Ceuta trata de convivir con la emergencia mientras cientos de migrantes buscan espacios de acogida
Un dron surca la niebla entre la frontera de Ceuta y Marruecos, porque los días en los que la ciudad amanece sumida en ese espesor blanco solían ser propicios para que los migrantes trataran de cruzar a nado. Pero a pesar de la vigilancia del dispositivo que sobrevuela El Tarajal, nadie cruza ilegalmente, y legalmente muy poco. El paso fronterizo registra un pequeño goteo de personas que entran, y aún más pequeño de migrantes que deciden abandonar e irse. La mayoría sigue aquí, luchando con otra frontera, que parece semántica pero no lo es: la de los que les consideran “invasores” o la de los que aún les llaman “migrantes”. Tras más de un mes del cruce masivo, la ciudad se ha rendido al espejismo de volver a la normalidad y se desborda en la falta de medidas para la anormalidad.
Los barrios periféricos, que desde el inicio asumieron la mayor carga de personas, son un polvorín. Los centros habilitados por el Gobierno para dar acogida a los migrantes aliviaron el número de gente durmiendo en sus calles, pero están muy lejos de ser suficientes. Lo prueban los centenares de personas que se agolpan a las puertas de Loma Colmenar, uno de los más recientes, esperando que expulsen a alguien para poder entrar ellos. No sucede, pero no se van. Los que han conseguido plaza llevan pulseras identificativas, de diferente color en función de cuándo entraron. No tienen documentos, solo el número que han escrito en ellas con rotulador permanente, una cifra aleatoria que ahora les da un estatus y una cama. Los policías que custodian la avenida van enmascarillados, porque el olor es tan profundo como el malestar de los vecinos.
En otro barrio cercano y periférico, Los Rosales, una decena de ellos se congrega en torno a una inmensa explanada donde los obreros trabajan en una nueva instalación para los migrantes. Está situada frente a una guardería que planeaba abrir el 28 de septiembre para atender a 176 niños, pero muchos de los padres se niegan a compartir espacio con las 900 personas que está proyectado ubicar allí. Llevan toda la semana movilizándose para tratar de parar la obra, aunque no han logrado congregar más de dos decenas de personas.
“Claro, como es una protesta pacífica, y no les estamos llamando invasores ni diciendo ‘Pedro Sánchez hijo de puta’, no quieren venir. Y como nos los van a mandar aquí, a la periferia, no le importa a nadie”, protesta Desirée, una vecina de las que monta guardia frente a la obra. Junto a ella, Ana María verbaliza lo evidente: hay más policías que manifestantes. Detallan por qué se niegan a la construcción; sienten que el barrio está ya saturado, señalando otro centro de menores no acompañados visible desde la loma. “Y, encima, es que aquí no van a meter a las mujeres y los niños, van a traer a los hombres. ¿Es que nadie ve el problema de que estén puerta con puerta con una guardería?”, insiste Ana María. A su espalda, la grúa continúa imperturbable. “¡Que se los lleven al centro!”, añade.
En ese centro histórico, a menos de dos kilómetros de allí, la custodia militar y policial es aún más fuerte que en días anteriores, y los migrantes no pueden cruzar. En el Palacio de la Asamblea, el seleccionador nacional de fútbol, Luis de la Fuente, envió apoyo a “todos los caballas”. “Os habéis convertido en mis ídolos”, dijo, en rueda de prensa junto al presidente ceutí, Juan Jesús Vivas. De la Fuente inició en Ceuta la gira con la Copa del Mundo junto al presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, y defendió que a los vecinos “tienen que devolverles la normalidad que les ha sido robada”. Louzán se disculpó con Vivas: la espesa niebla que durante los últimos días ha abrazado a la ciudad les había impedido llegar antes.
A última hora, la niebla decae, pero se queda una luz sucia sobre la costa. En la playa del Trampolín, donde los subsaharianos han afianzado su campamento, la Cruz Roja acude a su cita diaria de entrega de comida. Ellos aún les llaman “migrantes”. Pero, como la niebla, esa frontera también se va disipando.



