Política

Ceuta se resigna a vivir en la excepción

Husam Yamal y Samir Bonaya se despertaron el sábado por la mañana muy temprano en la playa de El Trampolín, en Ceuta, donde duermen en una tienda de campaña desde que entraron ilegalmente por la frontera el 30 de julio, se asearon como pudieron y se fueron al trabajo: los dos, argelinos, de 33 y 26 años, son pintores, y a juzgar por los vídeos que muestran en sus móviles, buenos y detallistas. Los ceutíes los contratan por días, a veces por 50 euros cada uno, a veces por 20 los dos. No hay tarifa fija. Se ven obligados a aceptar lo que les ofrezcan. Para encontrar trabajo se plantaron en las tiendas de materiales de pintura y así contactaron con los clientes. Hoy ya saben dónde tienen que ir. Mientras Husam y Samir van a su trabajo, Alejandra Romero, de 40 años, vecina de la ciudad, cirujana en el hospital de Ceuta, va al suyo. Si le toca entrar de urgencias, lo hace con miedo y con una angustia considerable: desde la entrada masiva de inmigrantes, hace 50 días, una guardia es un pasaporte seguro para el enloquecimiento. “Vienen inmigrantes con traumatismos, con navajazos, con perdigonazos, con heridas por peleas: casi dos o tres al día. Graves. Y voy con miedo porque aquí no hay un cirujano plástico, ni un cirujano cardiólogo; estoy yo sola para todo. Y si uno de esos navajazos toca el corazón, no sé…”.

Ceuta, de 83.500 habitantes, se ha resignado a vivir en la excepción. Ha entrado en el día de la marmota. El viernes, se trasladaron 1.700 inmigrantes inmigrantes —en un desalojo caótico al principio— desde las playas de Benítez y El Trampolín. Durante cinco horas, la Policía Nacional condujo a los marroquíes en fila india, algunos descalzos, enflaquecidos y exhaustos, con sus bolsas de plástico como único equipaje, al nuevo campamento del puerto. Un pelotón de operarios de limpieza aguardaba para limpiar la playa de Benítez, que en teoría iba a quedar despejada. No fue así. Miles de inmigrantes —la ciudad de Ceuta calcula que más de 3.000 en los arenales y otros 1.000 en las calles— aún siguen durmiendo y malviviendo en las playas. El mar de tiendas de campaña, chozas hechas de cañas y chabolas confeccionadas con mantas y colchones encontrados en la calle sigue siendo el mismo. Lo dicho: el día de la marmota. Husam y Samir, que llevan viviendo ahí desde el principio, calculan a ojo que tras el desalojo del viernes en la playa de El Trampolín hay un 20%-30% menos de gente. En realidad, nadie lo sabe. Tampoco se sabe con certeza cuántos inmigrantes hay en este momento en Ceuta. Los hay que se ocultan en las barriadas de la periferia, que duermen en pisos alquilados, hacinados en pisos patera, en terrazas, en coches abandonados, entre dos coches, en la calle, cerca de portales o en soportales. El Gobierno ceutí calcula 13.000 en total, de los cuales hay aproximadamente 7.000 alojados en algún tipo de campamento acondicionado. El Gobierno central suma algunos miles menos.

Todo, pues, parece en el mismo sitio que hace tres semanas, cuando el jueves 27 de agosto un grupo de ceutíes arrasó el campamento improvisado de chabolas de inmigrantes en playa Benítez, incendiándolo, en uno de los momentos de máxima tensión de la crisis. Daba la impresión de que la mecha del barril de pólvora en que está sentada la ciudad desde el 30 de julio se había consumido. No era verdad. Pero ahora hay una diferencia. Las vacaciones de verano han terminado y la ciudad se ha puesto en marcha empujada por los días laborables en un clima de enorme anomalía. Nada es normal ya en Ceuta.

Los padres ceutíes llevan ahora siempre a los niños al colegio sin dejar que vayan o vuelvan solos. Muchos van en coche, renuncian a ir andando por miedo, y eso hace que aumenten los atascos por la mañana. Hay quienes, abrumados por este miedo, han colocado a los pequeños un localizador en la muñeca. “Lo hemos hecho porque no nos fiamos, no sabemos qué puede pasar, nos da miedo que se pierda, que le pase algo: el otro día vimos a un inmigrante que tocaba la cabeza al hijo de un amigo. Fue un gesto en principio amistoso, pero ya no sabes qué pensar”, explica Carlos Delgado, vecino de Ceuta, marido de la cirujana Alejandra Romero. “Y te puedo decir que no somos los únicos padres que lo han hecho: somos muchos”. Carlos y Alejandra llevan a su hijo ahora siempre a los mismos parques en el centro de la ciudad, junto a otros padres, rodeados de bares que no permiten la entrada de inmigrantes. “Yo he sido militante socialista, he votado siempre al PSOE, pero no votaré a Pedro Sánchez. Siento que nos ha abandonado”, explica.

Se han formado por WhatsApp grupos para ir a andar juntos por miedo, para ir a correr juntos por miedo, para acompañar a personas mayores que tienen miedo de salir solas o cursos de defensa personal. En estos grupos se prohíbe, en los mensajes de texto, hablar de nada que no sea la actividad misma, en un intento de salvar la convivencia de los participantes. Porque el ambiente en Ceuta se ha polarizado al máximo. Hay amigos que han renunciado a salir juntos por divergencias políticas por causa de la crisis migratoria. Y una mujer que trabaja en una ONG que colabora con los inmigrantes vio esta semana cómo otra que hasta ese momento había sido su amiga le negaba el saludo en la calle con la siguiente justificación: “Tú ayudas a los invasores”.

La ciudad vive en un estado de alarma y estrés permanente, entre otras cosas, por saberse el centro de las noticias del país. Es angustioso encender el televisor o la radio o entrar en cualquier bar y ver, desde hace 50 días, aparecer en todo momento el nombre y las calles de tu ciudad. “Es imposible concentrarse más de 15 minutos seguidos, porque te salta el móvil, con una nueva noticia, con una nueva convocatoria de manifestación”, explica Carlos Delgado. El viernes, un adolescente explotó un petardo en el centro de la ciudad. Fue, en el fondo, una travesura de dudoso gusto. Pero como tenía aspecto de marroquí —aunque era ceutí—, fue rápidamente rodeado por una turbamulta de vecinos acompañados de dos soldados de los que patrullan armados continuamente la ciudad para pedirle explicaciones, acorralándome contra una pared. No pasó nada porque no había pasado nada. Pero una mujer lo explicó bien: “Vivimos en una alarma constante, estamos tan sensibles que todo te hace saltar”.

Hay vecinos del barrio de Benzú o de El Príncipe que limpian las calles por su cuenta porque los servicios de limpieza no dan abasto debido a la cantidad de personas que malviven en la calle. Y desde hace cinco días se ha levantado enfrente de la Delegación del Gobierno de Ceuta un pequeño campamento improvisado con una veintena de tiendas de campaña donde duermen vecinos cuyas casas dan al Trampolín y que protestan así por la presencia de miles de inmigrantes en su barrio. Un remedo invertido de las chabolas que llenan su playa. Esto da una idea de la esquizofrenia en que vive Ceuta.

Tarek Mizzian, musulmán, de 50 años, ceutí, sobrino del primer diputado musulmán de la ciudad de Ceuta y dueño de un quiosco de prensa, llegaba a su negocio el jueves y lo primero que hizo fue echar a los inmigrantes que se agolpaban en un semáforo cercano: “Piden a la gente, no los quiero aquí”, exclamaba. También él lleva y trae a su hijo al colegio en una moto por miedo, dice, a que le roben el móvil o le asalten. Despotrica contra los recién llegados, asegura que él habla con ellos y que “no les queda ya dinero”, y que cuando llegue el frío “empezarán con las ocupaciones de casas”. Y añade, como otras muchas personas de Ceuta: “Se han quedado los peores”.

No es cierto. Es solo una frase. Y el mismo Tarek lo comprueba cinco minutos después de pronunciarla. Dos mujeres, Omaina y Hasha, de 26 y de 23 años, llegan al quiosco, cansadas de vagar sin rumbo por la ciudad, como hacen cientos de inmigrantes continuamente en Ceuta. Tarek, buen conversador, comienza a hablar con ellas. Omaina es enfermera y huyó de Rabat porque, según explica, quería escapar de su marido, del que se ha divorciado. Cuenta que él la persigue y que no sería raro que se encontrara en Ceuta buscándola. Hasha ha estudiado corte y confección y relata una historia distinta con una sonrisa burlona: ha dejado a su marido en Asila porque estaba harta de él y quiere vivir una vida diferente que allí no se veía capaz de emprender. Tarek, tras preguntar alguna cosa más, les regala agua y algo de la comida que vende en el quiosco y se despide de ellas deseándoles mucha suerte.

Hay inmigrantes que cargan desgracias de las que esperan deshacerse en Europa y que les hacen aferrarse a Ceuta como sea: una mujer en El Trampolín aseguraba que su hijo tenía cáncer y que para buscar dinero para curarle cruzó la frontera; un taxista oyó de boca de otra mujer inmigrante que se fue de Castillejos porque la policía la pilló conduciendo un Uber sin permiso y que le puso en la disyuntiva de pagar una multa de 1.500 euros o ir a la cárcel y que para escapar de todo se vino para España con su dos hijos; en un café del barrio de Sidi Embarek otro inmigrante enseñaba una frase en español grabada en el móvil para explicar a quien le preguntara que tenía dos heridas en la columna vertebral que en Marruecos nadie le cura. Pero también hay inmigrantes jóvenes de en torno a 25 años ―la mayoría― que lo único que buscan, según cuentan, es un sueldo mejor. El martes, en la playa de El Trampolín, Karim Daha, de 34 años, se arreglaba el pelo a sí mismo ―es peluquero― y aseguraba que en Casablanca, donde vive, ganaba solo 300 euros. Enseñaba una herida en la pierna, explicaba que estaba muy cansado de malvivir y dormir en una playa, y añadía que, si en una semana no se arreglaba la situación, volvería a Marruecos.

Mientras, la ciudad se acostumbra como puede y porque no le queda otro remedio, a la nueva situación. Se nota en todas las esquinas, desde las cosas más pequeñas a las más grandes: en las paradas de autobús, por ejemplo, no es raro encontrar a viajeros compartiendo el asiento con un par de muchachos inmigrantes agotados de caminar todo el día de acá para allá. En la barriada de Juan Carlos I hay inmigrantes que, poco a poco, día a día, se han ido integrando en la zona. Llegaron allí desde el principio. Algunos duermen cerca de los portales, una familia ha instalado una tienda de campaña en un pequeño patio, un grupo de amigos ha elegido unos soportales. Los vecinos les dejan ducharse en su casa, les dan de vez en cuando comida, les lavan la ropa. “Son buena gente”, explica uno de estos vecinos, musulmán: “Si no, nosotros mismos los echaríamos”.

A finales de agosto, el Gobierno de Pedro Sánchez confiaba en habilitar espacios suficientes para que, en dos semanas, nadie durmiera en las playas ni en las calles. No ha sido así. La crisis va a durar mucho más. Nadie sabe cuánto. Y mientras dure, latirá el peligro de que todo estalle si se produce un incidente grave o si las costuras de Ceuta acaban por reventar. Tarek Mizzian, el dueño del quiosco, reflexiona sobre su ciudad, que conoce bien, y advierte: “Si ocurriera algo, con el hartazgo que tiene la gente, aquí puede aparecer el Ku Klux Klan”.


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