernaturas de 2027 ha desatado una controversia comprensible, pero más estridente que precisa. Abundan las lecturas de conspiración, reparto de cuotas o pleito sucesorio, cuando la realidad es menos novelesca y más política: Morena administra una coalición heterogénea, con gobernadores fuertes, aliados incómodos, liderazgos locales de distinto origen y una Presidenta obligada a combinar competitividad electoral con un mínimo de congruencia pública.
Primer mito: el Partido Verde fue sobredimensionado
Se habla de cuatro entidades “entregadas” a los socios, casi una cuarta parte del paquete: Baja California Sur, Nayarit, Quintana Roo y San Luis Potosí y ninguna para el PT. En realidad, las designaciones tienen que ver mucho menos con cuotas entre aliados, que con la fuerza de candidatos en cada lugar. El membrete pesa menos que la biografía del abanderado. Baja California Sur es un buen ejemplo: la designación de Manuel Cota no es una cesión estructural al Verde, sino el uso táctico de una sigla por parte de un personaje del universo morenista, hijo de un exgobernador vinculado al lopezobradorismo y hoy subsecretario en el gabinete de Sheinbaum. Morena practica esa plasticidad con frecuencia: políticos que cambian de casaca sin salir de la órbita del movimiento. Por su parte, en Nayarit quedó el “del Verde” como una resolución de compromiso tras el veto mutuo entre la propuesta inicial del gobernador y la de la dirigencia de Morena.
San Luis Potosí responde a otra lógica. No es que Morena haya regalado la plaza al Verde; enfrenta a un grupo local difícilmente vencible. Ricardo Gallardo gobierna con una maquinaria eficaz y aspira a colocar a su cónyuge como su relevo. En 2021 López Obrador dudó en respaldar abiertamente a ese grupo, por los antecedentes penales y el estilo protagónico de su líder, pero terminó tolerando una fórmula ganadora con quien le otorgó una casaca (el PVEM). Tampoco se podía apoyarlo seis años más tarde, por la oposición externada por Sheinbaum a las candidaturas de familiares. Morena apostó por un cuadro propio, Elí Cervantes, designado por consenso y sin encuesta, pues ningún aspirante superó los 10 puntos de competitividad. En realidad Gallardo opera dentro del ecosistema de la 4T, aunque siempre con agenda propia y no necesariamente con la del Partido Verde.
Segundo mito: todo se reduce a un pulso entre Sheinbaum y López Obrador
Esta lectura seduce a la comentocracia porque ofrece drama, antagonistas y desenlace: Palenque contra Palacio. Pero es una mala brújula. López Obrador no necesita sabotear a su sucesora; al contrario, el éxito de Sheinbaum es la condición para que su legado sobreviva. La Presidenta, por su parte, no necesita demostrar autonomía con rupturas teatrales, sino gobernar con eficacia y depurar, en lo posible, los excesos de una coalición que creció demasiado rápido. En el fondo, ni la presidenta ni el ex presidente tienen, aun si lo quisieran, candidatos propios o personeros en cada entidad y con posibilidades de ganar una elección.
Tercer mito: la designación es una quiniela de padrinos nacionales
Las tablas de “ganadores” y “perdedores” (quién coló a su candidato, quién fue desplazado, qué tribu acumuló más fichas) dan titulares veloces, pero suelen ignorar el dato central: el peso decisivo de gobernadores y fuerzas locales.
En México, una candidatura competitiva no nace en una oficina de la capital; se cocina durante meses con presencia territorial, programas, redes municipales, recursos políticos, no pocas veces, control de aparatos estatales. En la mayoría de las entidades, el mandatario en turno tiene un delfín, una estructura y la capacidad de instalarlo en la conversación pública antes de que la dirigencia formalice el proceso.
Por eso es absurdo imaginar que la decisión obedece solo a la Presidenta, al partido o al expresidente. La selección deriva de un cruce de criterios: encuestas, género, lealtades, alianzas, riesgos reputacionales, gobernabilidad interna, por encima de todo, viabilidad electoral. Cuando existe un gobernador fuerte, Morena difícilmente puede ignorarlo sin exponerse a fracturas, campañas desganadas o fugas hacia aliados. Cuando no lo hay, la dirigencia nacional tiene más margen para imponer perfiles, corregir excesos o abrir espacio a cuadros propios. Vista de cerca, la aparente arbitrariedad suele ser un trueque entre poder local y control nacional.
Cuarto mito: el proceso mide la fortaleza o debilidad de la presidenta
Convertir cada candidatura en un referéndum sobre Claudia Sheinbaum es otra exageración. La fortaleza presidencial no se prueba solo en la capacidad de imponer nombres, sino en administrar tensiones sin romper la coalición, contener abusos, preservar competitividad y mantener autoridad política entre actores con intereses propios. En un movimiento tan amplio como Morena, gobernar consiste menos en dictar instrucciones verticales que en ordenar un archipiélago de poderes regionales.
La pregunta correcta no es si Sheinbaum “ganó” o “perdió” frente a López Obrador, el Verde o los gobernadores. La pregunta es si logró evitar candidaturas que comprometan de manera irreparable la credibilidad del proyecto, si consiguió sostener una alianza electoralmente ganadora sin entregar por completo la identidad de Morena y si podrá exigir, una vez en campaña y luego en el gobierno, mínimos de disciplina y desempeño. Esa será la verdadera prueba. El riesgo no está solo en postular perfiles discutibles, sino en normalizar que cualquier cacicazgo local, por eficaz que sea, pueda convertirse en franquicia de la transformación sin rendición de cuentas.
La controversia, entonces, debe leerse con menos mitología y más realismo. Ni el PVEM se volvió dueño de la mesa, ni López Obrador maneja los hilos desde la sombra, ni los gobernadores son simples espectadores, ni cada candidatura define por sí sola la estatura presidencial de Sheinbaum. Despejados los mitos, queda una realidad menos dramática y más interesante: Morena pasó de movimiento articulado alrededor de un líder a partido a coalición con poderes territoriales consolidados. La dirigencia arbitra, veta y equilibra; los gobernadores construyen, eligen y entregan. Vemos una maquinaria política en expansión intentando resolver, con las herramientas disponibles, el dilema clásico del poder: ganar sin desfigurarse.
El balance de fondo debería hacerse sobre los 13 a 15 gobernadores que se presume obtendrá Morena: ¿representarán un avance o un estancamiento frente a quienes hoy gobiernan? ¿Serán mejores instrumentos para construir el proyecto de cambio de la 4T o meros operadores de las lógicas locales de siempre? Preguntas con menos morbo que las “grillas” y especulaciones que hoy nos entretienen, pero las que de verdad importan (o deberían importar) a la líder actual del movimiento.



