Cuando mueras, tu voz y tus fotos se quedan en internet: la IA puede usarlas y no hay quien lo impida
La información de alguien que murió tampoco necesariamente representa un riesgo únicamente para esa persona. Fotografías, conversaciones, ubicaciones, relaciones familiares o cualquier otro dato pueden revelar información sobre quienes siguen vivos. Si una plataforma que almacena ese material fuera vulnerada, los ciberdelincuentes podrían obtener no solo una imagen o una voz, sino también el contexto necesario para realizar ataques de ingeniería social mucho más dirigidos.
Las tendencias no son tan “inocentes” como lo parece
El problema empieza incluso antes de que una persona muera. En los últimos años se ha vuelto cotidiano entregar fotografías personales a herramientas de inteligencia artificial para seguir tendencias: convertir una imagen en un personaje, crear un avatar, modificar una fotografía o generar una versión distinta de nosotros mismos.
Sensor Tower reportó que, durante la semana del 31 de marzo de 2025, después del despliegue general de la generación de imágenes, las descargas globales de la app de ChatGPT crecieron 216% semana contra semana, mientras que sus usuarios activos semanales aumentaron 27%.
Datos de Similarweb apuntaron además que los usuarios activos semanales de ChatGPT superaron los 150 millones por primera vez ese año. Sam Altman dijo en esos días que habían sumado un millón de usuarios en una sola hora, frente a los cinco días que había tomado alcanzar ese mismo millón tras el lanzamiento original de ChatGPT.
González advierte que esa aparente inocencia puede hacer que los usuarios pierdan de vista qué están entregando y qué derechos están cediendo. Una fotografía puede contener mucho más que un rostro, dependiendo del archivo y del contexto, puede estar acompañada de información sobre la persona, su entorno, sus actividades o incluso metadatos.
Por eso, la pregunta sobre la identidad digital después de la muerte comienza mucho antes del funeral. Cada fotografía, audio, video o conversación que se almacena en una plataforma contribuye a construir una especie de archivo digital de una persona. Con suficiente información, una herramienta puede tener elementos para reproducir algunos de sus rasgos.
González recomienda que los usuarios compartan únicamente la información indispensable, antes de utilizar una herramienta de IA, revisen qué ocurre con los archivos que suben: cómo se almacenan, para qué pueden utilizarse, si pueden eliminarse posteriormente y si serán empleados para entrenar modelos.
El consentimiento se vuelve todavía más complejo cuando la fotografía no es nuestra. Una persona puede subir a una herramienta una imagen de su padre, madre, pareja o amigo sin preguntarse si tiene derecho a entregar ese material a una empresa de inteligencia artificial. Y si esa persona ya falleció, aparece una pregunta adicional: ¿quién tiene autoridad para decidir qué se puede hacer con su voz, su rostro o sus datos?



