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La rebeldía de un grupo teatral cubano frente a la censura: “No nos someteremos más”

Es un día de febrero de 2026, en La Habana. Mientras la cotidianidad de las familias cubanas se reconfigura, incierta, al son del bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump y la agudización de una crisis económica que ya venía lastrando sus vidas desde hace años, una mujer se sube a una escalera en una casona del Vedado. Lleva consigo un bote con pintura negra y quiere pintar una pared. La escena podría parecer intrascendente, si no fuera porque esa mujer es la actriz y dramaturga Nelda Castillo (Matanzas, 1953), y en esa pared pudo leerse, durante más de una década, la inscripción Grupo teatral El ciervo encantado, uno de los referentes más indómitos del teatro cubano contemporáneo y del arte del performance en la isla.

Cada brochazo que aquella mujer da para ocultar la inscripción del grupo teatral que fundó hace 30 años no es más que el enésimo trago amargo que debe beber, fruto de sus constantes enfrentamientos con el Ministerio de Cultura y las instituciones del aparato burocrático que controlan, regulan y vigilan el desarrollo de las artes en la isla. “No continuaremos sometiendo nuestra obra a las normas, regulaciones y mecanismos de evaluación y aprobación practicados por estas instituciones hacia nuestro trabajo”, puede leerse en el comunicado que hizo circular en redes sociales la agrupación el 3 de febrero, el que dejaba clara la decisión de que “El Ciervo Encantado no radicará más en la sede de Línea y 18 en el Vedado”. Pero seguirán haciendo su arte y presentándolo allí donde pudieran.

Aquel fue el golpe en la mesa definitivo de un grupo de artistas hartos de la fiscalización institucional y del control permanente ejercido sobre sus obras por “comisiones” que exigían ver sus estrenos con antelación, y luego no los “aprobaban”. Es otro capítulo de una historia de tres décadas que sus integrantes quieren seguir escribiendo como un gesto político en un país donde decir y escuchar las verdades suele ser motivo de persecución y represión.

El ciervo encantado es la metáfora de la libertad. Lo es desde su concepción original, basado en el cuento homónimo del escritor cubano Esteban Borrero, publicado en 1905, donde un grupo de aborígenes persigue a toda costa a un ciervo encantado, para hacerse con él, son capaces de entregar su propia tierra a una “gran nación vecina”. Aquel cuento sirvió de inspiración para que Nelda Castillo y Mariela Brito, entre otros, fundaran El Ciervo Encantado como un laboratorio creativo, un proyecto que ha pasado por tres sedes distintas, entre presiones e intentos de domesticación institucional. Entre una cosa y otra, dieron forma a una propuesta basada en performances, intervenciones públicas, instalaciones y colaboraciones artísticas. Irrupciones es un catálogo publicado por el grupo que recoge 69 de estos proyectos realizados entre 1997 y 2022.

El Ciervo Encantado se convirtió en una referencia del arte del performance en Cuba, con un quehacer que ha tratado de recomponer los fragmentos de la identidad cubana, de la realidad nacional, y ponerlos a dialogar y hacer reflexionar a un público que adolece de este tipo de propuestas y experiencias. Así ocurrió con obras como Triunfadela (2016), que pone al espectador frente al discurso triunfalista de las autoridades; Guan Melón!! Tu Melón!! (2016), que juega con la idea de un país a la deriva, y en venta, coincidiendo con el deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos; o Departures (2017), que aborda el tema de la migración cubana desde 1959. También ha sido un espacio abierto para voces apartadas de los circuitos oficiales, como el actor Alexander Diego, detenido durante las masivas protestas del 11 de julio de 2021, quien llevó a las tablas su experiencia de víctima de la represión estatal en El corcel de mi esqueleto (2023).

El arte del Ciervo es libre, nómada, crítico, punzante y reflexivo, pese a las sombras que siempre lo han estado acechando. Desde que abandonaron la sede del Vedado, han realizado algunas intervenciones en casas particulares; la embajada de Noruega les ha servido de escenario para Madres, un performance donde, una a una, van apareciendo frente al público imágenes de presos políticos, mujeres que han sido víctimas de feminicidios y personas que migraron: las ausencias forzosas de las familias cubanas.

Acaban de celebrar su 30.º aniversario en El Proyecto, ese espacio bohemio y luminoso —en una Habana oscurecida, también en su espíritu— que se ha ganado la concurrencia de una ciudadanía huérfana de espacios culturales, pero también de zonas seguras donde dialogar y expresarse políticamente. Allí El Ciervo Encantado volvió a hacer de las suyas, volvió a reunir a un público ávido de ser interpelado por la creación. Ante los presentes, un hombre en pleno éxtasis —un performance— plantea una verdad que pareciera no poder ser dicha en un estado racional de la conciencia: “El ciervo no está herido. El ciervo galopa, galopa…”.


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