A la búsqueda de mujeres, y también hombres, que dejan crecer sus cabellos como símbolo de espiritualidad
Una mujer camina de espaldas por un paisaje andino. Su pelo, extraordinariamente largo, cae, mientras un mechón vuela con el viento entre dos grandes cactus que se alzan a ambos lados como antiguos guardianes, cerrándole el paso. El cabello parece otra forma de vegetación y sus hebras se asemejan a las estrías que recorren la planta.
La imagen pertenece a Las Pelilargas, un fotolibro que sintetiza 18 años de la andadura de Irina Werning (Buenos Aires, 1976) por distintos lugares de Latinoamérica, en busca de mujeres, y también hombres, que continúan con la tradición ancestral de dejar crecer sus cabellos como símbolo de espiritualidad e identidad. “Las busco por todas partes. Viajo a pueblos olvidados. Pego carteles. Organizo concursos de pelo largo hasta que las encuentro. Y siempre les pregunto: ‘¿Por qué tenés el pelo largo?”, escribe la fotógrafa argentina en la monografía. “Pero la verdadera razón es invisible. Pasa de generación en generación. Es parte de la cultura de América Latina, donde nuestros antepasados creían que cortar el pelo era cortar la vida”.
Cuenta Werning que fotografió por primera vez a las pelilargas en el norte de Argentina, en 2006, cuando la fotógrafa se encontraba realizando un proyecto sobre escuelas rurales. “Por entonces trabajaba en analógico”, recuerda durante una entrevista telefónica. “Cuando meses después regresé a Buenos Aires, aquellas imágenes me impactaron. Decidí volver en busca de más mujeres”.
En un principio comenzó a retratar a sus protagonistas de espaldas, y en blanco y negro. En su mayoría escenificadas, las tomas adoptan con frecuencia un toque disparatado, con una cierta ligereza y sentido del juego, pero el proyecto trascenderá lo meramente visual para adquirir, en el curso de la investigación, una dimensión antropológica: el pelo se convierte en el punto de partida para indagar en las tradiciones indígenas, la transmisión cultural y la identidad mestiza latinoamericana.
“La escenificación era una forma de evitar repetirme visualmente. Tuve que encontrar diferentes maneras de explorar el pelo”, advierte Werning. “En general, mis proyectos parten de una idea, están de algún modo focalizados. Sin embargo, en este caso, comencé a preguntarme el porqué del proyecto después de tener las imágenes. Luego llegó la fase de investigación. De manera que el recorrido fue a la inversa”.
Así, el pelo se presenta como una manifestación física de los pensamientos, el alma de los indígenas y su conexión con la tierra, pero también se relaciona con las “olas de emigración que llevaron a que los saberes de estas comunidades se fueran mezclando con la herencia occidental para configurar las actuales sociedades latinoamericanas”, destaca Werning. “Las prácticas y tradiciones indígenas pueden permanecer en la población y transmitirse de generación en generación sin que se plantee su procedencia. Vienen sin saberlo, porque no hay una historia escrita”.

En una de las primeras imágenes en blanco y negro, unas jóvenes descansan en sus literas mientras sus largas melenas caen por los bordes como cataratas. Más adelante, una imagen en color muestra a otra pelilarga merendando cerca de un mural que escenifica un bosque de cataratas. “La simbología de las culturas andinas está cargada de un realismo mágico que alude a la necesidad de respetar el mundo natural. Durante siglos, la forma de subsistir de los indígenas estuvo ligada a ese vínculo, a respetar la naturaleza, no a sacar de ella más de lo que uno necesita. El pelo largo se relaciona con esa cosmovisión del universo. Es una analogía con la Madre Tierra, una manifestación de nuestro pensamiento y de lo que somos”.
Pero el pelo largo puede ser también una forma de resistencia, como lo demuestran los hombres del pueblo Kichwa que fotografió Werning en Otavalo, Ecuador. “En tiempos de la colonización española se les cortó el pelo”, destaca la fotógrafa. “Las siguientes generaciones se lo cortaban ellos mismos para evitar la discriminación. Ahora ha habido una vuelta a los valores indígenas y supone un acto de reivindicación de sus tradiciones”.

El diseño del fotolibro diferencia las imágenes tomadas en blanco y negro de las de color. En ellas las protagonistas no aparecen como figuras congeladas en un tiempo ancestral, sino como personas actuales que habitan paisajes, casas y espacios cotidianos. El contraste entre esas escenas contemporáneas y la carga simbólica que la fotógrafa atribuye al cabello evita que la tradición quede reducida a una imagen folclórica: la convierte en algo que sigue transformándose y negociándose en el presente.
Antonella, una niña de nueve años, promete, al comienzo de la pandemia, que, si se reanudan pronto las clases, se cortará el pelo. Y así lo hizo un año y medio después. La fotógrafa documentó el proceso que terminaría una vez el pelo fuera donado a una organización que entrega pelucas gratuitas a mujeres en tratamiento oncológico.
Las Pelilargas se sitúa así en un espacio intermedio entre el documento y la ficción. Werning no pretende descifrar una tradición, sino aproximarse a aquello que permanece, que sobrevive al paso de las generaciones aun cuando su origen se ha vuelto difuso. En sus fotografías el pelo parece cobrar vida propia. Fluye, se extiende y se funde con el paisaje como una memoria que continúa creciendo.
Las Pelilargas. Irina Werning. Gost Books, 2026. 188 páginas. 55 euros.



