MI CIUDAD

Alejandro Santiago: la riqueza de ser congruente

Por Leticia Pérez
Este 22 de septiembre falleció Alejandro Santiago, una de las voces imprescindibles de la trova contemporánea mexicana, dejando una obra construida durante más de cuatro décadas y la tristeza que produce despedir no solamente a un compositor, sino a un hombre que defendió hasta el final su propuesta, la calidad de las letras y una manera honesta de hacer música.
Alejandro Santiago nació en la Ciudad de México y encontró muy pronto su manera de habitar el mundo; comenzó a tocar la guitarra a los siete años, a los doce escribió sus primeras canciones y a los dieciocho decidió entregarse plenamente a la música, un camino que pasó por Veracruz, San Cristóbal de las Casas y Tijuana, hasta encontrar en la trova contemporánea mexicana el territorio desde donde podía hablar del amor, la ausencia, la libertad, la justicia y cuanto ocurría a su alrededor. Él mismo resumió alguna vez su vocación con una frase que hoy adquiere otra profundidad: “Le canto a todo lo que circunda en mi vida”.
En 1993 obtuvo el primer lugar en el Festival Internacional de Música de Cancún con Magia negra, uno de los reconocimientos importantes de una trayectoria desarrollada principalmente desde la independencia y la fidelidad a su propia voz; publicó siete producciones discográficas —En pie de guerra, A tu voluntad, Nómada, Realidad virtual, Quinto elemento, Recuento y Brújula—, compartió escenarios con Luis Eduardo Aute, Eugenia León, Mexicanto y Fernando Delgadillo, y llevó su música a distintos países sin abandonar la esencia de una obra que colocó la palabra y su significado en el centro de cada canción.
Piezas como Por si no te vuelvo a ver, Para una despedida, De mi pasado, Cuando dije amor, Debiéndole al cielo y En pie de guerra encontraron un lugar profundo entre quienes supieron escuchar no solamente su voz, sino la verdad que sostenía cada palabra; sus canciones acompañaron amores, despedidas y noches en las que alguien encontró consuelo al descubrir que otra persona había sentido algo parecido, porque ese es uno de los misterios más hermosos de quienes escriben canciones: nunca alcanzan a saber cuántas vidas tocaron ni cuántos silencios ayudaron a sostener.
En 2024, amigas, amigos y compañeros de oficio celebraron sus cuarenta años de trayectoria mediante Cuatro décadas: Cantando a Alejandro Santiago, un proyecto en el que distintas voces reinterpretaron sus composiciones; durante 2026 volvieron a reunirse para cantarle, reconocer públicamente su obra y devolverle un poco de todo aquello que él había entregado. Haberlo homenajeado mientras todavía podía recibir ese afecto fue un acto profundamente justo, porque le permitió saber que su trabajo había dejado una huella verdadera.
Alejandro alcanzó reconocimiento dentro de un sector que comprendió la profundidad de su propuesta, pero su búsqueda parecía encontrarse lejos de la fama como único destino; fue millonario de congruencia, libertad creativa, amigos y canciones, porque defendió aquello en lo que creía y procuró mantener una relación honesta entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía, incluso dentro de una industria que tantas veces exige a los artistas renunciar a una parte de sí mismos para alcanzar los reflectores.
Escribo estas líneas desde el respeto, la admiración y la gratitud de haber coincidido con Alejandro en más de una ocasión, de conversar con él y conocer un poquito al hombre detrás del cantautor; fueron encuentros breves, pero suficientes para acercarme a quien defendió su propuesta con firmeza y sostuvo una vida congruente con sus convicciones. No pretendo hacer más grande aquella cercanía, me basta reconocer el privilegio de que nuestros caminos se cruzaran y conservar algunas fotografías como testimonio de esos instantes.
Por eso duele su partida, porque no se va únicamente un compositor, se va un hombre que hizo de sus convicciones una forma de vivir y de la música una manera de permanecer; quedan su voz, sus discos, las historias que contó y el ejemplo de una vida cuya mayor riqueza estuvo en no traicionarse.
Buen viaje, Alejandro. Gracias por las canciones, por los encuentros y por demostrar que también existe una forma de éxito que no se mide en ventas ni en reflectores, sino en la congruencia de sostener hasta el final aquello en lo que se cree.
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