“Sex & drugs and rock & roll”
Una palabra que ya no suele aparecer en los medios: heroína. No es que algunos de nuestros convecinos ya no consuman esa substancia; ocurre que ahora dominan otros pánicos morales, más relacionados con el color de los foráneos. Resumiendo, se ha convertido en un vocablo antipático. Así que sorprende Memorías de heroína y desamor, el título del libro de Eduardo Hidalgo en Autsider. Como afirman al principio de muchas películas tramposas, esta es una obra basada en hechos reales.
Hidalgo, psicólogo y coordinador en su día de Energy Control, aquella patrulla nocturna que analizaba in situ la calidad de las drogas usadas en las juergas de discotecas, también es un usuario irredento, demostración de que abundan los adictos que llevan vidas ordenadas y productivas. No teman encontrarse con un tocho de moralina: aquí hay material para media docena de Trainspottings. Mucho drama pero también la comedia humana.
Los previsibles dramatis personae desfilan por estas páginas: policías cerriles, padres furiosos, matriarcas gitanas de Las Barranquillas, hijas extraviadas de buenas familias, profesionales de la rehabilitación, herederos de millonarios y hasta Antonio Escohotado, no en sus mejores momentos, sin olvidar un cameo de Santiago Segura. Muchas de las andanzas transcurren por los años ochenta en mi barrio, y puedo certificar que no parecen exageradas. Reconozco más o menos a “la Nina Hagen”, al doble de Antonio Vega, a Ana AlcohólikA, a los morenos de guardia. He oído hablar mucho de ese viacrucis madrileño que pasa por la comisaria de la calle Leganitos, el complejo policial de Moratalaz y los juzgados de la plaza de Castilla.
No se piensen que todo es jiji jaja. Hidalgo analiza tanto lo macro como lo micro: arremete contra la pertinaz ceguera de los planes estratégicos de la ONU, la ancestral antipatía de los farmacéuticos, la violencia de algunos uniformados, la ignorancia de la clase política (reconocida por José Luis Rodríguez Zapatero) con la rara excepción de Alberto Ruiz-Gallardón, sensibilizado por las miserias de un pariente. Rescata portentosos vuelos de fantasía institucional como la convención neoyorquina de 1961, que prometió abolir el uso no médico del opio en 15 años; también pretendía acabar con la masticación de la hoja de coca y el consumo de cannabis en 25 años. Por favor, no ironicen sobre lo que consumían tales sabios.
Todos los esfuerzos de las Guerras Contra las Drogas, asegura el autor, se empeñan en no computar el instinto universal de la intoxicación: “el consumo intencional de substancias psicoactivas es norma en lugar de excepción en todas las especies animales, observada tanto en insectos como las hormigas como en mamíferos acuáticos como los delfines”. Evidentemente, cada uno negocia a su manera con ese “instinto del placer.” Hidalgo confiesa algo tan políticamente incorrecto como la atracción erótica “por el look, la apariencia de las mujeres drogadictas. Concretamente, de las yonquis. De las de poblao, para ser exactos. Delgadas, guapas, macarrillas, lumpen, viciosas”. Amigo, tanta sinceridad es un error táctico: acaba usted de perder a la mitad de su público potencial.
Ah, disculpen el título en inglés de la presente columna: está tomado de la fabulosa canción de Ian Dury. Un número lo bastante jovial para esquivar incluso la pulsión censora de la BBC.



