Cuando “evacuación” es la palabra del día: niños, vecinos discapacitados, perros y también autoridades
El incendio que recorre Madrid a toda velocidad parece tener conciencia propia. Hace unas horas se dividía en tres frentes que ahora, tras atraerse y fundirse en un todo por la dinámica de las corrientes de aire, forman una sola lengua de fuego que arrasa allá por donde pasa. Y, como si tuviera claro a dónde apuntar, se acercó con mala intención a la base de su principal enemigo: el Puesto de Mando Avanzado (PAM) desde donde las autoridades diseñan la estrategia para combatirlo.
El PAM estuvo instalado hasta este sábado a las afueras de Cenicientos, junto al cementerio y el tanatorio municipal. Desde esa loma en la que están enterrados los antepasados de los vecinos de este pueblo de la sierra de Madrid se veían con claridad las llamas que devoran el monte. Era el lugar perfecto para dirigir el despliegue de miles de efectivos sobre el terreno. Sin embargo, el fuego llegó a estar demasiado cerca, lo que convirtió en un peligro permanecer ahí. En ese momento el cielo se había vuelto naranja y una espesa niebla envolvía todo.
El desmantelamiento del PAM se ha interpretado como lo que es, el reflejo de que la situación es muy grave. La noticia cogió por sorpresa a todos. La presidenta Isabel Díaz Ayuso hablaba con la prensa cuando el delegado del Gobierno, Francisco Martín, la interrumpió y se puso al frente del micrófono. “Vamos a proceder a evacuar el municipio de Cenicientos, por lo que vamos a desmontar este PMA. Les rogamos que vayan saliendo de aquí de manera ordenada y con calma”, dijo. En cuestión de una hora todo quedó recogido.
En Cenicientos y los alrededores sospechaban que iba a ocurrirles lo mismo que a los otros 12 municipios de Madrid que han sido evacuados. Forman parte ya de los 29.488 desalojados por un incendio que ya ha quemado 24.000 hectáreas solo en Madrid (45.000 si se suma Ávila), una cantidad inmensa en una zona tan poblada como esta. Aroa Boto, de 37 años, llevaba días pensando que este momento iba a llegar, pero eso no hace más fácil dejar tu casa atrás, en manos de la suerte.
Esta monitora de natación, que ha vuelto a vivir con sus padres tras acabar una relación, vio esta mañana mucho humo por la ventana. Las pavesas volaban libres por Entrepinos, su urbanización. Le llegó un mensaje al teléfono: “Se ordena evacuar”. Estaba todavía preparando sus cosas cuando la Guardia Civil, por la calle, les metía prisa a través de un megáfono: tenían que irse cuanto antes. Aroa metió sus cosas en el coche, pero eso no era todo. Le quedaba algo más: tres perros, un cuarto de una amiga y la hija pequeña de esa amiga, que se ha quedado a su cargo porque su madre trabaja en Protección Civil y su padre es bombero forestal.
A punto de arrancar un coche que parecía el camarote de los hermanos Marx, el conserje le dijo que había que echar una mano a dos vecinos: “Uno es ciego y el otro no tiene piernas. Ah, y otra vecina mayor a la que vendría muy bien que le echaran una mano”. En 10 o 12 minutos, como mucho, todo quedó solventado. Se va a quedar en casa de otra amiga en Escalona del Alberche, un pueblo cercano coronado por un castillo medieval. Uno de sus perros es tan grande que su padre ha tenido que llevárselo con él a una finca. En algún momento deberá devolver a la niña a sus padres. Eso no le ha impedido llamar a un concejal de Villa del Prado por si necesitan ayuda allí. “Bueno, aquí nos ayudamos mucho unos a otros. Somos muy solidarios”, dice orgullosa.
La Sierra Oeste de Madrid se encuentra en una situación muy crítica desde que el miércoles, cuando comenzaron a propagarse incendios en el triángulo en el que se encuentran las provincias de Madrid, Ávila y Toledo. Las altas temperaturas y las fuertes rachas de viento los han vuelto incontrolables pese al esfuerzo de las autoridades, que cuentan incluso con ayuda internacional. Ese esfuerzo se dirigía desde un puesto de mando que también ha tenido que moverse por unas llamas que no entienden de jerarquías.
La evacuación exprés de esa zona provocó atascos en las carreteras, aunque en ningún momento se generó caos ni hubo desorganización. Si algo no ha logrado crear el incendio es pánico. Hasta un rato antes del desalojo, en Cenicientos y Cadalso de los Vidrios, por poner dos ejemplos, los bares estaban abiertos y la gente paseaba por la calle. Desde Casa Mila, un restaurante a pie de carretera en Escalona, los clientes comían paella con conejo mientras los vecinos de los pueblos de al lado huían con sus coches repletos. No es que no les importara, es que no quieren perder la calma hasta que a ellos les toca enfilar el mismo camino.

