Dos migrantes marroquíes aseguran que los forzaron a salir de Ceuta: “Nos dijeron que ya se había tomado la decisión de devolvernos”
Dos migrantes marroquíes de 22 y 25 años que dormían en los asentamientos informales de playa Benítez, en Ceuta, han relatado a EL PAÍS que el pasado martes regresaron a Marruecos porque un traductor de la Policía les dijo que la decisión de devolverles al país vecino “ya se había tomado” y que nadie les ofreció la posibilidad de pedir protección internacional, ni les tomaron información o huellas. “No me preguntaron si quería volver a Marruecos. Me arrojaron en contra de mi voluntad”, mantiene el joven de 25 años. “Nos condujeron hasta entregarnos al Ejército marroquí”, añade el de 22 años. Los migrantes llevaban en la ciudad autónoma desde la entrada masiva del pasado 30 y 31 de julio y creían que les iban a trasladar a un centro de acogida temporal del Gobierno. Sin embargo, aseguran que terminaron en la frontera y horas después metidos en un autobús, con miembros del Ejército marroquí, que los dejaron a cientos de kilómetros de la ciudad autónoma.
Fuentes del Ministerio del Interior aseguran que el martes, día en el que un dispositivo policial desmanteló el asentamiento de playa Benítez, “no se llevó a nadie de la playa directamente a la frontera” y que quienes regresaron a Marruecos lo hicieron “por voluntad propia”. El dispositivo policial tenía previsto trasladar a los migrantes al Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) “para realizar las actuaciones policiales” previas al inicio de sus expedientes, y que incluyen la filiación de cada uno de ellos. Después les llevarían al campamento de Loma Colmenar, donde habían quedado plazas. Pero antes de llegar al recinto policial, recibían una explicación de los “siguientes pasos” y “muchos renunciaron”.
Los autobuses policiales en los que trasladaron a los migrantes se detenían en una puerta que conecta el Polígono industrial de El Tarajal, donde se encuentra el CATE, y que está muy cerca de la frontera. En este punto, iban bajando, de tres en tres, y recibían una explicación de personas con chalecos policiales. En esa conversación les venían a dar la opción de retornar de forma voluntaria o pasar al recinto policial, según explican varias fuentes. Esta última opción implica que la Policía les filiaría, en caso de recibir una resolución negativa al asilo, algo muy probable para la población marroquí porque se considera un país seguro, se les complicarían futuros intentos de entrada y asilo. El martes fue el segundo día desde el 10 de agosto en el que se ha registrado un mayor número de esas salidas voluntarias. Más de 400 personas dejaron la ciudad autónoma por esa vía, según datos del Gobierno. El Gobierno cifró hasta ese día en 7.794 el número de retornos voluntarios.
Los dos entrevistados por EL PAÍS insisten en que no les dieron ningún tipo de explicación sobre sus opciones, sino que recibieron una imposición. Previamente, habían hablado entre ellos de solicitar protección internacional e incluso de pedir un abogado. Prestan su testimonio desde diferentes puntos de Marruecos, a través de mensajes de Whatsapp, con una petición de anonimato. Sus nombres se han cambiado porque tienen miedo a ser identificados y terminar en prisión. Estos son sus relatos:
Youssef, 22 años: “No nos pidieron ni nuestros nombres”
Youssef, 22 años, asegura que el martes, sobre las 7.30, una serie de golpes en las tiendas de campaña de la playa Benítez le despertaron. “Nos sorprendieron ruidos de carreras a nuestro alrededor y gritos: ‘¡Salid de dónde estáis!“, decían. “Nos juntaron y nos obligaron a sentarnos en el suelo, en la zona cercana a las escaleras, por el lado de la planta desalinizadora”. “Nos impidieron sacar los móviles o usarlos y nos trajeron a un traductor español de origen marroquí, que nos dijo que todos estos procedimientos tenían como objetivo llevarnos al campamento para registrarnos allí”, relata.
Según su testimonio, les subieron a autobuses policiales blindados y equipados con cámaras, y viajaron, escoltados por coches policías, hasta “entrar en el paso fronterizo”, donde les sacaron de tres en tres. “Un traductor de origen marroquí que llevaba un chaleco de la policía nos informó de que se había dictado una orden para sacar a todas las personas que se encontraban allí, ya estuvieran en tiendas, en las calles o en las playas. Después, nos sacaron por una puerta que da hacia el lado del mar, y nos condujeron hasta entregarnos al Ejército marroquí. Y durante todo este procedimiento, no nos pidieron que dijéramos nuestros nombres, ni nos pidieron firmar ningún documento o papel”, relata desde Marruecos.
La siguiente fase del viaje fue la más dura, según Youssef. Sobre las 10.15 del martes, hora peninsular, le escribió un mensaje de WhatsApp a su hermana que decía: “Nos han sacado. Nos han subido a un autocar”. Youssef describe lo vivido en las siguientes 18 horas, hasta las dos de la madrugada del día siguiente, como una experiencia llena de “miedo, humillación y sufrimiento”. “Cuando nos entregaron al ejército marroquí, nos quitaron toda la ropa y pertenencias, excepto los teléfonos y nos hicieron poner la huella en un papel cuyo contenido no conocíamos hasta que la pusimos”, añade. “En el papel ponía que no intentaremos cruzar de nuevo a Ceuta nunca y que asumimos toda la responsabilidad si lo intentamos de nuevo, y que hemos sido tratados de forma humana”.
En esas horas, los tuvieron sentados en el suelo, sin comida ni bebida y recibiendo insultos. “Sentí que mi dignidad no significaba nada (…) Hay experiencias que no necesitan meses para romper algo dentro del ser humano”. “No pido compasión ni tengo deseo de venganza, pero lo que pasó debe ser contado. La dignidad del ser humano y sus derechos no se deben ignorar, sean cuales sean sus circunstancias y su situación legal”, reclama.
“Después de terminar todos los trámites, nos subieron a autobuses y nos dijeron que nos darían una comida, pero no nos dieron nada”, cuenta. “El autobús salió sin parar desde las dos de la mañana hasta las diez y media de la mañana, sin saber a dónde nos dirigíamos. Entre nosotros había diabéticos”. Les dejaron en Fquih Ben Salah, en el centro-oeste del país. “Entre nosotros había personas que estaban a más de 600 kilómetros de su casa, sin dinero, comida ni haber dormido y con la ropa sucia”.
Samir, 25 años: “Un intérprete nos comunicó que íbamos a ser devueltos”
Samir, de 25 años, se hizo amigo de Youssef en Ceuta. Explica que el martes ya llevaban dos días sin poder moverse de playa Benítez porque los agentes de Policía Nacional se lo impedían. “Ese tiempo estuvimos sin comida, según nuestra experiencia, sin acceso suficiente a agua y a un lugar adecuado para hacer nuestras necesidades”. “Nos dijeron que nos llevarían a nuevos alojamientos. A pesar del hambre y la sed, nos sentimos felices porque pensamos que finalmente íbamos a tener un lugar donde dormir”, añade.
El martes, cuando se produjo el desalojo, tanto él como su amigo se temieron que les querían “devolver a Marruecos”. “Le comenté a Youssef: ‘tenemos que pedir un abogado, tenemos que decir que queremos solicitar protección internacional’. Él estuvo de acuerdo”, agrega.
“Cuando llegamos al paso fronterizo, no recuerdo que nos hicieran preguntas detalladas sobre nuestra situación, ni que nos tomaran las huellas dactilares, ni que realizaran un procedimiento de identificación que yo esperaba en una situación así. Finalmente, un intérprete nos comunicó que íbamos a ser devueltos a Marruecos y que existía una decisión para ello”, añade.
“Al regresar [a Marruecos], nos quitaron nuestras pertenencias”, continúa. Él también terminó en un autobús vigilado por el Ejército y llegando a su casa por sus propios medios. “No quiero presentarme como una víctima perfecta, ni acusar a quienes trabajan en las instituciones españolas. Sé que las situaciones migratorias son complejas y que también existen problemas de seguridad y de convivencia que deben ser tratados. Escribo esto porque esto es lo que yo viví”, termina.


