Carpinteras de La Habana: cuando tallar la madera rompe estereotipos de género y se convierte en un acto de resiliencia
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Yessica Valera (La Habana, 35 años) luce serena mientras da forma a unas fichas de dominó en las que lleva trabajando varios días. Ya pasaron las jornadas en que, de un montón de tablas de maderas con distintos tonos, ella seleccionó las más convenientes para sacar los taquitos que luego ensambló y perforó. Ahora repasa cualquier imperfección, antes de llevar las piezas ante la lijadora eléctrica.
Es un trabajo que requiere tiempo y concentración, en el taller donde labora hace casi un año. Pero, entre ficha y ficha, esta mujer se permite la alegría de compartir bromas y alguna anécdota con sus compañeras, también afanadas en el trabajo con la madera de la que sacarán tablas para cortar, soportes para móviles y otros útiles del hogar que luego serán comercializados.
Mientras trabajan, en este espacio ubicado en Centro Habana, un sector de la ciudad reconocido por la madera y el ácero desde hace décadas, ellas recuerdan nítidamente el momento en que decidieron que querían dedicarse al oficio de carpintera y la reacción de sus entornos familiares. “Eso es cosa de hombres”, les decían.
A pesar de eso, ninguna permitió que esos prejuiciosos minaran la curiosidad por la práctica de un oficio que les interesaba y con el que, tal vez, podrían ganarse la vida en el futuro. Fue en marzo de 2025, cuando una veintena de mujeres provenientes de distintas realidades -estudiantes universitarias, obreras, profesionales de otros ámbitos, amas de casa, madres solteras, jubiladas- coincidieron en un curso de carpintería, promovido por el proyecto cultural habanero La Manigua -con apoyos de la embajada de Países Bajos en la isla-, en el taller de Factoría Espacios, un grupo creativo ubicado en el número 60 de la calle Figuras, en pleno Centro Habana, donde se trabaja la madera y el acero desde hace casi tres décadas.
“La primera vez que entramos aquí experimenté varios sentimientos”, rememora Yessica Valera, quien se debatía por aquel entonces entre el miedo a lo desconocido, la incertidumbre sobre si sería capaz de aguantar el ritmo de trabajo y un temor al entorno, porque, señala, “estábamos rodeadas de muchos hombres y sabíamos que veníamos a romper unos cuantos estereotipos”.
Allí estaban rodeadas de tablas, muebles recién barnizados, rejas acabadas de soldar, grandes maquinarias, pero también de los recelos de carpinteros y herreros, operarios con experiencia que, al principio, cuenta la joven, “no querían ni que nos acercáramos a las máquinas”, aunque poco a poco, trabajo mediante, “nosotras nos fuimos imponiendo”.
El olor de la madera
Quien entra al taller de carpintería y herrería de la calle Figuras, una nave industrial amplia y llena de recovecos que se levanta en uno de los barrios más populares de La Habana, queda rápidamente conquistado por el olor de las distintas maderas. Esos aromas fascinaron a Yessica desde la primera vez que entró al local.
“Lo que más me reconforta del trabajo con la madera es que es un objeto del que puede salir casi cualquier cosa que se te ocurra. Es como si tuviera vida”, reflexiona, al tiempo que recuerda su primera pieza fabricada en la carpintería: una mesa para tatuar, donde pudo aplicar distintas técnicas aprendidas como el tapizado, el ruteado y el calado.
Aquella mesa le sirvió para su otra labor como tatuadora, oficio que lleva cultivando desde hace diez años, a la par de otros trabajos que ha asumido para poder mantener a sus dos hijas. “Por ellas no puedo darme el lujo de estar quieta, esperando que las cosas caigan del cielo”, asegura esta madre que lo mismo ha vendido almuerzos, restaurado figuritas de yeso, pintado casas. Ahora ve en la carpintería una oportunidad para redefinir sus expectativas laborales y pensar en emprender un negocio en el futuro, donde pueda vincular el trabajo con la madera con su verdadera pasión: la cocina.
Más allá del trabajo con la madera, de crear productos destinados a una venta determinada, este curso de carpintería les ha permitido a mujeres como Yessica nuevas vías para buscar prosperidad económica y de desarrollo, sobre todo, en un contexto tan desafiante como el que vive Cuba actualmente, marcada por una profunda crisis económica y energética, signada por la hostilidad de Estados Unidos hacia la isla caribeña.
Es algo que vive en sus propias carnes, cada día, Indira Linares Valdés (39 años), quien confiesa, mientras revisa su plan de trabajo de la jornada, que el curso y su incorporación al trabajo en el taller de carpintería, le ha cambiado la vida. “Mi sueño es tener una carpintería propia, con todos los equipos y tenerlas a ellas conmigo”, dice sonriente, apuntando a sus compañeras.

Yessica, Indira y Yamilet Hernández Estrada (61 años), quien durante la conversación está prensando maderas para hacer unas bandejas, pertenecen a la primera edición del curso de carpintería que promovió La Manigua. Ellas, junto a otras tres compañeras, se integraron al equipo de trabajo en el taller, tras finalizar el curso, y hoy son carpinteras de Factoría Espacios. “El director nos asigna los trabajos”, explica Indira sobre los encargos que están asociados a la producción de útiles del hogar. “Pero él quiere que nos metamos en proyectos más grandes y ambiciosos, para ganar un poco más de dinero y que no nos estanquemos haciendo lo mismo”, acota.
Todas ellas coinciden en que acceder a este curso les ha permitido replantearse sus realidades. En otro espacio de la nave industrial, un grupo de ocho mujeres trabaja, ante la atenta mirada de dos profesores, en el ensamblaje de unas sillas de madera. Pertenecen a la segunda edición del curso de carpintería, que casi llega a su fin.
Entre ellas hay quienes desean quedarse trabajando en el taller en el futuro, otras como Yudanis Zurita (52 años) accedieron al curso para obtener nociones de carpintería que luego aplicará a su trabajo como artesana del cristal y el vidrio; otras como Delbi Yamila Saez se incorporó hace un par de semanas con la curiosidad de lo que sería capaz de hacer y de sentirse parte de un colectivo femenino que busca abrir nuevos caminos y experiencias.
Con el viento en contra
Mientras el grupo encola los fragmentos de madera tallada que se convertirán en sillas, Alejandro Pampín Alvarado y Nelson Granado Llanes, un diseñador y un ingeniero mecánico, pero ambos profesores de una asignatura llamada Tecnología de la madera del Instituto Superior de Diseño (ISDI), conversan sobre las experiencias que les ha dejado este año de trabajo con mujeres carpinteras y llegan a la conclusión de que los objetivos del curso se han cumplido a cabalidad. Eso sí, aclara Pampín Alvarado, “es un curso básico de carpintería”.

Ambos docentes trabajan en el proyecto desde el inicio y son conscientes de que la carpintería no se aprende en dos o tres meses. “Es un oficio que lleva tiempo, dedicación y mucha práctica”, anota Pampín Alvarado, quien junto a su dupla planteó primero un conjunto de clases teóricas que luego fueron llevadas a la práctica y permitió que sus alumnas asumieran distintos roles en el taller. Aprovecharon todas las tablas descartadas y con esos recortes desarrollaron una línea de objetos utilitarios que ahora Factoría Espacios y La Manigua comercializan.
“Son mujeres que quieren emprender, así que las ayudamos a ver que a través de la carpintería pueden tener un camino”, asegura el profesor, quien reconoce que la situación actual del país, los problemas con el transporte, han sido un obstáculo para la permanencia de algunas de sus alumnas.
Para Nelson Granado el tema de la electricidad ha sido otro reto que ha tensado el normal desarrollo del proyecto porque “a veces se ven atadas de pies y manos porque no tienen cómo operar los equipos eléctricos”, algo que los ha obligado a replantear las labores constantemente.
A pesar de la crisis, “hay mujeres que siguen llegando, preguntan y les interesa hacerlo”, agrega Silvia Padrón, gestora y fundadora de La Manigua, un proyecto cultural en La Habana, enfocado en el trabajo con la infancia y las familias cubanas. Con ese afán, cuenta Padrón, querían ofrecerles a las mujeres oportunidades de realización profesional y desarrollo personal, haciendo énfasis en la equidad de género, el emprendimiento y la economía social.
Más allá del trabajo en el oficio, las mujeres carpinteras han recibido formación en pensamiento creativo y resiliente, en cuestiones de género – espacios donde también han participo los carpinteros del taller-, así como un asesoramiento en caso de querer formar su propio negocio. “Entre ellas han pensado desarrollar una cooperativa”, explica Silvia, quien se siente optimista con el desarrollo futuro del curso para mujeres carpinteras porque “hemos comprobado que hay muchas mujeres interesadas por este oficio. Solo hay que darles la oportunidad”.
Ya sea unas fichas de dominó, una silla, o un proyecto más complejo, estas mujeres demuestran que la única barrera para emprender o asumir un oficio está en el interés por hacerlo y el talento para llevarlo a cabo. Indira Linares es consciente de ello cuando ve su trabajo terminado: “Si fui capaz de hacer esto, puedo hacer más”.


