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Eduardo Sacheri: “A la sociedad argentina le costó muchísimo hacerse cargo de los veteranos de las Malvinas”

Eduardo Sacheri (Castelar, 58 años) recuerda que durante los 74 días que duró la Guerra de la Malvinas todos en Argentina se habían convertido en especialistas en conflictos bélicos. Era 1982 y él tenía 14 años. “Respirábamos Malvinas, hablábamos de la guerra y todos nos considerábamos expertos porque consumíamos el poco material informativo que había. Recuerdo ir a hacer las compras al supermercado y las señoras de mi barrio eran expertas en aviones de guerra y yo también, entonces podíamos conversar”, cuenta en entrevista con EL PAÍS en Ciudad de México, a donde ha viajado para presentar su más reciente novela Qué quedará de nosotros (Alfaguara, 2026), un relato sobre tres jóvenes soldados argentinos enviados a pelear a la islas en disputa con el Reino Unido. El escritor argentino, Premio Alfaguara 2016 con La noche de Usina, ha elegido una segunda toma sobre las Malvinas después de publicar Demasiado Lejos en 2025, también sobre el conflicto. Sacheri, profesor de Historia y autor de La pregunta de sus ojos (2005), reflexiona sobre las Malvinas como eje identitario para Argentina.

Pregunta. ¿Por qué en su obra un tema recurrente son las Malvinas?

Respuesta. Es cierto que desarrollé un proyecto que finalmente terminó en dos novelas, una especie de díptico entre Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros porque quería escribir una novela sobre la guerra de Malvinas, pero me resultó tan distinto lo que pasaba en Buenos Aires de lo que pasaba en las islas, que por eso fueron dos novelas. Ahora, en cuanto a esto de Malvinas, tal vez tenga que ver con que soy argentino. Y con esto lo que quiero decir es que nos ronda el tema, no necesariamente el tema de la guerra, pero sí el tema de Malvinas, que no son lo mismo. Aunque estén naturalmente vinculados. El tema de Malvinas es una especie de reclamo, de sombra, una intención de reivindicación que sobrevuela la cultura argentina desde hace un siglo. Los británicos las tienen en su poder desde hace casi dos siglos, pero hace como un siglo que esto le da vueltas a la sociedad argentina.

P. El tema central de Qué quedará de nosotros es los chicos que fueron a la guerra sin saber muy bien a qué iban.

R. La intención era contar la guerra de Malvinas en las islas. Implica necesariamente hacer foco en esos soldados conscriptos porque fueron la mayoría numéricamente. Los soldados rasos eran todos conscriptos. Una de las cosas llamativas de cuando uno se pone a investigar es que sus jefes tampoco pensaban que iban a una guerra. En este sentido, los militares imaginan cuando desembarcan en las islas que la respuesta británica será el enojo diplomático, la protesta en las Naciones Unidas, básicamente, y que una eventual mediación de los Estados Unidos, con la presidencia de [Ronald] Reagan -que tiene muy buen vínculo con [Leopoldo Fortunato] Galtieri, el presidente militar argentino-, será el camino que seguirá el conflicto. Es todo una sorpresa y los militares empiezan a arrojar soldados sobre las islas. Y elijo a propósito el verbo arrojar, porque de repente tienen que empezar a generar un dispositivo de defensa que no tenían planeado y se nota que no lo tenían planeado, porque una de las grandísimas fuentes de penuria para los soldados será la incapacidad logística del Ejército. El frío y el hambre se convierten en los elementos dominantes.

P. Tras la derrota de Argentina en la guerra, estos chicos tuvieron dificultades para reintegrarse a la sociedad…

R. A la sociedad argentina le costó muchísimo hacerse cargo. De cómo enfrentó la guerra de Malvinas, del entusiasmo que le puso, del ingenuo triunfalismo. Y por eso, después de la derrota, hizo un rotundo silencio. Los principales perjudicados fueron los veteranos. No tuvieron no solo con quién hablar, sino quién los contuviera, quién los ayudara. Con los años eso se fue modificando. Hoy los veteranos sí tienen un lugar de reconocimiento y valoración, pero sin duda los primeros 10 años fueron extremadamente duros para ellos.

P. Usted tenía 14 años, ¿cómo recuerda esos días de guerra?

R. Hablaría mejor de mí que hubiera sido capaz de tomar distancia de lo que había a mi alrededor, que hubiera podido pensar que esto era una maniobra de los militares. Pero no lo hicimos, ninguno. Tengo esa disculpa de mi edad. Pero no lo hicimos, ni los chicos ni los grandes. Por supuesto que hubo voces clarividentes y disidentes, pero fueron una minoría ínfima, la enorme mayoría de la sociedad se entregó ingenuamente a aplaudir y a apoyar porque consideró que esto estaba por encima de cualquier reclamo. Tengamos en cuenta que para abril de 1982, las violaciones a los derechos humanos ya se iban sabiendo, era mucha más la presión internacional que la interna, porque paradójicamente se sabía más afuera que adentro. Los reclamos del retorno de la democracia eran fuertes, la crisis económica era rotunda, las protestas sociales ya empezaban a tener un carácter masivo. Y después del 14 de junio ya nadie hablaba de ello. Eso sí me llamó la atención. Me resultó una ruptura y dejamos de hablar de la guerra, de que perdimos.

P. ¿Podría ser una vergüenza colectiva?

R. Creo que hay una vergüenza y hay una culpa porque tarde advertimos la manipulación de los militares. No la tramitamos bien y enseguida nos concentramos en el reclamo renovado contra la dictadura. Nadie se ocupó de los veteranos porque eran un recuerdo demasiado patente.

P. Las Malvinas llegaron también al Mundial, con el partido de Argentina contra Inglaterra y los jugadores de la selección argentina mostrando este letrero que reivindicaba la pertenencia de las islas.

R. Malvinas está en nuestras cabezas. Te toca jugar contra Inglaterra y es inevitable la rivalidad, no es un partido como otro. Viejos, jóvenes, mujeres, hombres urbanos, rurales e izquierdas y derechas. Son muy pocos los que se despegan de esa reivindicación identitaria. La selección argentina opera igual. La selección de fútbol es ricos, pobres, mujeres, hombres, viejos, jóvenes. Si se juntan las dos cosas, es como un país con el alma en vilo. La manta dice `las Islas Malvinas son argentinas´, los jugadores la muestran, y ni siquiera lo evalúan como un acto político. Es más una manifestación identitaria que política. No hay cálculo en la exhibición de la manta.

P. ¿Cuál es su opinión sobre las Malvinas ahora?

R. Algo que sacó en limpio la sociedad argentina de la guerra de 1982 es que la opción bélica desapareció completamente del radar. Es decir, a nadie, salvo alguna minoría minúscula, se le ocurre otra opción que una solución pacífica. En lo personal, no me parece mal que un país comparta un sueño en una época donde no se comparte nada, cuando todas las sociedades están completamente fragmentadas y con actitudes antagónicas.

P. ¿Es tema que genera cohesión social entre los argentinos?

R. Mientras se mantenga en estos términos pacíficos, amables e identitarios. Por supuesto que todo tema puede derivar en un fanatismo y donde cualquier tema deviene un fanatismo, se arruina.

P. En el desarrollo de los personajes de Qué quedará de nosotros, ¿por qué considera que la guerra tiene que ser un contexto para contar esta historia?

R. El servicio militar era un lugar donde se cruzaban jóvenes de muy distinta condición sociocultural, precisamente porque te tocaba por número de documentos. De hecho, los tres personajes principales representan diferentes orígenes. Hay un chico de clase media universitaria, un chico de clase media baja que tiene un oficio, y un chico que es de una provincia del interior muy pobre, que ha migrado a Buenos Aires. Pero son amigos. La idea de la novela es que al principio no son soldados, son jóvenes que justamente tienen estudios, trabajos, amigos, una novia, una familia, y la situación de guerra los despoja de todo eso y los simplifica en una sola cosa, que es ser soldados, que creo que es algo que nos hacen las situaciones límites en la vida.

P. ¿Pensó en la inclusión de la visión británica al trabajar en esta novela?

R. Para la construcción de la novela realmente solo me interesaban los argentinos, pero no por chovinismo, sino porque los británicos me resultaban inasibles, no conozco su idiosincrasia, y para mí es muy importante conocer la materia humana que intento recrear. Sí, me sirvieron mucho los libros de historia militar británica. Los británicos le dieron muchísimo lugar a esta guerra a nivel de sus estudios. Esta es la última guerra analógica, ya la Guerra del Golfo, que es apenas ocho años después, ya es otra cosa. La Guerra de las Malvinas es la última guerra del siglo XX y para los británicos fue su primer desafío después de la Segunda Guerra Mundial. Me sirvió mucho su perspectiva técnica.

P. ¿Qué puede aportar esta obra a los jóvenes?

R. Ojo, que esos jugadores profesionales que levantaron la manta en el Mundial nacieron todos después de la guerra. Como profesor de Historia, sí puedo decirte que el Siglo XX y el Paleolítico para los jóvenes es más o menos lo mismo. Es un pasado difícil de distinguir. Eso lo marcaba el historiador Eric Hobsbawm, que decía que en Occidente se ha roto la capacidad de transmitir la memoria del pasado. Generacionalmente, los jóvenes ya no reciben de sus padres y sus abuelos un caudal de memoria, de relato, de narración del pasado. Por eso, los historiadores tienen una tarea adicional de intentar ser ese nexo. Con estos libros, a los jóvenes de repente les despierta algo como para ponerse a leer, a investigar, a preguntar. Me ha pasado de hablar con hijos de veteranos que me dijeron ‘leí esa novela y le empecé a preguntar a mi papá’.


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