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Mbappé no quiere ser Michael Jordan


Todos hemos visto el vídeo en el que Luis Enrique utiliza el ejemplo de Michael Jordan para intentar que Mbappé se esfuerce un poco más en defensa. “He leído que te gusta Michael Jordan”, le dice. “Michael Jordan cogía de los huevos a todos sus compañeros y se ponía a defender como un hijo de puta”. Es una buena charla. Un tanto bronca en los términos, pero una buena charla. ¿Por qué no funcionó? Pues seguramente por lo que alumbró @‌_Sibenik en la red social X esta misma semana: Mbappé escuchó con cierta atención a su entrenador y pensaría “Hombre, a mí me gusta Michael Jordan cuando hace los mates y saca la lengua. Cuando defiende, me la suda Michael Jordan”.

Que a Kylian Mbappé no le gusta defender es algo que se sospechaba desde hace un tiempo. Su propio hermano, Ethan, bromeó sobre ello en una entrevista previa a la disputa del último Mundial. “Oye, Kiky, ¿planeas defender o presionar algún día?”, le preguntó. A Kiky, como lo llaman sus seres queridos, le entró la risa floja y salió del apuro con una declaración de intenciones a la altura de lo que Francia esperaba de él en ese momento: “siempre he sido exigente y creo que necesito dar ese siguiente paso. Es algo importante y tengo que hacerlo. Todo empieza con este Mundial, queremos ganarlo”. Francia no ganó el Mundial, como todos sabemos. Y Mbappé no dio el paso, pero hizo historia, como él mismo se encargó de recordarnos en rueda de prensa esta semana.

Uno tiene la impresión, viéndolo jugar, de que el futbolista francés del Real Madrid defiende como si cada partido fuese un lunes por la mañana y ataca como los viernes por la noche. Es el modo en que entiende el fútbol y lo que le ha llevado a ser coronado como el mejor futbolista del mundo, digan los premios venideros lo que digan. Nadie discute su capacidad para sembrar el pánico entre los defensas rivales, ni su facilidad para dar con el gol, el tesoro más valioso en este deporte. Mbappé es uno de esos pocos elegidos a los que su talento les ha permitido saltarse algunos de los principios básicos que rigen para todos los demás. Si eres capaz de marcar 50 goles por temporada, correr hacia atrás empieza a parecer más una recomendación que una obligación. ¿Cómo se le exige aplicación en otras labores al único capaz de hacer lo que nunca podrán hacer los demás? Es la eterna y delicada frontera entre el privilegio y el equilibrio, la misma que acompaña a todos los equipos que tienen la suerte —algunos insisten en confundirla con un problema— de contar con un genio.

Abunda en los análisis una solución muy poco realista: convencer a Mbappé de que sea otro futbolista. No parece que una simple charla, por buena que sea, despierte en él una vocación tardía por el rigor táctico y el esfuerzo defensivo. Quizá por eso la tarea de su entrenador debería ser otra: saber cuánto puede conceder a su estrella sin que el equipo termine pagando la factura y asumiendo que ciertas concesiones siempre formarán parte del trato cuando tienes al mejor. También que los privilegios deben tener un límite, porque el fútbol sigue siendo un deporte de equipo y los premios individuales nunca saciarán la sed de una afición acostumbrada a beberse la gloria embotellada. Luis Enrique lo intentó recurriendo a Michael Jordan. Y creo que Mbappé le devolvió gentilmente el mensaje: yo soy el que hace los mates y saca la lengua, de defender que se ocupen los otros.


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