¡Salve, Rosalía! La cantante cierra en Miami la gira mundial de ‘Lux’ canonizada como la gran artista global de vanguardia
Fue en Miami, tierra de espejismos, magia y más vicios que fe, el lugar en el que Rosalía realizó el último acto del Lux Tour, una gira que la ha consagrado como la estrella pop vanguardista de estos tiempos. La catalana, que descendió hace menos de un año a las calles de Madrid como una santa moderna de blanco total y aureola oxigenada para presentar su obra más ambiciosa, cerró una procesión mundial con una última aparición y una hazaña: siete nominaciones a los Latin Grammy, incluyendo álbum del año.
Riadas monocromáticas en blanco o negro quizás servían para clasificar de un vistazo las almas que ingresaban este miércoles al Kaseya Center, ubicado en el corazón de Miami: los de negro más Berghain, los de blanco más Divinize. Mucho encaje. Señoras muy señoras y señores que fueron punk y toda la fluidez que cabe dentro de los extremos. Uno que otro portando una red flag andante, como una letra escarlata autoimpuesta en su franela. Unos hablaban en español, otros en inglés. Todo ello en una de las convocatorias más variopintas de una ciudad usualmente atomizada.
Cada uno encontró su sitio sin apuros, mientras unos pocos se agruparon frente al stand de Calvin Klein que ofrecía en partes la esencia de Rosalía “solar, magnetic or bold”. Cual reliquia, atada con una cinta a la muñeca, recordaba que la virtuosa cantante también es actriz, que es amiga de Alexa Demie, con quien reía hace unos días en las vistosas gradas del US Open antes de besar a su novia, la modelo francesa Loli Bahia. “Solar, magnetic AND bold”. “Salud por el bizcochito”, brindaba un grupo antes de tomar asiento. Esta noche volvió a presumir de amigas: sacó al escenario a Ayo Edebiri, la actriz protagonista de The Bear.
La peregrinación de Lux Tour ha transformado no solo la escena del pop mundial, sino a una artista frente a los ojos de todos. Inició en marzo en Francia, con un montaje teatral, copioso despliegue musical y una complejidad simbólica que desató una nueva curiosidad por el arte y el ballet. En España, coincidió con la Semana Santa. En América Latina, con la devoción al fútbol, y un torpe repost celebratorio que hizo temblar la fe de sus seguidores al sur del continente. Cuando la gira aterrizó en la segunda etapa de Estados Unidos —reprogramada tras una emergencia familiar—, ya había reunido a un rebaño de su propia iglesia: la poeta canadiense Anne Carson escribiendo su evangelio, fanáticos de la talla de Patti Smith o el compositor Andrew Lloyd Webber, y las almas convertidas de artistas como Karol G, Chappell Roan o La Joaqui en su confesionario, mientras un número incalculable de versiones de La Perla, entonados como cantos litúrgicos feministas, invadía internet.
Rosalía subió al escenario de Florida al ritmo de Sexo, Violencia y Llantas pocas horas después de convertirse en una de las artistas más nominadas a la próxima edición de los Latin Grammy. Pieles erizadas y ojos lagrimosos respondieron con devoción a un inicio sublime al que le siguió Reliquia, mientras una pareja que viajaba desde Vancouver, en Canadá, gritaba “Holy shit!”. Y era imposible no preguntarse: ¿cómo es que la Motomami es también esta delicadeza de bailarina con piel de porcelana que baila en puntillas sobre un estridente bajo tecno?
En Lux, Rosalía habita y amplía el temido y adorado espectro de la feminidad. Todo su poder destructor y creador, integrando el misterio con capas en apariencia contrastantes pero armoniosas, como su música. La coquetería en una versión de Can’t take my eyes off you, la sensualidad claroscura en Berghain o LA COMBI VERSACE. La fuerza terrenal que la ha llevado de Motomami al misticismo sacro de Lux.
No importa cuantos clips haya visto uno en redes de ese marco circular formado por guantes blancos o del canto lírico de Mio Cristo Piange Diamanti: si no la viste, te la perdiste. En Miami también confesó que esa pieza, la más sublime, fue escrita frente al mar de esta ciudad carnal. Y es fácil recordar cómo el sitio más oscuro puede ofrecer las reflexiones más luminosas sobre lo que se “porta sempre”, como la fe. Alguien enjugaba unas lágrimas con su jersey.
Pero Rosalía is no saint. Y descendió a la oscuridad llena de referencias sadomasoquistas y paganas admitiendo saber que Miami vino también “a mover ese culo”, el mismo que ella agitó cada noche forrado en un panty color rosa intenso que complementaba su atuendo negro de Dior. El Kaseya despertó del éxtasis hacia una forma también de comunión latina: el perreo. Con temas como SAOKO, BIZCOCHITO o DESPECHÁ.
El momento más personal de la noche llegó con las palabras de despedida de Rosalía a esta era. Su gran era. Porque nadie mejor que ella sabe que ha tocado una cima. “Yo me despido de este espectáculo, pero este espectáculo me ha permitido crecer como performer”, dijo con la cara húmeda y bañada de aplausos. Y sus palabras dispararon como instantáneas imágenes de aquella chica con brazos desafiantes alzados al aire, incorporando movimientos del flamenco a hits globales de reguetón como Con altura, junto J Balvin allá por 2019.

“Gracias, Miami. ¡Los quiero mucho!”, dijo entre lágrimas, y era evidente que se despedía a su vez de París, de Madrid, de Buenos Aires, de Chicago y de todas las ciudades que elevó a santuarios del pop avant garde por una noche.
Desde su lanzamiento, Lux desató dudas sobre cómo llevar al escenario una obra maximalista que abarcaba ópera, sonidos orquestales, electrónicos, palmas y hasta ranchera. Rosalía, junto a la orquesta dirigida por la cubana Yudania Gómez Heredia y una producción coreografiada al detalle por el colectivo francés (LA)HORDE, fijó un nuevo canon para el entretenimiento pop y el mundo clásico. Todo es posible. O más: lo clásico puede ser pop.
Miami fue la última oportunidad de los verdaderos creyentes y la primera de los escépticos que no reconocieron la suerte de encontrar un billete a la historia por 40 dólares a última hora. “Masterpiece of a show”, decía un fotógrafo cubano-americano que había comprado la entrada esa misma mañana. “Debía haber sido más costosa la entrada”, admitía, como quien confiesa un pecado. Cabe preguntarse si la ironía fue también propicia para validar en tiempo real la promesa mística. El milagro. El milagro de una verdadera estrella pop: la adoración.


