La pantalla publicitaria en el mar de Puerto Vallarta enciende las alarmas sobre la alteración de la vida marina
La embarcación con una pantalla LED gigante de la empresa Oceanic Marketing puede provocar un impacto ambiental alto, más allá de estorbar el espectáculo de los atardeceres. Fotos y videos en redes sociales sobre un barco navegando en Bahía de Banderas, Puerto Vallarta, promocionando “publicidad marítima de alto impacto” ha provocado enojo entre la población y dudas sobre quién debe tomar cartas en el asunto (si el Gobierno local o federal).
Oceanic Marketing y el Gobierno local de Puerto Vallarta se encuentran en el ojo del escrutinio público. Luis Ernesto Mungía, presidente municipal de la ciudad costera, solicitó la intervención del Gobierno federal (que no ha respondido al llamado) para determinar si las embarcaciones involucradas cuentan con las autorizaciones necesarias. Por otro lado, la empresa sostiene que todos los papeles para operar están en regla y se ponen a disposición de las autoridades competentes para la revisión de estos documentos. EL PAÍS ha buscado a Oceanic Marketing, pero al momento de esta publicación no ha obtenido respuesta.
Graciela Tiburcio Pintos, bióloga, investigadora y doctora en desarrollo sostenible califica la práctica de “gravedad extrema” y le preocupa la alteración de la vida marina. La especialista comparte a este diario un documento en el que analiza la repercusión de esta práctica y empieza por la contaminación lumínica dinámica o efecto estroboscópico. Tiburcio recalca que, a diferencia de la iluminación costera fija —la cual también produce contaminación y afectaciones—, esta pantalla se desplaza e intercambia imágenes con destellos de distintos colores y contrastes que rompen la fototaxia natural (capacidad de respuesta que tienen ciertos organismos o células a las señales lumínicas). “La embarcación genera un ‘efecto imán’ que atrae a especies fototácticas positivas (juveniles de peces, calamares, plancton, entre otros) hacia la superficie, lo que rompe sus ciclos, y los expone a zonas de hélices y depredación no natural. Por el contrario, ahuyenta a especies fototácticas negativas que requieren la oscuridad profunda para alimentarse”. Añade que esto también aplica a otros grupos de animales como aves e insectos.
Tiburcio también señala que la luz artificial altera el comportamiento de tortugas marinas y una gran variedad de aves. “En el caso de las tortugas, las hembras evitan playas intensamente iluminadas, lo que las obliga a desovar en sitios subóptimos o a retener los huevos, los cuales podrían ser liberados posteriormente en el mar”. Agrega que la aparición de estas pantallas, con luces tan potentes, puede provocar que las crías naden en direcciones erróneas o queden atrapadas en la zona de oleaje donde son presa fácil.
La contaminación acústica es otro problema. Aunque a simple vista no parece que la nave tenga altavoces o bocinas, la bióloga señala que para mantener encendida esta pantalla es muy probable que utilicen una planta de luz. “El ruido de estos generadores, sumado al del motor de propulsión de la propia embarcación, se transmite al agua con gran eficiencia. Esto destruye el paisaje sonoro submarino, provocando estrés crónico en mamíferos marinos, enmascarando los silbidos de comunicación de los delfines y ballenas, lo que altera la ecolocalización”.
La investigadora reconoce que en la ley existe un vacío legal. Sin embargo, dice, las autoridades deben de aplicar el principio precautorio: un marco legal en el derecho nacional e internacional que establece que ante la duda, la falta de datos de investigación y un régimen jurídico ambiguo, la autoridad debe actuar a favor de la protección del ecosistema.
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