Brasil decide su futuro entre Lula y Bolsonaro, un estadista desgastado y el hijo de un ultra
Brasil celebra este domingo unas elecciones presidenciales y legislativas que son el tercer duelo electoral consecutivo entre la izquierda democrática que representa Luiz Inácio Lula da Silva y la extrema derecha de los Bolsonaro. Cambian los protagonistas pero no la sustancia. Lula, de 80 años, proclama que el pueblo está llamado “a elegir entre democracia y barbarie”; el senador Flávio Bolsonaro, de 45, eleva la batalla a confrontación “entre el Bien contra el Mal”. Los comicios son un mano a mano entre un estadista desgastado que busca un cuarto mandato, y el heredero político, investigado por corrupción, de un movimiento político ultra. Un aspirante al que se adhieren conservadores y todo el que odia a Lula. El ambiente es de apatía aunque los favoritos llevan meses empatados en las encuestas, proponen modelos antagónicos de país, literalmente, no quedan casi indecisos. Es muy improbable, pero no imposible, que la elección presidencial quede decidida esta noche.
Cunden el desencanto y la resignación entre el electorado brasileño pese a que estos comicios en la segunda democracia de América tienen, a primera vista, todos los ingredientes para ser un duelo dramático: Lula libra la batalla final de su vida política; para los Bolsonaro, es la hora de la revancha., mientras, los Estados Unidos de Trump extienden su larga sombra sobre el único gran país latinoamericano, con México, que resiste a su ofensiva para ampliar su influencia en la región.
Casi 159 millones de brasileños están convocados a unas elecciones gigantescas. Eligen jefe del Estado, pero también la Cámara de Diputados, dos tercios del Senado, a los 27 gobernadores y las Cámaras parlamentarias estatales. Si alguno de los candidatos presidenciales alcanza el 50% más uno de los votos válidos este domingo, quedará electo. Una posibilidad que se considera altamente remota. Lo más probable es que el 25 de octubre Lula y Bolsonaro se midan en un duelo final para el que las encuestas pronostican un empate técnico. Los mercados de predicción, como Polymarket, han abrazado con entusiasmo al ultraderechista.
Bolsonaro hijo promete respetar los resultados. La polarización ha convertido las victorias electorales por la mínima en algo cotidiano, véase Colombia y Perú en los últimos meses. Hace cuatro años, Lula conquistó la victoria más apretada de la historia de Brasil (1,8 puntos). Ahora, los sondeos apuntan una diferencia aún menor. Casi un cara o cruz para decidir el rumbo de una potencia media de 214 millones de habitantes.
El voto útil ha ganado tracción esta semana. Lula se lo juega casi todo en esta primera vuelta porque la izquierda concurre unida bajo su liderazgo y los candidatos secundarios, todos de derechas o anti Lula, se decantan por pedir el apoyo al senador Bolsonaro para la segunda vuelta. El candidato del Partido de los Trabajadores (PT) echó mano del poder presidencial en la campaña. Acaba de incrementar un 15% la ayuda Bolsa Familia contra la pobreza que reciben 20 millones de familias, ha prohibido las apuestas deportivas, que han generado una epidemia de deudas y problemas mentales, y promete que la sanidad pública ofrecerá inyecciones adelgazantes gratis. También afirma que moderará el gasto para reducir la deuda pública (82%) pero sin sacrificar las políticas sociales.

La familia Basilio es fiel reflejo de los cambios trascendentales que generaron. El sábado las hermanas Joana, de 47 años, e Isabel Basilio, de 55, cocineras, esperaban con una multitud a Lula para un último acto electoral en la avenida Paulista de São Paulo. Llegaban desde Jabaquara, una barriada popular de la periferia donde “tenemos ambulatorio de salud, calles asfaltadas y guardería gracias a la izquierda”, explica la menor. Y enfatiza: “La izquierda sigue pensando en lo colectivo, mientras a la derecha solo le preocupa lo individual”. La mayor da un ejemplo de hasta qué punto han cambiado los horizontes para los brasileños pobres negros. “Tenemos tres estudiantes de Medicina en la familia, hacen odontología, neurología y biomedicina. Cuando nosotras crecimos, la universidad era algo muy distante”.
Si vence, la primera decisión presidencial de Bolsonaro será indultar a su padre e impulsar una amnistía para los implicados en el asalto al corazón de los Tres Poderes en Brasilia, a los siete días de que Lula asumiera la jefatura del Estado con el mandato de reconstruir los destrozos de su predecesor. La tesis bolsonarista de que el expresidente de extrema derecha es un perseguido político y aquel ataque fue mero vandalismo está extendida más allá de su núcleo radical. A la histórica desconfianza de los brasileños en las instituciones, se une que su apego a la democracia es el más reducido de la región, solo superado por Guatemala. El porcentaje de brasileños que opina que democracia es preferible a cualquier otra forma de Gobierno ha caído del 45% al 41% en dos años, según el último Latinobarómetro.
Los pocos indecisos que quedan, cuyos votos definirán el resultado y el rumbo que toma Brasil, ni siquiera tuvieron la ocasión de ver a Lula y a Bolsonaro salir de sus cámaras de eco y debatir cara a cara en directo. Iba a ser este jueves, en el horario estelar de las telenovelas. El único rato que muchos electores ni-ni —ni Lula ni Bolsonaro— entre los más pobres a los que la vida cotidiana ahoga en buscarse la vida tienen para engancharse a la campaña electoral y elegir candidato.
El presidente Lula, refugiado en una leve ventaja impulsada por una falsa noticia sobre la virgen de Aparecida, decidió no comparecer al debate de Globo, con lo que hirió de muerte uno de los momentos estelares de las campañas electorales en Brasil. Prefirió dar una entrevista a un podcast amigo (seguido por 1,5 millones de internautas en directo). Mientras, Bolsonaro protagonizaba uno de esos directos en YouTube (con una audiencia de medio millón) que su padre convirtió en mensaje semanal a la nación.
Nadie recuerda una campaña tan atípica como esta en Brasil. Un enrevesado caso de fraude que salpica a medio tribunal Supremo y a importantes políticos de derechas y alguno de izquierdas ha monopolizado el debate junto a la expectativa de revelaciones-bomba que sentenciarían la elección. Los asuntos que más preocupan a la ciudadanía, la seguridad pública y la economía, quedaron como secundarios. En cambio, el combate al feminicidio se ha hecho un hueco en los discursos de los candidatos, paradójico en la elección más masculina de este siglo en Brasil. Ni una mujer entre los seis primeros candidatos y sus vices.
Y aunque millones de brasileños suspiraban por la aparición de un candidato que rompiera la dicotomía en la que se ven atrapados hace una década, nadie distinto de Lula y Bolsonaro ha logrado despegar en los sondeos. El que más lejos llegó es un escritor de libros de autoayuda.
La lucha por cada voto es feroz y el hartazgo, colosal. Ambos candidatos tienen índices de rechazo altísimos. A Bolsonaro hijo le perjudicó que se desvelaran sus lazos con el cerebro del fraude millonario del Banco Master, pero ha salido indemne, según los sondeos, de la investigación por corrupción que siguió a aquella revelación. Mientras, los brasileños progresistas respaldan a Lula como el único dique frente al peligro de involución del bolsonarismo, pero existe mucho cansancio con el líder del PT.

Domingos, 65 años, barrendero municipal en São Paulo, mono naranja y escoba en mano, se toma un respiro para esperar la llegada de Bolsonaro hijo, al que piensa votar. “En la elección pasada voté por Lula pero necesitamos un cambio. Basta. Lula ya ha dado todo lo que podía dar de sí. Necesitamos ideas nuevas para la economía, para ayudar a los más necesitados”. No es que tenga confianza plena, pero Domingos quiere creer que Bolsonaro se ocupará de eso. No ha oído que prepara un tijeretazo del gasto público. Cuenta Domingos que, a su edad, sigue trabajando porque la Seguridad Social le hizo mal los cálculos para la pensión. Así que le quedan dos o tres años barriendo calles en la metrópoli hasta resolver ese lío. Cree que su esposa seguirá fiel al PT. Y los seis hijos… quién sabe.
En la acera de enfrente Helena, de 21 años, agita una bandera electoral del gobernador paulista, que es de derechas y aspira a la reelección. La joven vive de trabajillos como este por el que le pagan 100 reales al día (17 euros, 19 dólares). Marcará en la urna electrónica el 13 de Lula porque “Lula es el menos malo”. Y porque “Flávio quiere quitar el voto a las mujeres”, una afirmación infundada. ¿Y qué le pide al próximo presidente? “Cumplir lo que promete”.
Ocho años atrás, cuando Jair Bolsonaro dio la sorpresa y ganó las elecciones, Lula estaba en la cárcel (por un caso anulado después) y el ultraderechista encarnaba un fenómeno aislado en América Latina. Ahora él está en prisión, condenado a una larga pena por liderar el ataque más grave a la democracia brasileña, que incluía matar a Lula, y el movimiento político que creó en estos años ocupa un lugar central en la política brasileña frente al Partido de los Trabajadores (PT). América Latina ha abrazado en los últimos tiempos las tesis de Trump y de los conservadores más reaccionarios como demuestran los siete triunfos consecutivos cosechados en los comicios celebrados desde que el republicano regresó a la Casa Blanca hace menos de dos años. Los brasileños tienen en su mano romper esa racha. O no. Y decidirlo ahora o en tres semanas.



