La indignación por la vivienda toma la calle y se planta en Sol
La marcha, multitudinaria, comenzó en Sol y terminó, varias horas después, ya de noche, en la misma plaza, en una acampada que recuerda a la que revolucionó el pais el 15-M de 2011.
A las seis y media de la tarde, en una puerta del Sol abarrotada de manifestantes, el camión que iniciaba la manifestación alzó en su parte de atrás una foto enorme de Maricarmen. Maricarmen Abascal, la anciana impedida de pelo corto y 87 años que fue desahuciada en camilla de su casa el miércoles en un barrio del centro de Madrid por un fondo buitre, se ha convertido en el símbolo perfecto de la crisis de la vivienda que sufren los vecinos de muchas ciudades españolas. Muchos de ellos son de Madrid. Y muchos estaban ayer en Sol. Una señora llevaba un cartel que rezaba: “Yo también soy Maricarmen: me desahuciaron en 2019”. Por eso, los participantes en la manifestación comenzaron a corear la palabra “Vergüenza” cuando vieron subir la foto de la anciana, la misma palabra que gritó el batallón de jóvenes que el miércoles trató inútilmente de parar el desahucio. Solo entonces arrancó la multitudinaria manifestación, organizada por el Sindicato de Inquilinas, que ayer reunió a decenas de miles de personas —la delegación del Gobierno los cifró en 25.000— y que discurrió entre Sol y el Congreso de los Diputados. Al grito de “Vergüenza” le siguió otro igual de explícito: “Fuera rentistas de nuestros barrios”; “Fuera, buitres, de nuestros barrios”.
La pancarta que abría la marcha decía: “No más Maricarmen”. Maricarmen, pues, constituyó el detonante, pero la verdadera razón que empujó ayer a tantos miles de personas a llenar el centro de Madrid era algo parecido a lo que explicó Ángel, un joven de 22 años de Tenerife. Prefiere no decir su apellido por si tiene problemas en la empresa en la que trabaja y contaba que paga 500 euros por una habitación, que se considera afortunado, pero que su suerte puede cambiar en cualquier momento y le pueden subir el alquiler. “Por eso solo unos pocos pueden permitirse el lujo de no venir aquí a protestar. Está lo de Maricarmen, que podría ser nuestra abuela, o nuestra madre, si me apuras, nosotros. Esa, la vivienda, es la amenaza real a nuestra vida, no la invasión de la que hablan en Ceuta. Yo todos los días encuentro folletos de fondos buitre en los buzones de mi casa. Yo los quito, claro, pero la amenaza sigue”.
La manifestación se llenó de jóvenes que enarbolaban con rabia las llaves de sus pisos para protestar por un alquiler que les roba la vida, de activistas que pedían okupar viviendas vacías, pero también había familias con hijos, cuarentones tranquilos con casas que se solidarizaban con las siguientes generaciones, jubilados que se veían amenazados por la subida meteórica de los alquileres o propietarios que no pensaban en ellos sino en el futuro negro de sus hijos o de sus nietos. Uno de estos era Víctor Díez, de 69 años, vecino de Pozuelo, dueño de una casa, que había ido a Sol y había hecho el recorrido de la manifestación por una razón: “Porque soy de los que piensan que la vida tiene que estar por delante del negocio”. O María Antonia Organero, de 67 años, que pedía que el derecho constitucional de la vivienda “se haga efectivo de una vez, blindándolo” y que pensaba en el desahucio de Maricarmen como en un fracaso colectivo: “Hemos fallado todos ahí, aunque el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid tienen más culpa, que conste”.
Hubo gritos encendidos contra la presidenta de la Comunidad que se resumieron en una frase que ya se ha hecho famosa: “El ático de Ayuso, para Maricarmen”. También hubo alusiones al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, al que acusaron de no haber hecho nada para evitar la desgracia de Maricarmen. Y también contra el Gobierno de Pedro Sánchez: “¡¿Dónde está el Gobierno progresista?!”.
Había carteles con las fotos de los propietarios de la inmobiliaria que puso en la calle a Maricarmen, Urbagestión, Ricardo Alonso Fernández y Fernando Alonso Fuentes; también quién llevaba la foto de la anciana desalojada que pedía simplemente: “Esto tiene que arder”; otro que rezaba: “¿Acaparas casas? Pues armaremos barrios”. Muchos llevaban el lema simple de “Así no” y una chica joven cargaba con un cartel que decía, simplemente: “No toleramos un desahucio más”.
Entre los que veían a Maricarmen como un espejo futurista se encontraba Vanessa García, de 42 años, que contaba que el contrato de su piso en Pinto termina en 2031. Y que un fondo buitre ya se ha hecho con el edificio. Por lo que peligra su permanencia en su casa y también la de sus vecinos. “Si no pagamos 350.000 euros por el piso, cuando acabemos el contrato se quedarán con la casa”. Otros ya han perdido: Marta Ortega, profesora de 26 años, nació en el barrio de La Latina, pero ha tenido que abandonarlo para residir en Moratalaz, expulsada por el aluvión de pisos turísticos que llena la zona. “Mi madre vive rodeada de turistas, los vecinos de toda la vida ya se han ido”.
La portavoz del sindicato de Inquilinas, Alicia del Río, aseguró que el desahucio de Maricarmen ha constituido un verdadero “punto de inflexión y un punto de no retorno”. Para refrendarlo, la manifestación, sorpresivamente, no se disolvió después de llegar al Congreso. Regresó a la tantas veces emblemática Puerta del Sol y acampó en la plaza con tiendas de campaña, como ocurrió hace más de 15 años, cuando un movimiento, entonces compuesto por jóvenes indignados, se hizo fuerte en el corazón de Madrid. Ayer se reunieron, alrededor de las 11 de la noche, alrededor de 1.000 personas, y se plantaron una veintena de tiendas de campaña. Su intención era la de aguantar sin fecha y animaron a quien les pudiera oír a sumarse. “Va por Maricarmen”, explicaba ayer Blanca Martínez, una de las personas acampadas, “pero va por todas, porque nos están axfisiando con los precios de alquiler, los fondos buitre y los rentistas”
Con información de Ana María Bosch e Israel Esquivel.


