Política

A Sol no llega el fin del mundo

Viernes noche en Madrid. Cuando en Preciados se adivinan ya las tiendas de campaña de Sol y los carteles enormes que anuncian la lucha, una voz que no se sabe de dónde viene clama entre las muchedumbres. Pertenece a un hombre desgañitado, viejito de pelo blanco, con la nariz y el mentón casi encontrándose. Se llama Héctor, es ecuatoriano y tiene mérito: al lado de la zona cero de las masivas protestas por una vivienda digna, con España en convulsión harta de precios prohibitivos y desahucios, Héctor predica el fin del mundo y pide a la gente que vuelva a Dios. “¿Qué le parece lo que está ocurriendo ahí, en Sol?”, le pregunta el periodista señalando la plaza. Héctor, escoltado por una mujer llamada Noemí, se acerca y susurra misteriosamente: “Los tiempos finales son siempre tiempos peligrosos. Tiempos inciviles”. Luego, pide a Noemí que enseñe al periodista unos textos de Timoteo. “Lo primero que tiene que hacer la gente es arrepentirse y volver a Dios”, concluye. Y se despide con una sonrisa para volver al vociferío.

En Sol directamente no se puede andar. Los pocos pasillos interiores que dejan las tiendas de campaña están cortados por limpieza, así que riadas de gente circundan la protesta. Hay periodistas haciendo el directo (Lara Hermoso con Radio Nacional, José Luis Sastre con la Cadena SER), hay manifestantes agolpándose en los alrededores del oso y el madroño; hay, sobre todo, muchísima gente que ha venido aquí a hacer fotos y grabar con sus teléfonos con una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Muchísimos carteles demandan que no se tomen imágenes. Quieren evitar, dice Óscar, 24 años, que la protesta se convierta en un objeto turístico más de Madrid. “Somos muy atractives pero no un atractivo turístico”, dice un letrero mirando a la fachada de la Comunidad. Pero las reservas no están muy justificadas. Sol lleva varios días siendo el epicentro de algo tan grande que sus temblores no solo llegaron con insólita urgencia al Congreso, sino que amenaza con echar tierra a la legislatura y ha sacado a miles de personas en toda España. Quien está en Madrid de paso o quien vive aquí, quiere llevarse un recuerdo.

Esta ciudad laberíntica construida en unas pocas horas, que tiene calles y plazas, asambleas espontáneas, puntos de salud y de cuidados, almacén de materiales, ha logrado que una crisis que hasta ahora era estadística, de urgencia solo de boquilla en los púlpitos políticos, sea un conflicto que ha estallado en todo el país después del desahucio de Maricarmen Abascal. En los últimos años se han viralizado decenas de ofertas de pisos cochambrosos o directamente zulos, lugares en los que es imposible vivir literalmente de pie, a precios prohibitivos; el humor ha canalizado esto de una forma estupenda, utilizando el sarcasmo como denuncia. Lo ocurrido después del 26 de septiembre ha sido un “se acabaron las risas”. Se rompió algo. En 2025, el 44,3% de los españoles de 26 a 34 años seguía viviendo con sus padres, entre ellos, el 47,3% decía que la razón principal era que no podía permitirse comprar o alquilar. De todos los españoles que habían buscado casa sin conseguir mudarse, el 67,2% señalaba como obstáculo principal el precio. Así que una señora de 87 años expulsada del piso en el que llevaba más de siete décadas ha funcionado como lo que los sociólogos llaman un shock moral, es decir, un caso individual que permite reconocer de golpe un agravio colectivo. El nerviosismo entre los que no quieren que nada cambie por intereses que el tiempo revelará es tal que en los últimos días se han dedicado a advertir del mal carácter de Maricarmen Abascal, al parecer según sus antiguos caseros, vaya por Dios, una mala vecina, como si en Sol estuviese la gente acampada para reclamar que la vivienda sea un derecho únicamente de buenas personas: de aquellos, más bien, que sus caseros entiendan como ciudadanos de bien.

En la Plaza de la Perra, junto al estanco que está en medio de Sol y que ahora sobrevive (“ha bajado el negocio, claro, es que hay que meterse por aquí dentro para llegar”, dice el empleado), están trabajando Manuel, Lucía y Gaspar. Un cartelito exige silencio entre la medianoche y las ocho de la mañana, porque estar descansados “es imprescindible para la lucha”. Manuel tiene 22 años, compagina sus estudios con su trabajo y vive con sus padres. No tiene ni idea de cuándo conseguirá independizarse: duerme en Sol estos días para empezar a tenerla, protesta y acampa para que su generación la tenga también. Gaspar tiene 19 años y vive solo con su madre en Aravaca, es una familia, dice, “monomaternal”. Lucía, de 22 años, acaba de graduarse y vive con sus padres. Los tres se conocían de antes, con un grupo más grande de amigos, han acampado en Sol y viven en la calle de la Perra y en la plaza de la Perra. Dos calles más allá, puede verse Los de la Periferia y Los del Establo, y ya lindando con la calle Mayor, la zona del pueblo gitano. Manuel, Lucía y Gaspar trabajan en una suerte de almacén improvisado en el que hay cuerdas, tijeras, cintas, cartones. Reparan ahora varios letreros de calles estropeados por la lluvia. No siguieron en la mañana del viernes la votación del Congreso, aunque estaban pendientes de las noticias. “Cuando supimos el rechazo de Junts la noche antes, supimos que se perderían. Y que seguiremos aquí hasta que se ganen”.

Una corresponsal de la televisión pública portuguesa entra en directo en el momento en que varios activistas piden, por favor, a los turistas que se aparten. “No somos monos de feria”. Si en 2011 el 15M ocupó Sol cuestionándolo todo (la democracia, los bancos, el empleo), en 2026 se ha llegado al mismo lugar con un objetivo muy concreto: la vivienda. Quizá por eso, por la rápida y eficaz movilización de gente, por la demanda colectiva y el hartazgo detectado en muchísimas capas de la población, no solo los jóvenes, el Gobierno tardó tres días en someter a aprobación dos decretos-ley. Sol, el microcosmos de reivindicación generado por el hartazgo y el desencanto, ha demostrado poder plantar leyes sobre la mesa, pero no aprobarlas.

Olalla y Martina, dos jóvenes que comparten piso, no creen que, si las leyes no salen adelante, Sol no habrá valido para nada. “Hay conciencia colectiva”, dice Martina, estudiante. “Antes no encontrar piso era un marrón que te comías sola: no gano suficiente, elegí mal mi profesión, debería irme más lejos, tendría que compartir piso. Pero una acampada, esto de apoyarnos unos a otros y cubrirnos, y trabajar juntos, y protestar juntos, hace mucha fuerza”. Esta es exactamente una de las funciones de los movimientos sociales. Los números explican por qué: el Banco de España calcula que el 32,5% de los hogares españoles que alquilan a precio de mercado dedica más del 30% de su renta neta al alquiler; entre los menores de 35 años, el 34,2%. En Madrid llega al 41,3%, Barcelona al 43,5%, Sevilla al 46,8% y Málaga al 46,7%. Y hay algo generacional muy delicado de digerir: ahora se puede ser “precario” teniendo trabajo. En 2011 el símbolo era en buena medida el joven parado después del desastre financiero. En 2026 ya tienen empleo, de poco les sirve. Volvemos al Banco de España: dos jóvenes que quisieran emanciparse juntos con rentas similares tendrían que dedicar de media el 36,5% de su renta neta al alquiler, y cerca del 50% en Madrid, Málaga, Barcelona o Valencia. Esto cambia incluso la idea tradicional de ascenso social: el trabajo ya no garantiza automáticamente la puerta de entrada a la vida adulta.

La vida adulta, de hecho, es un sueño cada vez más lejano. En 2011 se hablaba del sistema entero; ahora se habla de una puerta, unas llaves, una habitación, un casero y una transferencia a principios de mes. Se habla por tanto de poder dejar de vivir con los padres, de no volver a casa de ellos después de una ruptura, de tener hijos sin hacer antes un excel terrorífico. La vivienda, que durante años fue charla económica, es ahora en España una charla biográfica.

Héctor sigue, hora y media después, pidiendo en los márgenes de Sol que la gente se arrepienta y vuelva a Dios. Anuncia tiempos difíciles y el fin del mundo ante una plaza llena de gente reclamando poder empezar el suyo. A unos metros, Manuel, Lucía y Gaspar arreglan con cinta adhesiva los nombres de las calles de su pequeña ciudad provisional. Se beben muchas cervezas. Alguien entra en una tienda a dormir. Uno pregunta cuánto tiempo piensan quedarse.

Dejó dicho Pitita Ridruejo que a mucha gente no le convenía que llegase el Apocalipsis. Es probable que haya gente a la que le venga un poco mal. Lo que es seguro es que, si finalmente tiene que venir, cualquiera preferiría recibirlo en su propia casa, sentado en su propio sofá o asomado a su propia ventana.


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