Política

De Sol no se mueve nadie


Los caseros han reculado y le han devuelto su casa a Maricarmen Abascal. El Gobierno ha sacado dos decretos a toda prisa para contentarlos. Torcerle el brazo al poder político y al empresarial, sin embargo, no resulta suficiente. De momento, los jóvenes acampados en Sol por la crisis de la vivienda no piensan recoger sus cosas.

De hecho, han empezado a hacer un ejercicio de nomenclatura urbana basándose en un mapa que reproduce la acampada. La avenida 26 de Septiembre, por el día en que llegaron, se cruza con la calle Maricarmen, la mujer que, resistiéndose a ser desahuciada, encendió la chispa de esta protesta. Homenajean en una esquina al anarquista español Buenaventura Durruti y en otra no se olvidan de Gaza.

Cinco amigos se sientan en La Komuna de Sol, un espacio improvisado entre dos tiendas de campaña decorado con una manta y unas sillas de camping que han llamado así porque les da la gana. Los decretos firmados en el Consejo de Gobierno les dejan fríos. “No queremos parches”, dice Martín López, un chico de Jaén de 23 años. “Queremos acabar con el rentismo, no reformarlo”, dice a su lado Antonio, de 18. ¿Entonces? De aquí no se mueve nadie. Por si quedaba alguna duda, la decisión se tomó de forma unánime en una asamblea celebrada al caer la noche en la que participaron miles de personas. No cabía un alfiler.

Había curiosidad por ver cómo recibirían los acampados la aprobación de los decretos en La Moncloa. Sencillamente, no ocurrió nada. La noticia corrió entre los teléfonos móviles y por el boca a boca, pero no hubo reacción colectiva. Si algún ministro esperaba aplausos, se quedó con las ganas. Los jóvenes han descubierto el poder de su movilización, que en 48 horas logró poner a la clase política a negociar. Pero este es solo un primer paso y quieren aprovechar esta capacidad de presión para tratar de cambiar un sistema que consideran injusto.

Llegaron el sábado por la noche. El domingo por la mañana ya habían levantado esta especie de ciudadela y por la noche lanzaron un ultimátum de 48 horas a Pedro Sánchez y sus socios. El lunes se multiplicaron las tiendas de campaña, llegó gente de otros lugares de España. La empresa que echó a Maricarmen, a medianoche, se echó atrás. El martes, y después de muchas horas de negociación, el Gobierno aprobó de urgencia los decretos.

Hasta aquí, los acontecimientos se han sucedido a una velocidad de vértigo. ¿Y ahora? Toca esperar al viernes. Los decretos, uno aparentemente con más consenso y el otro menos estable por la distancia entre los socios de investidura, llegarán al Congreso, donde pueden ser tumbados. A partir de ahí, y en función de lo que pase, Dios dirá. “El pulso no se ha acabado, se va a sostener hasta que consigamos todo lo que queramos”, dijo la portavoz del Sindicato de Inquilinas, Valeria Racu.

El sindicato logró convertir el desahucio de Maricarmen en un caso universal y ha sido muy metódico a la hora de organizar la vida del campamento. No tienen nada que envidiarle a Live Nation, la compañía encargada de la residencia de Shakira. Detrás de todas las grandes decisiones siempre se encuentran ellos. Es fácil identificarlos por el peto naranja que visten. Con el paso de las horas, sin embargo, la estructura no ha parado de crecer y han surgido nuevos liderazgos que, por ahora, no han colisionado entre sí.

En la parte central de la acampada la gente discute con calma. Se improvisan conciertos, lecturas grupales y debates. La noche anterior fue larga y algunos van con un Red Bull en la mano. Ha sido en las calles que acaban en Sol donde se han producido incidentes entre los manifestantes y gente que ha venido a criticar la movilización. En ocasiones han llegado a las manos y la policía ha tenido que intervenir. Las protagonizan personajes folclóricos.

Un señor con barba y gafas entró en Sol elogiando a Franco, a voces, dirigiéndose a todos y a nadie. Acabó enfrentado con un chico joven pero con poco pelo, nostálgico de la vida en la URSS, con las uñas pintadas de azul y un Red Bull en la mano. Cuando los separó la policía, acalorado y con las pulsaciones por las nubes, el fan de Lenin dijo: “No me gusta ponerme así de agresivo, pero si hace falta ejercer la ultraviolencia contra estos fascistas como hace 80 años.”. Nadie lo tomó en serio y la gente siguió a lo suyo.

Durante todo el día, la Policía Nacional rodeó Sol, pero en ningún momento transmitió la sensación de que fuese a actuar. El Gobierno ha dicho que no tiene pensado desalojar a los jóvenes. De hacerlo, la imagen de Gobierno progresista podría quedar en entredicho. El Gobierno de Madrid, en cambio, ha pedido claramente que los saquen por el problema que están generando a los vecinos y los comerciantes, y ha amenazado al delegado del Gobierno con una demanda en caso de no actuar. Parece poco probable que los acampados le vayan a poner el nombre de una calle a Isabel Díaz Ayuso.

Son cientos los muchachos que duermen aquí por la noche, pero miles los que pasan el día. Muchos vienen antes o después de ir al trabajo o a la universidad. Los jubilados se pasan las mañanas curioseando entre las carpas. Unos bomberos que se oponen a participar en los desahucios, un papel desagradable que a veces les toca, fueron la sensación durante unas horas por su belleza. Se ha paseado gente con una gorra en la que se leía Make Israel Palestina Again. Se ha discutido un buen rato sobre qué quería decir la pancarta indescifrable que traía una señora; más tarde se llegó a la conclusión de que se refería de manera críptica a Ceuta. Se habla de todo menos de irse. La energía fluye, se crea comunidad. La gente está a gusto. Por ahora, de aquí no se mueve nadie.


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