Terror inmobiliario
De El pisito, de Rafael Azcona, donde un joven se casa con una anciana para así heredar el piso de ella y poderse algún día instalar allí con su novia, hasta el desahucio de Maricarmen, perpetrado la semana pasada, se condensa la historia inmobiliaria de Madrid como género literario. Esta fue la aventura de nuestros padres y será la aventura de nuestros hijos: sobrevivir con dignidad a un entorno social áspero y desalmado. Las grandes ciudades son máquinas de fabricar soledades acompañadas. La otra mañana, la falta de imaginación moral de las sentencias de la Audiencia Provincial y del Supremo permitió arrancar de su casa a una mujer de 87 años y sacarla de allí en camilla tras toda una vida entre esas paredes. Hizo falta sumar varias dotaciones de antidisturbios, equipo médico de urgencia, helicópteros y brutales cargas contra la resistencia civil como si se afrontara la amenaza de un comando terrorista. El terrorismo inmobiliario tiene de su parte a la ley, mientras no se racionalice la legislación. La precariedad histórica en los últimos años ha aumentado con la venta de pisos de protección oficial a los fondos de capital y la festiva llegada de las grandes fortunas que, con el dinero extraído de sus naciones empobrecidas, compran a precios desorbitados los mejores espacios de la capital. A esto lo llamamos éxito. Imagínense lo que será el fracaso.
Al mismo tiempo conocíamos parte de una trama algo grotesca alrededor de un ático valorado en más de seis millones de euros y adquirido por la Comunidad de Madrid. Puesto en venta a matacaballo para guardar las formas, tan importantes en toda impostura, la subasta quedó desierta. Pero entre medias de todo este circo, con mucho más sigilo, se ha producido otro suceso turbador. El edificio de Telefónica, uno de los hitos arquitectónicos de la Gran Vía, ha pasado a manos de un particular. Ese construcción está vinculada a la historia de la capital desde que se inauguró hace casi cien años. Por su altura y su prestancia, fue un símbolo de nuestra aspiración neoyorquina, nunca del todo zanjada. Firmado por Ignacio de Cárdenas, cuentan que durante las obras desde allí se hizo la primera llamada telefónica transoceánica, cuando el rey Alfonso XIII, al que le quedaban dos telediarios, se puso a charlar con Calvin Coolidge, inquilino en aquel momento de la Casa Blanca. No hablarían mucho, porque al presidente norteamericano lo apodaban Silent Cal, aunque eso sí dio en el clavo cuando le explicó a la actriz Ethel Barrymore, la tía abuela de Drew, que tenía las impresión de que a los ciudadanos les gusta tener a un solemn ass de presidente y él iba a complacerlos. La expresión puede traducirse como solemne pelmazo, arrogante o soberbio.
Desde entonces los soberbios no han parado de ganar elecciones y los sumisos, de acogotarse y aceptar su dieta de humillación y penuria. Este Madrid que se mira en el espejo deforme de Miami, americanizándose con sus urbanizaciones de hiperseguridad privada, sus franquicias de musicales y comida rápida y un deseo indisimulado de convertirse en la capital de la desigualdad social, nos va a ofrecer estos espectáculos televisados como el de una anciana desahuciada por la autoridad para llevarla a morir lejos de lo que ella creía su hogar. Igual que creíamos que el edificio de la Telefónica era nuestro, pero no, tampoco. Con las manos vacías y el corazón roto nos alejamos maldiciendo hasta la próxima entrega de la misma serie. Y la serie es de terror.



