Claudio Lomnitz: “Sheinbaum comparte bastantes estrategias de la guerra contra el narco”
El antropólogo Claudio Lomnitz ha abordado desde todos los ángulos posibles la violencia que atraviesa México: un fenómeno de mil caras que desborda cualquier concepción clásica sobre la criminalidad, la guerra o la corrupción. “Violencia” es un vocablo que lo contiene todo y que, por la misma razón, se escurre en cuanto uno intenta agarrarlo. Algo parecido ocurre con la paz, la contraparte a la que el especialista chileno-mexicano ha decidido dedicar sus próximos esfuerzos, en un ciclo de conferencias que ha inaugurado esta semana en el Colegio Nacional, del que es miembro desde 2021. Lejos de dar con una definición de un concepto tan esquivo como su reverso, Lomnitz se ha dado a la tarea de “desbrozar”, en sus propias palabras, e ir quitando lo que estorba para entender de qué se habla o se ha hablado en México cuando se ha nombrado la pacificación del país. “Hay una serie de actividades económicas importantes que se están normando con el uso de violencia extrajudicial. No puedes ver el problema exclusivamente sobre el delito tipificado”, apunta él, que cree que los imaginarios anteriores han fracasado.
El investigador ha identificado tres paradigmas en la forma de pensar la cuestión en los últimos 20 años, cuando la espiral se intensificó. Son, más o menos, los conocidos popularmente: la guerra contra el narco; el abrazos, no balazos y un tercero que ha bautizado como hablar bien de México, “bajarle un poco el volumen [al tema], porque mucha violencia es expresiva, está pensada para los medios”, desarrolla. A pesar de que el primero, por ejemplo, se asocia al sexenio de Felipe Calderón y el segundo, al de Andrés Manuel López Obrador, señala el antropólogo, la realidad es que se tienden a combinar en distintas proporciones.
“[Claudia] Sheinbaum comparte bastantes estrategias de la época de la guerra contra el narco, pero tiende a inscribir sus políticas, por lo menos retóricamente, como continuidad del abrazos, no balazos. También tiene continuidades con Peña Nieto”, indica. “Se usan los tres, pero se presume una”, simplifica finalmente. Y aunque las tres teorías han fallado en sus objetivos, dice, todas funcionan un poco.
Al margen del énfasis en un elemento u otro, lo que tienen en común, en general, los Ejecutivos, es la fijación con una cifras que sienten que “reflejan sobre ellos”, pero que son incapaces de atrapar la realidad tras ellas. “La manera de imaginar la paz de parte de los Gobiernos se ha convertido cada vez más en un tablero con delitos tipificados como el homicidio, la desaparición, el robo de vehículo, etc., y no se está viendo realmente la relación entre unas cosas y otras”, argumenta Lomnitz, que trabaja desde hace más de tres décadas en la Universidad de Columbia, en Nueva York.
Por ejemplo, el gabinete presidencial presume de haber reducido los homicidios diarios a la mitad, aproximadamente, pero la extorsión sigue creciendo. “Eso significa que el comerciante que está pagando derecho de piso siente una amenaza creíble, y se manejan las estadísticas como si fueran totalmente independientes”, evidencia. Algo similar a lo que ocurre con las estadísticas de población carcelaria, agrega. “Esas cifras no te las dan juntas. México ha ampliado el uso de prisión preventiva. Es un país donde las cárceles están llenísimas y donde la cantidad de crimen que hay dentro de la prisión y desde la prisión hacia fuera es gigantesca”, pondera. Eso, al tiempo que los niveles de impunidad se acercan al 100%. “Si las cárceles están llenas, alguien está siendo castigado, pero ¿quién?“, se pregunta.
El imaginario de que la cárcel va a resolver el problema, que es “el imagino de Bukele”, lamenta, “ha ido ganando terreno tanto en la izquierda como en la derecha”. “Todo en México se ha vuelto cárcel. Todo es carpeta de investigación”, completa. Estos discursos que se extienden como la pólvora por su simplificación de la realidad, desplazan del foco las economías violentas. “Nadie dice: ‘Estamos terminando con la tala ilegal de montes o con el robo de gasolina’. ¿Por qué? Porque esas economías son importantes en este país, y todas ellas se norman con violencia”, detalla el experto, que añade las minas, el cultivo de aguacate o el tráfico de migrantes, entre otras.
Para el autor de El tejido social rasgado (2022) o Antropología de la zona de silencio (2026), la pregunta de fondo que debe responderse es, antes que nada, el para qué. “Si no entiendes eso, no entiendes por qué en México, por ejemplo, se asesinan a tantos defensores de bosques o de agua”, ejemplifica Lomnitz, que desmonta con paciencia y precisión algunos de los prejuicios instalados ya en el imaginario público, una forma de errar el tiro una y otra vez.

El antropólogo no pretende reemplazar o enmendar la plana a los políticos que deben diseñar las políticas públicas, sino más bien esbozar un retrato fiel de la realidad que les dé herramientas para hacerlo sin que estén “nomás tomándole el pelo a todo el mundo”, bromea. “López Obrador a mí me parece que tenía razón en hablar de una relación de todos estos procesos violentos con temas que ellos llaman ‘sociales”, apunta, “donde me parece que no tenía tanta razón es en imaginarlo todo simplemente como un problema de desigualdad que se podía resolver con repartir dinero”. “Esa hipótesis quedó rechazada por la realidad”, concluye, y vuelve a su mantra: “¿Alrededor de qué economías tenemos violencias?“.
Es, con todo, benévolo con los dirigentes, que a veces “se impacientan con razón” porque solo se hable de estas cosas mientras pasan tantas otras a la vez. “Pero es muy difícil desviar la atención cuando, de pronto, descabezan a seis personas y las echan en un bar”, matiza. Parte de la dificultad de lidiar con esa realidad, al menos en el plano mediático o discursivo, tiene que ver con inestabilidad en los mensajes que produce ese tipo de horror, que de tanto en tanto arrasa con cualquier ilusión en forma de cifra. Hay violencias pensadas como “actos políticos expresivos” que necesitan de la atención mediática para ejercer su poder, pues es, en realidad, lo que buscan: hacerse ver. Hay otras, en cambio, ejercidas con técnica y sofisticación con el fin de ocultar sus mecanismos, como la desaparición forzada. “No es solo el horror de lo que ves, sino también el terror de lo que no ves”, sintetiza.
Navegando en ese magma están las autoridades, las organizaciones civiles, sobre todo, la población, que asiste a la barbarie a veces con escándalo, a veces, con normalizada indiferencia. Primero unos territorios, luego otros, continúan desangrándose dentro de la espiral, sin que se presente ninguna salida evidente. “Híjole, está tan difícil eso”, responde Lomnitz a la pregunta del millón: qué horizonte de paz podría vislumbrarse hoy en Sinaloa, la cuna del Chapo, que desde hace dos años está envuelta en una guerra entre facciones que ha regado las calles de cadáveres. “No creo que se pueda analizar este caso, ni los anteriores, como un final donde llegan los cascos azules”, esboza simplemente el antropólogo: “Es lo frustrante de conversar conmigo, que yo no tengo la solución”.


