Benjamín Labatut: “Viví a Dios en carne propia. Eso te destruye y empiezas a rezar para que se aleje”
Como invento poderoso del hombre, la ciencia es una gran ficción capaz de transformar nuestro destino. Un constructo escondido en fórmulas y lenguajes crípticos, alejados del alcance del conocimiento para la inmensa mayoría de la gente. La divulgación ayuda a desenmarañar la madeja, pero algunos elegidos van más allá y pueden transformarla en gran literatura. Es el caso de Benjamín Labatut (Róterdam, 1980) que ha dado en el clavo de esa metamorfosis con obras como La Antártica empieza aquí, La piedra de la locura y, sobre todo, Un verdor terrible o MANIAC (Anagrama).
En ellos exploró los hallazgos de esos genios demoniacos que han configurado el mundo de hoy desde la física y las matemáticas, sobre todo. Científicos que han desafiado todos los límites y conducido a la especie hacia el abismo en el siglo XX y el XXI con inventos que han desbaratado todas las certezas y nos han colocado en la barandilla de la autodestrucción: desde Fritz Haber a Alexander Grothendieck, de Einstein y Oppenheimer a Schrödenger y Heisenberg o John von Neumann, profetas de pócimas liberadoras y aniquilantes, víctimas por sí mismos de delirios sin los cuáles no habrían podido diseñar sus ecuaciones y algoritmos con los que Labatut nos conduce a la metafísica de toda una tragedia colectiva en la que se entremezclan armas de destrucción masiva con física cuántica, enigmas matemáticos e inteligencia artificial con magia, mística y locura sistemática. Asuntos que él dice conocer a fondo desde sus continuas experiencias de búsqueda religiosa, obsesión literaria y ritos para la inspiración que han dado lugar a obras aplaudidas por científicos, políticos como Obama o Pedro Sánchez, escritores y creadores de todo el mundo o una reciente adaptación al teatro de MANIAC por parte de Calixto Bieito en Zúrich, que lo han convertido en un referente fundamental para entender las contradicciones salvajes del mundo en que vivimos.
La química, la física, la matemática y la lógica, ¿explican de manera primordial el ADN de nuestro tiempo?
A mí me interesan las raíces, los fundamentos, lo que sostiene lo demás. En la ciencia, el fundamento es lógico, la base sobre la que se construye la matemática y esta, a su vez, el pilar de sí misma. Hoy en día, estudiar lógica es como estudiar teología.
Habita en un mundo en que los principios científicos, tras la Teoría de la Incertidumbre de Heisenberg, se abren a la paradoja de una manera visceral. Igual que la literatura, que vive de eso.
Siento que son racionalidades completamente opuestas.
¿Por eso le obsesiona hacer que confluyan?
Yo busco la parte más delirante de la ciencia y el delirio es el método de conocimiento de la literatura. La diferencia entre las epifanías espirituales y las científicas es que después de una de estas últimas, el resultado es una ecuación, el lado visible de lo invisible, algo con poder sobre el mundo. Por ende, más peligrosa, incluso. El ser humano siempre ha sufrido los efectos de acceder a algo nuevo. Yo llegué a la ciencia rastreando el espíritu. Yo estaba buscando a Dios.
¿Buscaba mística y se topó con la ciencia?
Por supuesto, encontré una manera de hablar de lo que no se puede hablar. Una manera de apuntar hacia lo que me interesaba más con la ciencia como excusa. Las paradojas, los misterios de la ciencia, su gracia es que son visibles, materiales. Yo trato de ocupar esos descubrimientos, ese lenguaje y esos personajes para referirme a lo literario, que trata de lo eterno, lo esotérico, lo que excede lo simbólico.
Por ese camino ha llegado a conclusiones no muy optimistas. ¿El mayor escudo que ha encontrado para prevenirnos ha sido la literatura?
La literatura es una fábrica de sentido. He tratado de dar una biografía a ciertas ecuaciones. Yo sigo la vida de una idea, busco encarnarlas. El mundo de la mente es real, nuestros sueños, pesadillas, lo que brota de la imaginación para nosotros es más real que cualquier piedra que te topas en la calle. Pero nuestra civilización nos trata de convencer de lo contrario, de que lo real se encarna en técnica o tecnología, en teoría. Sin embargo, lo que brota de nuestra imaginación cambia vidas y transforma sociedades. La ciencia actualmente se hace unas preguntas, pero desprecia otras. No hay nada más ridículo que ver a estos gigantes de la tecnología crear inventos que consumen recursos y propiedad intelectual. ¡Para qué…! Para que alguien te lea el correo. Con eso sueñan. Pero en el fondo todo es para hacer dinero y ya.
Hubo un tiempo en que les escuchábamos decir a los gurús tecnológicos y dueños del invento que era para construir un mundo mejor. ¿Recuerda?
Sí, no pecaban de ingenuos. Pero sí de tontos. Zuckerberg tiene fama de limitado, Elon Musk se voló la cabeza con ketamina, pero los hay mucho más interesantes.
¿Quiénes?
Demis Hassabis [director ejecutivo de Google DeepMind, principal gurú de la IA en la empresa], probablemente el más brillante de todo ese grupo. El único que cree en Dios. Cree que toda salvación viene del conocimiento. Hay conocimiento que surge de todo el cuerpo. El sistema tecnológico más avanzado conoce todo de mi país, pero no tiene la más puta idea de lo que es Chile porque no lo ha vivido. La información es lo que podemos traducir en símbolos, pero la mayor parte de los fenómenos poseen un corazón que se resiste a eso. Como escritor, no empiezas a contar una historia hasta que te das cuenta de que el lenguaje no basta para acercarte a todo lo que buscas, no es suficiente, te traiciona, te enreda, te envenena…
¿Te miente?
Te miente, exacto. Y llegar a ese punto es muy chocante. Aceptar esos límites es fundamental. ¿Cómo lo enfrentas? Lo impronunciable. Wittgenstein se dio cuenta. Entendió que hay mucho más. Muchas maneras de interactuar con las cosas y que son llamas que se extinguen en el mismo momento que se generan, no son transmisibles, no es información. ¿Qué es lo que no se puede describir con palabras? El problema de esa pregunta es que no se puede describir con palabras. Esas son las paradojas que nos sostienen.
¿Y responder con pensamiento y sentimiento?
Se puede de muchas formas. La razón te lleva siempre a ciertas conclusiones férreas, escritas con ecuaciones, incontestables. Pero luego uno las responde viviendo.
Mediante la experiencia, clave.
Eso, e implica la totalidad del fenómeno. El dolor, el delirio, el sueño, la equivocación, las fallas de tu percepción. A quienes no han sido castrados con una mirada científica que todo lo reduce a un cierto ámbito, no les basta con pensarlo. Cualquier camino de sabiduría nos lo muestra. En mis libros, no solo expreso una condena a eso, trato de mostrar que cualquier epifanía no vive solo en la mente, gracias a Dios. Somos muchas otras cosas, capas que seguimos descubriendo. Lo que no conocemos de la realidad, muchas veces, nos salva, nos muestra el camino. Si nosotros pensáramos como un computador o como la IA, no llegaríamos a ninguna parte, nos extinguiríamos en cuestión de años.
Decía que buscaba a Dios. ¿Lo encontró?
Varias veces. Primero fui un ateo rabioso y beligerante. Luego un cristiano fanático.
¿Cuándo?
De los 18 a los 20. Exactamente en la peor edad, cuando mis amigos perdían la virginidad yo andaba de rodillas rezando. Mientras la gente conquistaba su individualidad, yo ayunaba. Por suerte, me curé de ese virus. Aunque las alucinaciones que uno tiene como producto de la religión son muy interesantes. Mucho más fuerte que las que te dan las drogas porque no se van. Pero esa forma de vivir del creyente no me proporcionó sentido.
¿En solo dos años?
Sí, porque es como un amor y yo lo viví de manera fanática.
¿Con pasión?
Exacto. Yo quería vivir ese camino con una intensidad absurda. Estructuré toda mi vida en virtud de eso. Monásticamente, entregado a los demás. Estudiaba la Biblia, me entregaba a la gente de la calle, misa diaria… Yo quería que Dios se manifestara. Quería verlo, experimentarlo. Es medio obvio, ¿no? No me quedé tranquilo hasta que lo viví en carne propia. Y cuando lo vives así, bueno, esto lo sabe cualquiera, te destruye. Te destruye. Te quema. Te revienta. Empiezas a rezar para que Dios se aleje.
Ya… ¿Y dice que lo vio…?
Ver no es el verbo. Lo padeces. Esa es la expresión. Y como con cualquier gran amor, empiezas a soñar con que se vaya, que te deje tranquilo, que te deje vivir. Porque es algo destructivo, se lleva partes de tu ego, tu personalidad, te empieza a reemplazar. Dios es muy violento.
Siempre lo fue y nunca lo disimuló.
No solamente el cristiano, que es bastante manso comparado con otros.
¿Lo buscó dentro de ese dogma?
De cristiano, sí, franciscano, concretamente. Pero a la gente se le olvida. Eran extremos, casi terroristas. Tuve la suerte de que me soltó pronto, porque, claro, no se puede vivir así. Menos a los 18 años, que en términos espirituales eres un niño. Luego entiendes que el fin de cualquier camino espiritual es ir más allá de Dios, aunque la gente no lo acepte. Esa figura cristiana es un poco infantil, algo simplona. Las religiones orientales tratan de mostrarte el reverso, más allá.
¿Accedió a ese reverso?
Diez años después tuve una experiencia intensa con ese reverso.
¿El diablo, quizás?
No… Con el vacío. El diablo cristiano es muy simple, alguien como para jugar al póquer o pedir dinero: una figura menor.
Un gran hallazgo literario, ¿no ha sido una manera brillante de corporeizar el mal?
Una figura menor, para mí. Más interesante es Shiva o Kali, la negra, que le corta la cabeza a su amante que es un Dios y baila encima de su cuerpo, ahí tienes un buen ejemplo para conocer la oscuridad del alma humana. Otro nivel. En Oriente se eleva el bien y el mal por igual. Estas cosas existen. En la literatura. Llegué a ellas guiado por los libros y buscando libros. Eso es lo que me salvó.
La vida del escritor servía para acercarse al abismo, confiesa usted en La Antártica empieza aquí, muy joven.
¿Y qué se hace cuando uno llega? Supongo que quedarse mirando hacia adentro. Cualquier persona que cultiva la literatura entiende que es un arte oscuro, de la sombra y te conduce al abismo. Yo llegué siguiendo a mis ídolos: Borges, Bolaño, Kafka… Pero esa frase es un chiste. El narrador se da cuenta incluso siendo un pendejo de que el abismo no es un lugar habitable para el ser humano, se ríe un poco de esa pulsión ingenua. Si no la tienes, probablemente no escribas nunca, pero después debes desarrollar otras cosas.
¿Cuáles?
Sentido del humor, por ejemplo. Yo dejé de ser creyente para convertirme en practicante.
¿Me lo explica, por favor?
Sí, tú en el fondo puedes acceder a todos los ritos y sistemas de creencia porque te muestran una parte importante de la realidad.
¿Y no será al revés? Cuando a un niño se le educa en el cristianismo, empieza primero por ser practicante, acudir a esos ritos sin entender del todo bien. Si logra comprender ese mundo, entonces se convierte en creyente.
Entiendo, pero no me refiero solo al cristianismo, por Dios. El problema con esa doctrina es su monoteísmo, si te abres a la totalidad de la experiencia puedes llegar a pensar en Dios, que es algo mucho más interesante que creer en él. No solo en uno, sino en todos porque cada cual te va a mostrar una parte de la realidad, un universo completo. A ver, es mejor ser Indiana Jones que un cura. Alguien que busca objetos sagrados por todo el mundo.
¿Qué le queda de toda esa experiencia religiosa o divina? ¿Es creyente?
No, no lo soy. Soy pensante y practicante, devoto del Dios con quien tenga un pacto de turno. En este momento, con Shiva. El único capaz de acabar con el resto de dioses. Un monstruo hermafrodita, un símbolo del vacío. Su riqueza radica en cosas que no se pueden nombrar. Solo se puede hablar de este tipo de dioses con lenguaje paradójico. Es una maravilla. Un fuego que se prende y se apaga.
¿No llega un momento en que con la paradoja debes alcanzar un pacto? ¿Para simplemente convivir con ella ya que muchas no se pueden resolver?
Los escritores buscamos siempre estar invadidos por algo. Si vas a estar solo pendiente de tu subconsciente es lo más aburrido y pedorro del mundo. Negamos lo físico, pero lo seguimos experimentando o padeciendo.
A la trilogía, que cerrará con su próximo libro y que componen Un verdor terrible y MANIAC, ¿cómo la denomina?
Habrá que inventar un nombre. La trilogía de la razón algorítmica. ¡Qué sé yo!
¿Cómo entendió que mediante la ciencia y no la mística, que es de lo que hemos hablado casi todo el tiempo, encontraría un vehículo para explicar bien este mundo?
Después de estas experiencias me quedó la cabeza hecha jirones. Tenía que encontrar un lenguaje. Yo siempre había querido ser escritor. Buscaba a Dios para eso, siempre con afán literario. Pero he sido expulsado. Ellos se dan cuenta de que entras ahí para escribir un libro y los grandes te echan. Entonces debía encontrar una manera de utilizar lo invisible mediante lo visible. Y yo uso la ciencia, que es muy concreta y apunto más allá de ese objeto.
¿Para ello escogió una serie de científicos que se toparon con la locura?
Bueno, no son todos locos, pero sí han luchado con un agujero negro. Algo que no seamos capaces de entender. Una paradoja central. Existen misterios en la ciencia que saben que no se van a poder resolver. Y se parecen mucho al de los misticismos. Cuando hablas de ciencia debes tener humildad como para saber que tratas con lo incognoscible. Describo personajes que buscan su borde y empujan el límite. Si lo traspasas, te instalas en tierra de nadie. Poca gente ha vivido eso. Sé cómo te sientes ahí, quedarte en un lugar donde no le puedes pedir ayuda a nadie. La mente va a estar continuamente encontrando cosas nuevas y no las va a poder explicar en el momento que las descubre. Luego lo va a intentar. ¿Cómo? Con una red de símbolos, metáforas, comparaciones…
¿Su gran hallazgo ha sido traducir eso, en clave literaria, a un público más amplio?
Simplemente trato de explicármelo a mí mismo. Una obra de arte trata de mostrarte algo para que lo entiendas de otra manera. Eso es muy difícil.
¿Hacerlo literariamente supone un riesgo porque se trata de traspasar la barrera de la mera divulgación?
Claro… La divulgación, simplemente trata de explicar algo. Yo no busco eso. Trato de que la gente se caliente. La literatura es un arte sensual. Debe generar vértigo, deseo, temor, asombro. No es lo mismo que entender.
¿Por traspasar esa barrera es por lo que cree que ha interesado usted mucho a personajes que van de Obama a Pedro Sánchez o de Bill Gates a Alejandro González Iñárritu?
Me da una vergüenza increíble lo de los políticos…
¿Por qué?
En mis presentaciones hay gente de más de 60 años y jóvenes. Si me leen algunos políticos, no me interesa. Uno no puede controlar eso. Lo que sí me gusta es que lo leen músicos, cineastas. González Iñárritu, por ejemplo, que es mi amigo. Con eso me quedo: me leen mis maestros y mis ídolos: Iñárritu, Adam Curtis, Eliot Weinberger.. A ambos les escribí porque tenía miedo de que se dieran cuenta de todo lo que les he plagiado. Me han invitado a almorzar con Pascal Quignard, es lo más hermoso que te puede pasar. Los políticos son una especie, un tipo humano, gente que dedica su vida al poder y yo he estado en contra del poder toda mi vida. Lo único que me genera violencia es el poder.
Definamos poder. Toda la gente que usted ha retratado son poderosos.
Al contrario, son muy frágiles.
Sus mentes han expresado la capacidad de configurar el mundo en que vivimos. ¿No es eso poder de transformación?
Bueno, hay muchas formas, pero hablábamos del poder político.
¿Hasta qué punto le marcó a usted el deporte?
Lo que me marcó la vida fue el rugby. Y lo practiqué siendo así de pequeño, lo que me hizo una especie de animal. La fuerza me venía de una furia sin control.
¿De dónde?
Hay muchas razones para tener furia. Yo era un niño muy sensible y esa sensibilidad puede transformarse en furia porque es el reverso de esa emoción. En la cancha, realmente, me encontraba poseído.
¿Por un trauma?
Si rascas en la piel de un escritor vas a encontrar mucha rabia. Yo jugaba con un equipo de trogloditas y era el capitán, pero todos me odiaban. No tenía amigos. Era muy ridículo porque era el más pequeño del equipo, pero bueno para controlar a los demás y lo que hacía bien cada uno. No tener miedo, además, es la condición básica para dirigir un equipo de hombres. El único lugar donde yo no tenía ningún miedo era en la cancha. Luego me lesioné y mi madre habló con un doctor para que me convenciera de jugar al fútbol. Para mí fue como empezar a hacer ballet. Aprendí porque soy chileno, claro, y jugamos en la calle.
Pero usted a Chile llegó tarde. Pasó su infancia en Países Bajos.
A los 14 años fui preadolescente en Holanda, el peor sitio para serlo, ¡uf, Dios mío! Mi infierno es holandés, nueve meses de nubes bajas, oscuridad, lloviznas, frío… Pero había vivido de los dos a los siete. Ahí, en Chile, me quedaré hasta morir.
¿Tan chileno se siente?
Cada vez que viajo, especialmente si vengo a Europa, me doy cuenta de que este no es un lugar para vivir. Aquí no hay nada sagrado, no sé si es porque mataron a Dios. Mientras que, en América Latina, sobre todo en Chile, un país deshabitado, cojo el auto y en media hora puedo llegar a cinco de ellos en la montaña o el valle. Está lleno del espíritu. Hay algo en el sur que es muy hermoso, un lugar donde la naturaleza está quieta.

¿Lo que llama usted el espíritu? ¿Qué es?
Bueno, el espíritu está en el norte, ahí te vuelves momia. Vienen egiptólogos a estudiarlo. Pero definir el espíritu es perder el aliento, porque el espíritu es aliento, lo exhalas y lo inhalas, no se habla de él, lo respiras. No es materia.
¿No es el espíritu otra invención del hombre también?
No, pensar eso es un acto soberbio.
¿De quién?
De la vida, de las fuerzas que rigen el universo. Existen muchas fuerzas creadoras que no proceden del hombre. Nadie nunca miró una flor y pensó que lo crea la mente. Ahí es donde cometemos la mayor parte de nuestros errores, cuando tratas de racionalizar y corporeizar todo. No es necesario entender. Eso surge de nuestro miedo a la muerte, nuestro temor al caos y nuestro afán de control. Todo está en su lugar. No necesitas entender cómo late tu corazón, solo tienes que saber que late, lo hace solo, por sí mismo. Nos engañamos. Somos una especie alucinada que reemplaza la realidad por palabras. Somos gilipollas, realmente.
¿Para qué escribir entonces?
No dije que no tuviera sentido. Entre pegarse un tiro y escribir un libro, yo elegí escribir. La otra opción estaba, siempre está.
¿Sigue ahí?
Sí, sigue.
¿Y le da miedo?
Antes, sí.
¿Desde cuándo no? ¿Desde que fue padre?
No, ahí, incluso da más miedo. Lo que enseñan los hijos es la fragilidad, de pronto.
¿Esa es la gran lección, la que te cambia la vida?
Exacto. Pasada cierta edad, lo que te enseña la vida es nada más que fragilidad: achaques, dolores… Pierdes tus capacidades físicas, mentales, creativas, todo es perder, perder y perder hasta el final. Vale, okey, ¿me siento preparado para eso? Escribir es perder, la literatura no es una carrera, es una caída. Enfrentarse a todo eso… Bueno, no lo sé, porque aún no lo he vivido.
“Leer es construir un castillo”, dice usted.
Leer para una persona que quiere escribir es construir un castillo muy duro. Prepararse para todas las cosas a las que vas a tener que decir que no: no al aplauso, al éxito… Cualquiera a quien le guste la literatura de joven es muy parecido a una opción monástica. Hay que perder. No puedes acceder a ciertas cosas con el bolsillo y el estómago llenos, te tienes que preparar. Hay que vaciarse y endurecerse. Para eso, los libros te consuelan porque te muestran que hubo muchos antes que pasaron por ahí. Leías un buen libro de Borges, de Kafka y decías: los milagros son posibles. Para un escritor son santos. Es muy importante saber que alguien antes que tú se ha jugado el alma entera, porque te inspiran para eso.
A usted, ¿qué lecturas le ayudaron?
Los Cuadernos en octavo, de Kafka. Bolaño también fue muy importante porque reivindicó el salvajismo, la velocidad. A Borges lo leí en una edad pésima, sobre 16 y dije, bueno, ya está, yo no podré escribir así, por tanto, no lo voy a hacer.
¿Hay lecturas de genios que te castran y acomplejan?
Sí, Borges me dejó completamente traumatizado.
¿Cree usted que ha escrito ya algo que quedará?
Sí. Un verdor terrible. Lo terminé y sabía lo que era. Incluso mientras lo escribía porque lo hice después de un harakiri literario. Un libro que terminé y nadie supo que lo había hecho porque quemé todas las copias, se llama Después de la luz. Una locura. Tenía un trabajo, una esposa, me había rendido, había sido periodista en Naciones Unidas durante 18 años, escribía durante las horas de oficina, hasta en las reuniones. Me dejaban, me conocían. La gente discutía sistemas de riego y yo escribía sobre Heisenberg…
¿Con MANIAC tuvo la misma sensación?
¿Con MANIAC? Mira, yo quería escribir un buen libro. Ya lo hice, el resto es regalo. Con uno basta. ¿Cuántos buenos libros quieres escribir? La gente se enoja cuando digo esto.
Cuando acabe su epopeya científico-literaria, ¿qué abordará?
Uno solo puede escribir sobre lo que le calienta. No tengo idea. Tampoco me preocupo. Cuando yo comienzo un libro lo que hago es rito, invocar, pedir inspiración. Uno no recibe la inspiración, uno reza y lo que llega de esa manera quizás haya logrado que mis libros toquen la fibra de alguien. Son constantes. A muchos dioses diferentes.
¿En qué consiste? ¿Me lo cuenta?
No.
¿Alguna pista?
Es peligroso. Si hablo de estas cosas, la gente no sabe hasta qué punto se arriesgan cuando tú jodes con tu propia mente. Tampoco he inventado nada. Cuando hablas de magia, de ritos, es lo equivalente a drogas alucinógenas. He dado alguna vez instrucciones en un taller de cuentos, cuando era desconocido. Hay gente que lo hace y les vuela la cabeza, escapan a su control. La gente va a misa y el rito se lo hace el cura. Aquí, la liturgia te la construyes tú a tu medida y eso depende de tu inconsciente, de lo que sea necesario. A mí me funciona, de ahí salen los libros.


