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Ansiedad económica-demográfica en México


Esta semana se dieron a conocer los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 por parte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de México. Hubo muchas cifras interesantes y reveladoras del país que ahora somos. Hubo un dato, sin embargo, que llamó poderosamente la atención: la dramática caída en la tasa global de fecundidad en México. Este indicador, que refleja el número promedio de hijos que tendría una mujer al final de su vida reproductiva, se redujo de 1.9 en 2019 a solo 1.2 en 2024, un nivel similar al que tienen países como Japón, Italia o Finlandia.

Para poner en perspectiva lo que esto significa, recordemos que ni siquiera China durante la vigencia de su política de tener un solo hijo (la llamada one child policy) alcanzó una tasa de fecundidad tan baja. En aquellos años, la tasa de fecundidad en China apenas logró reducirse a 1.5 hijos por mujer. Por otro lado, hay que recordar que la tasa que se considera necesaria para mantener estable a una población es de 2.1 hijos por mujer.

La caída en la fecundidad en México ha sido generalizada. La entidad con mayor fecundidad es Chiapas, con 1.8 hijos por mujer, mientras que la entidad menos fecunda es Ciudad de México, con una tasa de apenas 0.8 hijos por mujer, una tasa similar a la de los países con menor tasa de fecundidad en todo el mundo (Corea, Hong Kong o Singapur). Lo anterior implica que la fecundidad en México ya está en niveles por debajo de la tasa de reemplazo en todo el país, por lo que podemos prever que, tarde o temprano, la población mexicana comenzará a contraerse.

Como era de esperarse, esta rápida disminución en la fecundidad encendió muchas alarmas. La propia presidenta Sheinbaum inmediatamente sugirió realizar un análisis sobre las causas detrás de este resultado. Algunos analistas alertaron rápidamente sobre las consecuencias negativas que este fenómeno podría tener sobre la economía mexicana: pérdida del bono demográfico, escasez laboral, recursos insuficientes para financiar pensiones, mayor tasa de dependencia (menores de 15 años y adultos mayores como porcentaje de la población en edad de trabajar), etc. Estamos viviendo un auténtico episodio de ansiedad demográfica, como lo definió muy atinadamente la Dra. Silvia Giorguli en un acto realizado en El Colegio Nacional.

En este contexto, resulta interesante recordar otros dos episodios de ansiedad económica-demográfica, aunque estos se refieren al caso opuesto al que ahora tenemos. El primero, y quizá el más obvio, es el referido a la preocupación de Thomas Malthus, a principios del siglo XIX, quien consideraba que el hecho de que la población creciera más rápido que los medios de subsistencia (alimentos) se convertiría en un problema tan serio que conduciría de forma inevitable a la miseria. Malthus creía que esto solo podría ser detenido mediante lo que él llamaba obstáculos poderosos y manifiestos como guerras, pestes o hambrunas. Como se sabe, la producción de alimentos a nivel mundial ha crecido a una tasa incluso más rápida que la de la población, lo que ha terminado desacreditando a la teoría malthusiana original.

Un episodio similar fue el que desató en los años setenta el libro Explosión demográfica del biólogo Paul R. Ehrlich. En dicha obra, Ehrlich hacía predicciones tan catastróficas sobre el futuro de la humanidad (“La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado. En las décadas de 1970 y 1980, cientos de millones de personas morirán de hambre…“) que esto condujo a un famoso debate con el economista Julian Simon sobre la escasez y el futuro económico. Para zanjar la discusión, en 1980 Simon y Ehrlich decidieron hacer una apuesta sobre la evolución del precio de cinco materias primas en los próximos diez años. Según Ehrlich, su escasez sería tan aguda que los precios de esos productos se dispararían. Por su parte, Simon argumentaba que las ganancias en productividad y los nuevos descubrimientos impedirían que eso ocurriera. Al llegar 1990, el precio relativo de los cinco productos había caído, por lo que Ehrlich tuvo que aceptar su derrota y pagar la apuesta que había hecho con Simon.

Cito estos dos ejemplos históricos para alertar y evitar caer en un nuevo episodio de ansiedad económica-demográfica, aunque ahora este sea por los factores opuestos. Hay muchas razones para pensar que un menor crecimiento poblacional podría ser deseable y positivo para aumentar los niveles de vida y bienestar en una economía. Hay muchos retos, por supuesto, pero también hay muchas oportunidades. No somos el único país en esta situación. Muchos países de Europa y Asia llevan años haciendo frente a este tipo de transición demográfica. Estudiemos y aprendamos de sus experiencias y tomemos las decisiones de política pública que sean necesarias para hacer frente a esta nueva realidad. Hagamos todo ello sin caer en catastrofismos o angustias prematuras.


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