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“Ceuta no se vende”: la ciudad se echa a la calle tras diez días de tensión


“Ceuta no se vende. Ceuta es España”. El grito retumba en la plaza de la Constitución, abarrotada de banderas españolas y ceutíes y de miles de manifestantes. Diez días de tensión tras la entrada masiva desde Marruecos de más de 70.000 personas en la ciudad desembocan este domingo en este rincón ceutí, donde el malestar acumulado ya se escucha a voz en grito en una de las manifestaciones más multitudinarias que recuerdan sus habitantes. Las bocinas atruenan sin descanso y el “yo soy español” se repite una y otra vez entre la multitud, cada vez más alto. El manifiesto leído ha reclamado a las autoridades “respuestas” para la crisis, “solidaridad” al conjunto de la sociedad española y “serenidad y unidad” a los propios ceutíes.

El acto apenas ha comenzado cuando desde la tarima piden un minuto de silencio por quienes perdieron la vida intentando llegar a Ceuta. La petición provoca rechazo entre parte del público. “Pues empezamos bien”, se escucha decir a un hombre. El murmullo crece hasta que los propios manifestantes terminan impidiendo que se guarde el silencio. Después suena el himno de Ceuta. Esta vez, la plaza entera corea al unísono. Más de 10.000 personas han acudido a la convocatoria, según la organización; algo más de 5.000 según la estimación de Policía Nacional.

El pulso de la concentración queda marcado entonces por dos consignas. “Presidente, no estás solo”, gritan en apoyo a Juan Jesús Vivas. Apenas unos segundos después, el tono cambia: “¡Sánchez, dimisión!”. Desde la tarima, el presidente de la comunidad hindú, Ramesh Chandiramani, trata de rebajar la tensión y devolver el foco al mensaje que ha reunido a las cuatro comunidades religiosas ceutíes —cristiana, musulmana, judía e hindú—. Una de las ausencias más destacadas ha sido la del delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, que no ha acudido a la manifestación, y al que pidieron a gritos su “dimisión”.

Entre quienes escuchan el manifiesto está Lorena Serrano, de 43 años. Es la primera protesta a la que acude desde la entrada masiva a Ceuta, los pasados 30 y 31 de julio. Desde entonces, asegura sentirse “abandonada”. “Es una tristeza grandísima la que tenemos. Solo pedimos que nos ayuden”, afirma, con la mirada puesta en la Península. Para ella, lo ocurrido aquel día fue una “invasión”.

A pocos metros, en un banco del paseo que bordea la plaza, Hamza observa la escena en silencio. Tiene 20 años y llegó a Ceuta desde Marruecos precisamente aquel día. No entiende los gritos ni las consignas porque no habla español, pero sí sabe que no comparte lo que están diciendo quienes se manifiestan. Permanece sentado mientras las voces reclaman “respuestas” a unos metros de él.

Su mirada, sin embargo, cuenta otra historia. Lleva desde entonces durmiendo en la calle y todavía recuerda la dureza del trayecto a nado. “Miré a la muerte a la cara”, dice con la mirada baja. Ahora solo piensa en salir de Ceuta y llegar a alguna de las capitales de la Península, donde espera encontrar la vida mejor que vino a buscar.

Es el contraste que atraviesa la plaza. Mientras Chandiramani insiste desde la tarima en que “esta llamada no nace del rechazo a nadie”, entre el público se escuchan otras voces: “¡Invasores!”. El mensaje de las comunidades religiosas busca marcar una frontera entre la reivindicación y el rechazo, pero las consignas de parte de los manifestantes muestran que esa línea no resulta tan fácil de sostener.

No ha habido una sola palabra improvisada por parte de los organizadores. Cada frase del manifiesto había sido consensuada previamente para sumar al mayor número posible de manifestantes y reforzar una idea que la ciudad autónoma lleva días repitiendo: la situación es “extraordinariamente crítica” y Ceuta “no puede afrontar sola una situación que supera ampliamente sus capacidades y que afecta al conjunto de España y Europa”. La petición, por eso, es concreta: “una respuesta inmediata” del Gobierno y de las instituciones europeas, con “medios suficientes, recursos humanos y materiales” y “una atención prioritaria a sus fronteras” para hacer frente a la presión migratoria.

“Nosotros no podemos ayudarlos a todos”, le dice una mujer a su acompañante entre el público. Cerca de ellos, otro manifestante levanta un cartel con la fotografía del Rey: “Felipe VI, ven a Ceuta. No seas cobarde”. La tensión se palpa entre una multitud que parece haber esperado diez días para descargar su rabia. Cuando una periodista de Televisión Española intenta hacer una conexión en directo, los manifestantes apostados junto a las vallas comienzan a increparla: “¡Manipuladores! ¡Fuera de aquí!”. Las voces se cruzan y el ambiente se encrespa.

En medio de la protesta, un hombre musulmán, con la bandera de España sobre los hombros, acaba enfrentándose verbalmente con otros manifestantes. Les reprocha la falta de tolerancia. Por un momento, la escena resume la contradicción que atraviesa la plaza: una protesta convocada en nombre de la unidad y la convivencia, pero marcada también por una tensión que, a ratos, se desborda.

Y esa tensión se traslada después hasta las inmediaciones de la Delegación del Gobierno. Allí continúan los gritos y las consignas que han marcado la jornada, mientras los manifestantes reclaman la dimisión del delegado del Gobierno. Pero, poco a poco, el ruido empieza a apagarse. Más de una hora después del inicio de la concentración, la plaza comienza a vaciarse. Las banderas se pierden poco a poco entre los últimos grupos.



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