La artista que transforma seda argentina en joyas y sueña con una nueva ruta productiva
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“La seda me volvió una persona más paciente”, dice Gisela Martínez, diseñadora, tintórea y artista textil, desde su casa en Tres Arroyos, una ciudad de la zona costera sur del interior de la provincia de Buenos Aires. “Pude manejar la templanza, la autodisciplina y entender los procesos. Es muy bello ver en vivo la metamorfosis que hace el gusano y todo lo que atraviesa para desarrollar el material”.
Hasta hace algunos años, Gisela no sabía que en Argentina se producía seda, por supuesto, jamás había tenido un capullo entre sus manos. Después de cursar la Carrera de Diseño Textil y de Indumentaria y de una incursión en el mundo prêt-à-porter, conoció la sericultura a través del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) y se sumergió en ese universo trabajando y asociándose en una unidad productiva de sericultura.
Hoy, su marca Indómita Luz, que produce joyería contemporánea con seda y tintes naturales, vende en casi la totalidad del territorio argentino y otros 15 países, entre los que se destacan Estados Unidos, México, Alemania, Suiza, España y Portugal; son productos artesanales que están en museos y tiendas boutique. Su caso exitoso es un incentivo para fortalecer la producción artesanal y abre la posibilidad de desarrollar en Argentina una Ruta de la Seda, como ya existe en Brasil.
“El gusano de seda nace de un huevo, del que eclosiona una larva. Es domesticado al 100% y sensible a plagas, ambiente, humedad y hongos. Se alimenta principalmente de hojas de morera. Para mí fue primordial aprender, desde cero, el origen de esta materia prima y trabajar con una genética adaptada a nuestro ecosistema”, cuenta.
La actividad, dice Martínez, le enseñó el arte de la calma. Para Gisela, la idea es generar una seda de la mejor calidad posible. El gusano lleva mínimo 45 días hasta que completa un capullo. “Una vez que obtenemos el capullo, es necesario entender la diversidad de estados que puede atravesar esta fibra, que es distinta a otras naturales. Puede transformarse en un hilo continuo, puede ser lana de seda, un papel de seda. Eso me hizo entender la versatilidad, que es distinta a todo, y lo milenario del material”.
Martínez hace pequeñas crías de gusano en su estudio. El resto de la materia prima le llega de un grupo de productores de las provincias de Misiones y Buenos Aires. La producción de seda raramente depende de una sola persona que haga todo, sino de distintos actores especializados en diferentes etapas, desde la cría del gusano hasta la producción del capullo, el hilado, el diseño y la comercialización.
Horacio Walantus es docente, biólogo y director del Centro de Investigaciones Entomológicas (CIE), ubicado en Misiones. Se dedica a la investigación y producción de genética de gusanos de seda desde hace más de dos décadas. El especialista señala que Argentina tiene una larga historia en la actividad, desde los años de los presidentes Domingo Faustino Sarmiento, posteriormente, Juan Domingo Perón. Éste último impulsó una ley de apoyo a la actividad para el desarrollo de la seda dentro de su estrategia de industrialización por sustitución de importaciones.

Años más tarde, en los 90, se formó una Red Argentina de la Seda, pero sin gran desarrollo industrial. Walantus lo resume en pocas palabras: “Siempre hubo mucho empuje de la gente, pero sin apoyo estatal. Hoy en día, muchos emprendimientos siguen trabajando, con gente haciendo cosas de calidad en casi todas las provincias de Argentina, menos en la Patagonia. Pero todo a pulmón”.
La producción de seda no se limita a proyectos como el de Martínez. En distintas provincias funcionan pequeños emprendimientos que elaboran cremas dérmicas, shampoo, jabones y una variedad de productos textiles. De todas formas, Walantus considera clave la articulación de los distintos eslabones de la cadena productiva. “En el país, deben existir unos 500 pequeños productores. Para llegar a una producción industrial como la de Brasil, hace falta apoyo del Estado. En Argentina, los productores de seda de cualquier parte de la cadena productiva estamos librados a los vaivenes económicos del país y a las posibilidades de ir creciendo”.
Walantus ve posibilidades de desarrollo en la producción artesanal. “Hay gente que hace chalinas y las vende a India. Pero son casos como el de Gisela, que tiene formación y un conocimiento de plan de negocio. Por esa razón logró ubicarse muy bien. No es solamente comprar huevos y empezar a criarlos”.
El gusano de seda nace y se alimenta de hojas de morera durante varias semanas, hasta alcanzar su tamaño adulto. Entonces deja de comer y empieza a producir, a través de unas glándulas, un filamento líquido que, al entrar en contacto con el aire, se vuelve seda. Moviendo la cabeza de un lado a otro, va enrollando ese filamento alrededor de su cuerpo hasta formar el capullo, donde queda protegido mientras se transforma en crisálida y luego en mariposa.

Martínez dice que crear una Ruta de la Seda argentina es uno de sus grandes sueños. “Por momentos hubo cierta unión, pero los productores están aislados y no se generaron las condiciones para poder trabajar en conjunto para hacer crecer la seda a nivel nacional. Habría que generar un marco donde todos los productores puedan trabajar y se pueda desarrollar sus proyectos”, dice.
El año pasado, su marca participó en la Milano Jewelry Week, uno de los escenarios internacionales de mayor relevancia para la joyería contemporánea. María Faure, diseñadora de joyería que también estuvo en Milán, valoró el trabajo y el proceso de Gisela. “En tiempos de inteligencia artificial, la gente comenzará a valorar cada vez más la joyería hecha a mano, los capullos de seda y las tinturas naturales”, dijo Faure.
En los próximos años, Martínez quiere dar un paso más en su carrera construida alrededor de la seda y los materiales naturales que forman parte de su vida cotidiana en la costa argentina. “El siguiente paso es poder desarrollar y tecnificar la cría del gusano para la producción de mi marca. También estoy en pleno desarrollo de piezas que fusionen el capullo de seda con oro, plata y cobre, además de otros materiales”.
Después de más de una década trabajando con la seda en un proyecto que combina arte, diseño y sustentabilidad, ese proceso natural no deja de emocionar a Gisela. “Es conmovedor saber lo que atraviesa ese ser vivo para desarrollar el material, que es uno de los más apreciados del mundo por su brillo, resiliencia y color natural”.


