‘Cartas a Philip W. Silver’, de Claudio Rodríguez: la contemplación viva
Las cartas siempre han sido documentos de primer orden para conocer —entre otras muchas cosas— el pensamiento estético de los creadores de las más variadas artes. Mozart, Keats, Cézanne, Van Gogh, y tantos otros. También el epistolario que mantuvo Claudio Rodríguez con el hispanista Philip W. Silver revela aspectos cruciales de su creación y de ahí el interés de estas 16 cartas enviadas a su corresponsal entre 1978 y 1997. Por ellas nos enteramos de que Claudio está escribiendo un nuevo libro (Casi una leyenda), del que le envía a Silver poemas mecanografiados y con correcciones al margen manuscritas, que se imprimen tal cual en este volumen. Quiere saber qué opina de los mismos el profesor y crítico. ¿Me echas una mano?
Al poco tiempo, nos enteramos de que Silver está preparando una antología sobre la poesía de Rodríguez para Alianza Editorial. Entonces el poeta se ofrece a su amigo para aclarar algunos puntos de sus poemas, sobre todo los de Don de la ebriedad, en ocasiones “oscuros”, asegura el propio Rodríguez. Silver recoge ese guante y le pide ayuda sobre un poema de ese libro (no especificado) y también algún dato sobre su biografía. Entonces Rodríguez le habla de la muerte repentina de su padre cuando él tenía 13 años y de que la poesía le salvó del naufragio total que trajo a su vida esa tragedia. Además, le explica que Don de la ebriedad —el libro que le salvó, escrito cuando tenía 18 años (pariente en esto de Rimbaud y en algo más)— es fruto del entusiasmo, el éxtasis, la inspiración, el inconsciente, y que todo él, en su organización, es arbitrario y que carece de temas – salvo en algunos casos. La experiencia del “no ser” es la clave: disolverse en lo admirado y sentido en pleno éxtasis. Una experiencia marcadora para siempre, que persiguió a Rodríguez de por vida, como nostalgia total.
Aprovechando el tirón —no fácil—, Silver consigue que el poeta se explique sobre otros poemas —pertenecientes ya a otros libros suyos— que van a aparecer en la antología, y uno de ellos es Brujas a mediodía, cuya primera intuición surgió en Burgos, mientras contemplaba la catedral el poeta y veía por allí a unos niños jugar. Aquí surge la idea crucial de la contemplación, que suple las carencias cognoscitivas del hombre. Si no podemos conocer (ni poseer) la realidad por medios racionales, la contemplación te permite “convertirte en lo que contemplas”, y eso es una forma de conocimiento gloriosa y suprema, además de ser “una forma de fe” porque “cuando se contempla, uno espera cierta resurrección, o el presentimiento de una nueva realidad, de una vida misteriosamente incognoscible”. No se atreve a hablar de Dios y de una vida más allá de la muerte, pero eso es lo que quiere estar diciendo (en Casi una leyenda, desesperadamente, se agarra a esa esperanza, por ejemplo, en su gran poema ‘Los almendros de Marialba’).
Nos enteramos también de otras cosas. Claudio Rodríguez rechazaba el tinglado literario, sus tejemanejes y mentiras; le agobiaba Madrid y la politiquería de la Transición; tendía a perderse en ambientes sencillos (mercados y tabernas); tenía rachas de desidia y pereza, pero también de exultante creatividad, y amaba la amistad por encima de todo (él, que era esencialmente solitario). Llegó a dar clases de Poesía en la Universidad Complutense de Madrid, de la que fue en su día estudiante (como W. H. Auden acabó dándolas en su universidad, Oxford), y eso le colmó en sus últimos años. De todo eso hay noticias en estas cartas trascritas, anotadas y excelentemente prologadas por Ángel Luis Prieto de Paula, cuya impagable promotora ha sido Cristina Vizcaíno, amiga del poeta y viuda del destinatario de las cartas, Philip W. Silver.
Cartas a Philip W. Silver
Claudio Rodríguez
Fundación Jorge Guillén, 2026
97 páginas. 18 euros



