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Gael García Bernal: “El bien común ya no es una consigna política. La democracia y el uso del poder son casi como un ‘reality show”

Hay proyectos cinematográficos que no nacen de una escaleta rígida, sino del sedimento de los años y de las encrucijadas personales. Para Gael García Bernal (Guadalajara, 47 años), Hombre al agua, su más reciente largometraje que coescribe, dirige y protagoniza, ha tomado más de 15 años en cobrar forma definitiva, habiéndose germinado en el instante exacto en que la paternidad irrumpió en su vida.

La historia presenta a Camilo (Bernal), un salvavidas cubano, que salva de morir ahogado en el mar Caribe a un empresario mexicano llamado Abel (Jorge Salinas). Agradecido, Abel “rescata” a Camilo al ofrecerle llevarlo a México para convertirlo en su mano derecha. Abel le presenta a su hija Juana (Esmeralda Pimentel), con quien Camilo se casa y con el tiempo tienen una hija juntos. Pero pronto descubre que todo formaba parte de un plan maquiavélico de manipulación y control. Con su nueva vida derrumbándose, Camilo deberá descubrir quién está detrás del complot y tomar el control de su propio destino.

En Hombre al agua —su tercer filme detrás de la cámara tras Déficit (2007) y Chicuarotes (2019)—, que se presentó en el Festival de Cine de Venecia y en la cita cinematográfica de Toronto, García Bernal hace uso del metacine, una práctica cinematográfica y un subgénero donde el cine se mira al espejo para reflexionar sobre sí mismo, sus procesos de creación, sus códigos o su propia naturaleza de ficción, así como también de la comedia, la ironía y el absurdo, entrelazando la crisis de la masculinidad, el ejercicio del poder, la migración, el extravío político en América Latina y la perpetua búsqueda de redención en una sociedad marcada por la simulación.

Pregunta. ¿Cómo nace la idea de esta comedia con tintes de drama e ironía?

Respuesta. Empecé a imaginar estas tres primeras escenas donde la pareja es interrumpida por el bebé y luego el padre se va a ver una telenovela brasileña. En aquel entonces Lula [Luiz Inácio, actual presidente de Brasil] estaba en la cárcel, y se me hacía un punto de partida buenísimo imaginar una telenovela producida como si Carl Dreyer hubiese sido convocado por TV Globo para retratar la vida de Lula y su entonces esposa Marisa. La mezcla empezó a cuajar como una geoda extraña. Sabía que no era una película lineal de A a B, no estábamos contando una historia convencional, sino experimentando sobre la crisis de la masculinidad, la paternidad, la separación, el cuerpo político latinoamericano, el uso del poder y la migración. Todo dentro de una relectura arquetípica del genio de la botella, donde el rescate de una persona viene acompañado de un deseo que siempre exige un precio.

P. En la trama vemos una película dentro de la película, biografías cambiantes, una telenovela y hasta un documental. ¿Cómo construyeron este universo meta que funciona como carta de amor y crítica a la industria?

R. Surgió como un recurso dramatúrgico fundamental junto a Mariano Pensotti, con quien coescribí el guion. Él propuso que el cine se convirtiera en el vehículo de sublimación de todos los personajes. El metacine, además de ser divertido, abona a nuestra tesis sobre la simulación y las máscaras cotidianas. Muy al estilo de Hamlet, la puesta en escena nos permite evidenciar y denunciar la realidad. Nos inspiramos en cineastas que jamás le tuvieron miedo a la comedia como una herramienta que desarticula verdades: Tomás Gutiérrez Alea, Ettore Scola, Luis Buñuel, Jean-Luc Godard y Miloš Forman. La comedia es un género que abre, desprende y desarticula muchísimas cosas. Es dificilísimo hacerlo bien. Es uno de los géneros más menospreciados, pero es de lo más difícil y complejo de realizar bien.

P. Tanto en Déficit como en Chicuarotes y en tus trabajos recientes exploras personajes confrontados con realidades que no son lo que parecen. ¿Qué inquietudes unifican el cine que busca hacer como director?

R. Hay una obsesión clara por la herencia, por lo que recibimos de nuestros padres. Me intriga profundamente la gente que hereda dinero o posiciones de poder, junto con ello, problemas existenciales gigantescos. Para justificar su situación, elaboran diariamente una arquitectura psicoanalítica y una simulación para convencerse de que no pasa nada, preguntándose por qué el mundo atentaría contra ellos. En Latinoamérica nos la pasamos heredando de generación en generación vendettas, problemas arcaicos y privilegios que intentamos solucionar sin lograrlo jamás. Ver esas pasiones humanas al descubierto en clave de comedia es revelador. Me gusta cerrar las películas con una estructura aristotélica elevada, dejando la pregunta abierta de que algo bueno tiene que venir.

P. Ha habido brechas de 12 y cinco años entre sus películas. ¿Cómo ha evolucionado su labor tras la cámara?

R. Han aterrizado muchas cosas. Como dice un tío en Sinaloa: “Más vale que te sirva el tiempo como actor, porque si no, qué pérdida de tiempo”. La experiencia me permite llegar al set con un entusiasmo enorme y contagiar a los actores de que hacer la película que uno quiere es un privilegio escaso. Me siento más seguro para seguir investigando preguntas difíciles desde el humor. Eso sí, actuar y dirigir al mismo tiempo es agotador; dudo volver a hacerlo en el corto plazo.

P. El filme aborda la crisis de la masculinidad en un entorno atravesado por la política y el auge de la llamada machósfera o manósfera. ¿Cómo encaja el personaje central en este debate?

R. El personaje de Camilo, un cubano en contexto de supervivencia, se ve obligado a moldear su identidad según lo que las circunstancias le exigen: debe ser padre, buen esposo, guardaespaldas, mayordomo y jefe de gabinete de un eventual candidato. Su masculinidad es bombardeada por todas partes. Aún existen sectores empeñados en reivindicar a esa figura absurda y ridícula del “hombre perfecto” que desencadenó las dos grandes guerras del siglo XX. Por fortuna, gracias al feminismo, hoy tenemos mayor introspección y sensibilización. Los hombres de hoy podemos cargar a nuestros bebés en rebozos pegados al pecho, algo que tal vez no experimentábamos desde la época nómada. Esos cuestionamientos sobre la masculinidad han estado presentes en mi trabajo desde Y tu mamá también.

P. La película también expone el mesianismo, las crisis democráticas y el maltrato a la población migrante. ¿Qué tan urgente resulta esta reflexión hoy en día?

R. La película habla de realidades impuestas. Vemos al millonario que desde su hibris cree que puede solucionarlo todo y a la democracia convertida en un campo de juego donde un magnate hace campaña bajo el lema “alguien como tú”. Es el cinismo de imponer la idea de que el verdadero ganador es quien mejor sabe aprovecharse de los demás. La última novela de Leonardo Padura [Morir en la arena, Tusquets] lo sintetiza muy bien: a los cubanos les cayó encima la certeza de que lo peor que se anunciaba del capitalismo resultó ser verdad, mientras que las bondades prometidas por el socialismo resultaron ser mentira. Vivimos en un capitalismo rampante, con estructuras en crisis en toda América Latina. Hoy las figuras de la machosfera no debaten sobre salud pública, educación universal o vivienda digna; solo hablan de seguridad, policías y propiedad privada. El bien común ya no es una consigna de los partidos políticos. Estamos en un momento complejo en el mundo y en México, donde la política, la democracia y el uso del poder son casi como un reality show y debemos estar extremadamente atentos para no caer en esa trampa.


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