Política

El miedo de los pueblos de la dana ante la tormenta: “Creo que no nos lo vamos a quitar nunca”


La angustia se adueñó el pasado miércoles de cientos de vecinos de los municipios castigados por la dana de octubre de 2024 en la provincia de Valencia cuando una fuerte tormenta, de aviso naranja, dejó acumulados de lluvia extraordinarios en apenas media hora y 1.000 incidencias. La estampa que ofrecían esa noche varias comarcas valencianas, también la zona cero, la más afectada por la riada que se cobró 232 vidas, era de árboles caídos, carreteras cortadas, vías inundadas y transportes paralizados durante horas. La lluvia torrencial devolvió a muchos el recuerdo de la pesadilla.

“No pudimos evitar rememorar aquella tragedia porque el ruido de los truenos, el viento y el agua que caía nos hacía temer las peores consecuencias y además, el Es-Alert volvió a llegar muy tarde”, denunció al día siguiente la Asociación de Familiares con Víctimas Mortales de la Dana 29-O. Precisamente, el envío del ES-Alert, que llegó a los móviles en torno a las 22.08, una vez la tormenta había amainado, hizo temer a muchos que después de la tromba podía llegar lo peor.

“Tuve miedo”, reconoce Aura, de 27 años, empleada en una cafetería situada a unos 30 metros del barranco del Poyo en Paiporta, uno de los municipios más afectados por el tsunami de 2024. Entonces, la dana le pilló en su casa en Alfafar, en un cuarto piso, pero su pareja corrió peligro. Explica que el pasado miércoles esperó con su compañera en su lugar de trabajo hasta las 10 de la noche a que aflojara la lluvia, pero luego cogió el patinete para recorrer unos 3,2 kilómetros hasta su casa. Reconoce que se expuso demasiado. “Pero me daba miedo esperar en el comercio porque es un bajo, sin un sitio alto al que subirse, y si entraba agua y se inundaba, como cuando la dana, no veía la posibilidad de salvarnos”, añade.

El miedo está latente. Y la elevada temperatura del mar, que no cesa de batir récords, acrecienta el pánico entre la ciudadanía a la repetición de la catástrofe este otoño. La violencia del reciente aguacero alimenta el temor. ¿Qué hubiera pasado si llega a descargar en la cabecera de los barrancos, como hace dos años?

El alcantarillado de muchos de los municipios no daba abasto el miércoles en tan poco tiempo, cuando subió el nivel por encima de los bordillos, se desataron los nervios. Carmen Armengol, de 54 años y vecina de Paiporta, apunta que en algunas casas hubo escapes de agua a través de los desagües y váteres. “El miedo no te lo quitas, creo que no nos lo vamos a quitar nunca”, considera. Hace dos años la sacaron de su casa un grupo de voluntarios porque el barro había atorado su puerta. A ella, que lleva un tatuaje en el antebrazo en recuerdo de aquellos jóvenes, la alerta le asustó más.

Dos días después de las fuertes precipitaciones, el sol luce en lo alto de Paiporta y el barranco del Poyo apenas lleva agua. Cerca de la pasarela, José Vara y Raquel Lozano, un matrimonio, de 48 años, esperan en un taller porque su vehículo resultó dañado por las lluvias del miércoles. Hace dos años la riada se llevó también por delante sus dos coches. Y ahora se ha vuelto a repetir. José salió el pasado miércoles en torno a las 20.30 horas en dirección a Montcada para recoger a su hija del instituto. La tromba de agua le pilló llegando a la población e inutilizó su vehículo. El agua le llegaba casi a la altura de la cintura cuando abandonó su coche en medio de la carretera para refugiarse en un patio. Cuando bajó el nivel del agua, fue caminando a recoger a su hija al instituto. Esperaron juntos a que la madre, Raquel, los recogiera, pasado el peligro. A ella le parece que aquel día se cometieron dos errores garrafales: que unos municipios cerraran los centros educativos por la tarde y otros no, y que el ES-Alert llegara cuando llegó. “En ese momento casi que prefiero no recibir nada porque, ¿en serio? ¿Precaución cuando tengo a mi hija aislada en el instituto y a mi marido se le había llevado el coche el agua? Esas dos cosas me impactaron”, subraya.

El consejero valenciano de Emergencias, Juan Carlos Valderrama, justificaba el jueves que la alerta se envía ante el posible peligro de desbordamiento de cauces y barrancos y que cuando hay aviso naranja, no rojo, no se envían alertas preventivas. El presidente valenciano Juan Francisco Pérez Llorca, del PP, deslizó alguna crítica velada a Aemet porque en algunos puntos se superaron los umbrales del aviso naranja, pero no fue más allá.

María Leal, de 77 años, y su marido Juan Francisco, de 81, pasean cerca de su bloque por los márgenes del barranco. Pensaban que habían superado la tragedia, “pero la verdad es que el miércoles no quería ni asomarme al balcón siquiera. Esta vez estaba más tranquila porque el barranco está bien arreglado y vigilado, pero mis nietas [ahora de unos 10 años] no pararon de llorar”, cuenta ella.

Marian Val, vicealcaldesa de Paiporta por Compromís, estuvo al tanto del dispositivo de coordinación municipal la noche del miércoles y entiende la angustia de muchos vecinos. “No le quito importancia, pero si vemos lo que ha pasado desde la dana de 2024, el episodio lo hemos superado toda la ciudadanía con nota. Lo que no quita que tengamos el corazón en un puño y el estómago revuelto”, reconoce. Recuerda además que entramos en el segundo otoño desde la riada y “hemos ido mejorando en maneras de comunicar con la gente y hacer pedagogía de lo que hay que hacer en cada tipo de aviso”.

“A nosotros, el Es-Alert nos llega tardísimo”, afirma Val, pero ya estaba todo activado desde el martes por el aviso naranja de Aemet y la alerta del 112. “Los municipios sí hemos tomado nota y estamos intentando mejorar los protocolos. A las 22.08 [cuando Emergencias envía la alerta] aquí ya no había agua en la calle y el nivel del barranco había bajado”, asegura la vicealcaldesa. “No hemos pasado el duelo, no hemos llorado lo que había que llorar, todavía no entendemos muchas de las cosas que pasaron entonces”, concluye.

En Torrent, donde hace cuatro días se batieron cifras récords de lluvia, Belén y Carles, propietarios de una casa junto al barranco de l’Horteta, afluente del Poyo, vieron de nuevo crecer el nivel del agua, “que corría con una fuerza capaz de arrastrar coches”, aunque reconocen que no tuvo nada que ver con lo sucedido dos años atrás. Y en Picanya, en su casa a dos manzanas del cauce, Ausiàs, miembro de la asociación de víctimas mortales, explica que el mensaje de un compañero de Chiva —aguas arriba del Poyo— diciendo que allí apenas llovía ya le tranquilizó bastante.

En Catarroja, otra localidad de la zona cero, su alcaldesa Lorena Silvent, del PSPV-PSOE, describe todas las acciones preventivas desplegadas antes de que descargara la lluvia: desde el despliegue de efectivos, a la limpieza de imbornales y la monitorización del caudal del barranco. “Cuando empezó la tormenta, en la zona más antigua del barrio de Les Barraques, el agua estaba por encima del bordillo. En las avenidas no impresiona tanto porque hay fincas, pero en las casas bajas vuelves a recordar lo que sucedió. Pero estaban avisados y la gente más mayor o con problemas de movilidad estaba en los primeros pisos. Durante media hora o 45 minutos esa agua estuvo estancada, pero cuando pasó ese tiempo ya se podía circular por el municipio”, explica la primera edil.

Silvent insiste en que la gente tiene que estar informada y conocer los peligros de la ciudad donde vive y cómo enfrentarlos. “En Japón, si se envía una alerta, la gente hace caso. Si te dicen que tus hijos están más seguros en el colegio, es porque es así. Tenemos que invertir en formar a las personas en prevención de emergencias. La gente no puede vivir con miedo”, concluye.


Source link