Política

Mi miedo


Cuando la vida se enreda mucho, pero mucho, y la mezcla de datos provoca oscuridad, y la confusión protagoniza las discusiones, quizá conviene volver a la luz simplona de los principios. Ahora que las fronteras de la historia nos invitan a tener miedo de los pobres, leo las noticias y me repito, como un ser inocente y trasnochado, que lo verdaderamente peligroso es la riqueza sin escrúpulos. Necesita legitimar con acontecimientos y dinámicas sociales que la palabra libertad debe separarse de la igualdad y la fraternidad. Mi melancolía vuelve una y otra vez a los orígenes humanos de la democracia mientras soplan los vientos del racismo y el odio a los migrantes. Y hasta me atrevo a pedirle a la Iglesia que tome la palabra para decir que resultará difícil que un rico entre el reino de los cielos y que Jesucristo se sacrificó en nombre del amor, porque todos los seres humanos merecen respeto.

El odio al extranjero es una legitimación cultural de la desigualdad. Sirve a los ricos para justificar, por ejemplo, la destrucción de la enseñanza pública. Se fomentan colegios privados dispuestos a consagrar desde el principio las diferencias de clase. Lucha de aulas, cuerpo a cuerpo, porque también afecta a la sanidad. Las ideas se convierten en áticos del elitismo, empobrecen la atención a los pobres, unen la salud a las cuentas corrientes. Las fronteras del nosotros dan mucho juego. Quien cultiva el odio tiene sus ojos puestos en la vida interior, no sólo en los límites de una comunidad, sino en las conciencias que necesitan legitimar su derecho a explotar y hacer negocios a costa de los vecinos menos agraciados por los dones de la economía. Así que pienso en Ceuta, los aranceles de Trump, el neofascismo, el deterioro de los derechos humanos, y siento que el verdadero peligro está en los ricos, capaces incluso de conseguir que muchos pobres consideren peligrosos a los pobres llegados de fuera.


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